Tras más de cuatro años de guerra de Rusia contra Ucrania y cuando la Administración de Donald Trump exige a los europeos que se hagan cargo de su seguridad e inviertan cifras récord en defensa, el rearme de Europa ha dejado de ser una promesa política para convertirse en uno de los mayores ciclos de inversión industrial en décadas. Camille Grand lo conoce desde los dos lados de la mesa. Fue durante años subsecretario general de la OTAN para Inversiones en Defensa. Hoy dirige ASD Europe, la patronal que agrupa a los grandes fabricantes de armamento del continente —Airbus, Leonardo, Thales, Indra— y que gestiona una cartera de pedidos que lleva cuatro años consecutivos de crecimiento de doble dígito.
El sector está en ebullición. Y este año, la cumbre de la OTAN, que se celebra en Ankara el 7 y 8 de julio, ha reservado por primera vez un papel protagonista a la industria de la defensa, de la que espera grandes y vistosos anuncios. En su despacho en Bruselas, la capital comunitaria en la que el rearme ocupa gran parte de las conversaciones, Grand emite un diagnóstico claro: Europa domina las tecnologías, pero llega tarde en números. Y el tiempo apremia.
Pregunta. Se habla de una “revolución industrial de defensa”. ¿Ya ha empezado, o Europa todavía se mueve demasiado despacio frente al cambio estratégico que plantean Rusia y la incertidumbre sobre el compromiso de Estados Unidos?
Respuesta. La transformación ya ha empezado. Comparado con cuando estaba en la OTAN, hasta finales de 2022, vivimos en un mundo completamente distinto. Vemos un aumento enorme del gasto en defensa. Hay reticencias en algunos aliados, pero comparado con hace unos años, cuando la mayoría estaba en el 1% del PIB, estamos en otro mundo. El reequilibrio dentro de la OTAN entre EE UU y Europa ya no es un proyecto de futuro: está ocurriendo. Y la UE ha cambiado por completo su papel: hace cinco años el debate era si debía financiar investigación en defensa. Hoy entrena a ucranios, tiene un instrumento de préstamos de 150.000 millones y mecanismos para acelerar la adquisición de equipos. La cifra prevista para defensa en el próximo marco financiero es de 131.000 millones, frente a una sexta parte en el anterior. Es otro mundo.
P. ¿Cree que la OTAN, tal y como la conocemos, dejará de existir?
R. EE UU ya no quiere, o no puede, desempeñar el papel que ejerció durante décadas, y espera que los europeos sean mucho más responsables de su propia seguridad. Eso obliga a inventar juntos una OTAN 3.0, muy distinta de la de la Guerra Fría. Tenemos que reducir nuestra dependencia de los llamados enablers, las capacidades habilitantes que Washington proporcionaba casi en solitario. Esta realidad no responde solo a la llegada de Trump. El giro hacia Asia y el primer gran aviso sobre el reparto de carga vinieron de la Administración de Barack Obama en 2011; si no se aplicó con más fuerza fue, en parte, por la guerra de Ucrania. A eso se añade ahora la política de Trump. Espero que la OTAN siga existiendo, pero creo que será muy distinta. La OTAN 3.0 es una Alianza mucho más europea, en la que Estados Unidos tiene un papel diferente y los europeos son más responsables y más capaces. Sería un error pensar que las cosas van a volver a la normalidad. No lo harán.
P. ¿Deben asumir los europeos que ya no estarán cubiertos por el paraguas de seguridad estadounidense?
R. La era de paz en Europa ha quedado atrás. No significa que estemos en guerra, pero vivimos en un entorno mucho más peligroso. Nuestra tarea debe ser prevenir una guerra mayor siendo serios en defensa. Y no existe ningún escenario en el que los europeos, incluidos los más alejados del flanco oriental, puedan permitirse ignorar el tipo de crisis que temen los países bálticos. Si un aliado sufre un ataque cinético o híbrido, hay una probabilidad real de que se implique de inmediato a cazas españoles, tropas francesas en Estonia o fuerzas alemanas en Lituania, porque ya tenemos presencia en esa región. No se ignorará a un país de la OTAN bajo presión.
P. ¿Puede Europa cubrir los agujeros que dejará Estados Unidos con sus repliegues en la OTAN y con la merma de su compromiso con la organización?
