El exgobernador del Banco de España Pablo Hernández de Cos se ha asentado como principal candidato a la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) cuando cese Christine Lagarde.

Tras un año como director general del Banco de Pagos Internacionales de Basilea ―el banco de los bancos centrales, y su principal asesor―, la élite de los economistas lo considera el mejor técnico (panel del FT). Los dos grandes partidos españoles coinciden en apoyarle, milagroso consenso. Y sus rivales vienen de países que ya ostentaron el puesto (Países Bajos y Francia). O acumularían demasiado poder: la presidenta de la Comisión es alemana.

Y ha cubierto en Basilea una reválida más compleja que la de un banco nacional o la del europeo, donde ejerció como el delfín intelectual de Mario Draghi: el BIS acrisola casi un siglo de rigor extremo, y es el foro internacional de los banqueros, no solo los de la eurozona.

Todo eso ha cristalizado públicamente en la entrega, el jueves, del cuarto premio de economía Emilio Ontiveros, el añorado economista, investigador y divulgador del que fue alumno. Y heredero de valores: rigor intelectual, apego a la economía como “herramienta al servicio de la sociedad, en el afán de resolver problemas concretos” y “con la perspectiva de mejorar la condición de vida de las personas”, destacó Paloma Marín, vicepresidenta de la CNMV. Y se percibe también en el empeño por el matiz del primer informe anual redactado bajo su dirección.

El poderío del matiz es el secreto de Cos. El matiz, no como capricho de distinción, sino plasmación de un equilibrio necesario. Hay muchos banqueros centrales halcones, solo obsesionados con combatir la inflación. Otros, palomas radicales, motivados únicamente por el crecimiento. En medio, los pragmáticos flexibles, como él: leales a ambos objetivos, recogidos en los estatutos de la Reserva Federal, pero también (aunque con menor contundencia) en los del BCE. Lo demostró en Fráncfort, tanto abonando la vía expansiva para salir de las crisis, como la prudencia en las fases restrictivas, pugnando por periodificar/graduar con tino las alzas de tipos, y compensarlas contrarrestando sus efectos macrocontractivos.

Ahora, entre las propuestas de opacidad para elaborar la política monetaria llovidas desde la Fed y cierta lentitud de reacción europea, defiende que comunicarla bien a los ciudadanos no es adorno, sino condición de su “eficacia”. Comparte que hay que “mejorar algunas cosas” en la regulación bancaria, pero que el esfuerzo de “los últimos 15 años ha sido un éxito, al lograr una gran resiliencia de la banca” en fases disruptivas: lo esencial es preservar las herramientas de colchones de capital y otras para que “cuando haya recesiones” las entidades puedan “echar mano de ellas y seguir prestando”.

También su primer texto del BIS propugna el equilibrio. Así abona el impacto de la inteligencia artificial para mejorar la productividad, pero alerta sobre el monocultivo inversor en el sector, pues una retirada súbita dispararía el paro y retranquearía el crecimiento: así sucedió con otros booms que cita y analiza, aunque sin usar el cartel “peligro de burbuja”.

Y quizá lo más original: aunque valida la general militancia antiinflacionaria de los banqueros centrales a causa de Irán, la matiza a fondo: por la reanudación de los fletes petroleros en Ormuz; la reducción de “la intensidad en energía” por producto en los últimos años; el “contexto macroeconómico más favorable” que cuando la pandemia o la invasión de Ucrania; la normalización del mercado laboral que minimiza “los efectos de segunda ronda”; y la mayor focalización en el despliegue de las ayudas públicas, que “puede facilitar el fortalecimiento de la disciplina fiscal”. Hay que vigilar todas las facetas, no solo una. Bravo.



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