El arranque de 2026 ha vuelto a confirmar una realidad cada vez más estructural para los mercados financieros: la geopolítica sigue siendo un factor determinante. En esta ocasión, el foco se sitúa en Oriente Próximo, donde la escalada del conflicto con Irán ha reabierto un frente de incertidumbre con implicaciones globales. Lejos de tratarse de un episodio puntual, la intensidad creciente de los acontecimientos ha elevado de forma significativa el riesgo de contagio regional y ha devuelto a los inversores a un entorno de alta sensibilidad ante cualquier disrupción en el suministro energético.

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