R. Los europeos tenemos que ser capaces de aportar el grueso de la respuesta a una crisis, y que Estados Unidos complemente con sus activos. ¿En qué consiste ese grueso? Masa y disponibilidad: más tropas desplegables; también las capacidades estratégicas que hoy solo EE UU aporta en grandes cantidades, como transporte aéreo estratégico, reabastecimiento aéreo, vigilancia, fuegos de largo alcance. Europa domina el 98% de las tecnologías de defensa; lo que necesitamos es crecer en números. El objetivo no es alejarse de los estadounidenses, sino ser capaces de disuadir y defender incluso si su apoyo es más limitado. Solo hace falta decidir y avanzar. Cuanto más debatamos si podemos hacerlo, menos lo haremos.

P. Trump presiona a los europeos para que asuman más carga y refuercen su industria, pero a la vez quiere que compren armas estadounidenses… ¿Hay una contradicción de fondo?
R. La coherencia no es el punto fuerte de la Administración estadounidense. Hay quien dice ‘compren americano’, hay quien dice que la industria de EE UU se centrará en sus propias necesidades, y hay quien apuesta por la colaboración. Washington debe gestionar expectativas razonables: si esperan que los europeos hagan mucho más y a la vez les cuesta entregarnos lo que necesitan, no debería sorprenderles que los europeos compren más equipo europeo. ¿Significa eso que los estadounidenses serán expulsados del mercado europeo? No, por supuesto que no; hay muchísimos proyectos en marcha que continuarán. Hay muchas empresas estadounidenses que ven crecer el mercado europeo y quieren beneficiarse de ello, eso es legítimo desde el punto de vista comercial. Solo quiero asegurarme de que cumplan lo que prometen desde el punto de vista industrial, y de que no haya restricciones de por medio.
P. Pero EE UU pone restricciones a sus equipos.
R. El caso alemán es ilustrativo: EE UU retira sus propios sistemas de Alemania, y cuando Berlín pregunta si puede comprar Tomahawk, la respuesta es que no. Así que entiendo que el Gobierno alemán busque alternativas. Lo mismo pasa en vigilancia aérea. Durante décadas, los ojos en el cielo de la OTAN fueron los AWACS estadounidenses; ahora los aliados miran una solución sueca sobre una plataforma canadiense. No es bueno ni malo, es un hecho. Y reducir la dependencia puede llevar incluso a una alianza más sana a largo plazo.
P. ¿El cuello de botella hoy es la capacidad industrial o la previsibilidad política?
R. Nos guste o no, la defensa es un negocio, y pedir previsibilidad contractual antes de invertir miles de millones me parece legítimo. Pero creo que ya hemos superado esa fase. Muchas empresas europeas han invertido masivamente en capacidad de producción, en muchos casos antes de tener los contratos asegurados. Los gobiernos han pedido a la industria que cambie por completo su modelo en menos de cinco años: antes el mensaje era ‘no tenemos dinero, así que entreguen despacio, busquen socios para repartir costes y exporten todo lo posible’. Ahora el mensaje es: ‘Queremos lo máximo posible, no necesitamos la técnica más sofisticada, basta con algo suficientemente bueno, y tiene que entregarse ayer’. Y la industria ha respondido. El ejemplo de la munición de 155 milímetros es clásico: ese déficit ya está resuelto, y lo ha resuelto la industria europea.
P. ¿Dónde están los obstáculos reales?
R. En parte son regulatorios: si necesitas dos años para un permiso para ampliar una planta, eso es un problema. No pido eliminar garantías; pido agilizar la toma de decisiones. Después está la cadena de suministro: los proveedores de segundo y tercer nivel no tienen el mismo acceso a la financiación —sus bancos les exigen el contrato antes de dar el préstamo— y hay dependencia de China en materias primas y microelectrónica. Pero es injusto decir que la industria coge el dinero y no entrega: las empresas de defensa europeas están creciendo, amplían su capacidad productiva y se asocian con nuevos actores de defensa, como los ucranios. La realidad está cambiando ante nuestros ojos.
P. ¿El reequilibrio de la OTAN, con ese cambio de eje hacia Europa de EE UU, que ha sido el coordinador, el árbitro de alguna manera, puede generar tensiones entre los aliados europeos?
R. Lo que habría que evitar es que se reproduzca dentro de Europa el mismo debate de reparto de cargas que ha erosionado la relación con Washington: que los países que ya gastan cerca del 5% del PIB se vuelvan hacia Madrid o Roma y digan: ‘Ustedes son economías ricas, ¿dónde están?’. Eso ya empieza a ocurrir. Pero no todo es gasto; todos deben demostrar que asumen su parte justa en inversión, en capacidades, en misiones.
P. El protagonismo industrial en la cumbre de Ankara refleja un cambio de fondo: pasar de medir la defensa por presupuesto a medirla por producción.
R. Sí, la Alianza ya cumplió con el compromiso presupuestario y ahora el foco está en los resultados. Esos resultados se miden desde dos ángulos: el militar (si la capacidad europea es más creíble, si crece el peso de los europeos en los objetivos de capacidades) y el industrial. Comparto la idea de que la industria es un dominio de competencia, una capacidad en sí misma. A la luz de la guerra entre Rusia y Ucrania y de la competencia entre China y Estados Unidos, la industria y la tecnología son un campo de disputa. Por eso tiene sentido poner el foco ahí: no basta con decir que vamos a aumentar las fuerzas armadas, también hay que reducir la dependencia de EE UU. La base industrial estadounidense va a estar muy ocupada con sus propios inventarios y en otros teatros; y es crucial que los europeos sean capaces de proveerse por sí solos de las capacidades que necesitan.

P. El fracaso del FCAS, el programa franco-germano-español de caza de nueva generación, ¿es un símbolo de las dificultades de la cooperación europea en defensa?
R. El FCAS se diseñó en una época distinta, cuando tenía sentido tomarse las cosas con calma e invertir conjuntamente para preparar el futuro. Y funcionó bastante bien: el dinero gastado fue dinero bien invertido. Pero es una lástima que Alemania, Francia y España no hayan encontrado la manera de continuar. España era el país más comprometido y el más decepcionado. Fue Alemania quien tomó la decisión; los franceses ya habían concluido que no iba a funcionar, pero España estaba muy satisfecha de ser el tercer socio en condiciones casi de igualdad. Ahora la pregunta es qué puede rescatarse: la nube de combate, el trabajo sobre el motor, los radares. Y, sobre todo, que esta experiencia no cierre la puerta a futuras cooperaciones en ámbitos demasiado costosos para afrontarlos solos. Hacer las cosas juntos sigue siendo la mejor brújula.
P. Habla de un nuevo mundo, sobre la guerra moderna. ¿Qué está haciendo Europa para no quedarse atrás también, por ejemplo, en inteligencia artificial (IA) militar?
R. La aplicación militar de la IA es uno de los ámbitos donde Europa debe ponerse al día. Existe, pero no a gran escala, sobre todo en mando y control. Hay empresas capaces —desde start-ups de drones hasta grandes grupos como Thales o Indra—, pero tenemos que avanzar más rápido. Y es un ámbito donde ser demasiado dependientes es especialmente problemático: queremos que nuestra IA militar opere bajo nuestras propias reglas, éticas y de enfrentamiento. No se trata solo de mantenerse en la carrera tecnológica, sino de pensar cómo la usamos. Si dependemos demasiado de proveedores no europeos, creamos vulnerabilidades. Europa es líder en aviación civil y segunda en industria aeroespacial y de defensa, solo por detrás de EE UU. Mantenernos a la vanguardia en IA es esencial para no acabar aceptando todas las decisiones digitales estadounidenses o recurriendo a soluciones chinas, que son extraordinariamente peligrosas desde el punto de vista de la seguridad. Por eso queremos ser lo más soberanos posible.
P. ¿Cree que Ucrania llegará a ser un proveedor de seguridad para Europa?
R. Cuando empezó la invasión a gran escala en 2022, el futuro de Ucrania no era tan central para Europa como lo es hoy. Los ucranios han demostrado, pagando un precio enorme, que eran europeos y que querían serlo; y los europeos hemos llegado a entender lo importante que era su destino para nuestra propia seguridad. Ucrania no colapsó, su pueblo resiste de forma admirable, y es sobre todo una victoria ucraniana. Hoy forma parte de la arquitectura de seguridad europea; si será miembro de la OTAN o de la UE es otra cuestión, pero ya forma parte de la solución. Y la relación ha evolucionado: al principio todo giraba en torno a cuánta asistencia podíamos reunir; ahora hay un apetito real de crear empresas conjuntas, de beneficiarse de la experiencia y la tecnología ucranias, incluso de probar sistemas en el terreno. La industria ucrania forma parte de la solución, no del problema.































