En la primera fila de un aula universitaria en Cuenca, una señora mayor comienza a hablar sobre la posguerra, cuando ella era una niña y vivía en la localidad abulense de Santa Cruz del Valle. Comía picoyas y aceberas arrancadas con sus propias manos de los barrancos del Puerto del Pico; plantas que solo los lugareños conocían y que eran necesarias para solventar la escasez de aquellos años: “En el campo, la posguerra se vivió de forma distinta a como se vivió en las ciudades. Eso es lo que la gente no sabe”, recuerda. Los jóvenes que la escuchan, y que hoy tienen la oportunidad de hablar con ella, son alumnos de una clase de Antropología en la Universidad de Castilla-La Mancha. Ellos la miran fijamente, conscientes de que se encuentran ante un testimonio imperdible y vivo de la historia reciente de este país.
Se llama Mari Ángeles Martín. Tiene 83 años, y es una más de los aproximadamente 60.000 estudiantes matriculados en toda España en programas universitarios para mayores de 50 años. Pertenece al plan de estudios José Saramago, el cual presta servicio a más de 1.200 alumnos en los campus manchegos, y le ha pedido permiso a su profesor para acudir a las clases de la formación universitaria tradicional, la de los futuros egresados y compuesta en su mayoría por estudiantes de unos 20 años.
Ella mira a los jóvenes con curiosidad. Ha recorrido medio mundo, desde que se marchó de Santa Cruz del Valle en 1964. Como no pudo estudiar, emigró a Suiza. Y tiempo después, junto con su marido, fue capaz de reunir alrededor de 3.000 libros, siendo admiradores los dos de genios que, como ella, no pudieron recibir una formación adecuada por razones económicas, como el propio poeta Miguel Hernández. Luego viajaron por otros países de Europa y América Latina, como Argentina o Brasil, ávidos de aprender sobre otras culturas.
“En aquellos años una chica lo tenía muy difícil para estudiar”, explica. “Algunas del pueblo estudiaron para ser maestras o enfermeras, las que podían permitírselo. Y mi padre era maestro, pero los maestros ganaban muy poco”. Por eso decidió emigrar. Suspiraba por relacionarse, por ver mundo. Y aunque los dictados de la vida corriente la encaminaban a tareas domésticas, por ser la mayor de sus ocho hermanos, ella decidió romper con todo. Y ahora su mirada vivaracha vuelve a ser un reclamo para los anhelos juveniles del conocimiento.
Mayores que se resisten a quedarse solos
En España se calcula que existen dos millones de personas mayores de 65 años que viven solas. Esta tendencia a la falta de relaciones se va acrecentando conforme la persona tiene más edad, llegando a un punto crítico a partir de los 80. Por eso, para ellos, la idea de acceder a programas formativos cumple no solo una función intelectual, sino también humana y social. Mari Ángeles se encontró con esta posibilidad cuando volvió a España y se instaló en Cuenca. Se resistía a vivir sus días aislada, como otros mayores, y aunque tenía la compañía de los libros, se le antojaba insuficiente.

No obstante, el miedo que experimentaba se desvaneció enseguida, cuando encontró en sus compañeros de clase las mismas ansias y motivaciones para aprender. Allí asistío a distintos actos y talleres y cursó materias repartidas en tres grandes campos académicos: las humanidades y cultura general; las ciencias sociales y el conocimiento del medio; y las ciencias puras más cercanas al ser humano y a la tecnología. Programas como el de José Saramago suelen durar entre tres y cuatro años, pero el principal logro es sin duda el hecho de vencer el hastío social.
Por supuesto, hay programas que duran más años, e incluso hay quienes pueden asistir a clases de forma indefinida. Así lo cuenta Julián Sualdea, alumno burgalés de la Universidad Pontificia de Salamanca. Entiende que la educación es algo que corre de forma paralela a la vida, siendo cada persona válida y única.
pero ese hastío que amenaza la vida de tantos mayores no solo se supera con lecciones de humanidades, con vidas de reyes del pasado o biografías de matemáticos adelantados a su tiempo. También se vence gracias a la intensa vida cultural que incluyen estas iniciativas, como sucede en el programa de mayores de la Universidad de Zaragoza. Esta institución cuenta con 3.600 estudiantes, repartidos en 20 sedes. “Los ayuntamientos de Huesca, Zaragoza o Teruel se vuelcan para facilitarnos la puesta en marcha de los estudios, cediendo locales. Es una de las iniciativas más bonitas que hace la universidad pública”, indica Ángel Luis Monge, director de la división universitaria de Zaragoza dedicada a este fin. “En los pueblos pequeños las mujeres acuden más que los hombres, porque en su momento no pudieron acceder a la cultura. Hacemos presentaciones de libros, ponencias de expertos, convivencias y excursiones para conocer el patrimonio histórico o natural de Aragón y de otros lugares”.
El contraste entre las asignaturas de ciencias y letras aporta dinamismo. “Los alumnos son muy colaborativos”, dice Pilar Montañés, directora del programa en la Universidad de la Rioja. “Se muestran muy receptivos ante esa mezcla de saberes distintos”. Y esa adquisición se ve complementada con el auge de las relaciones sociales entre los propios alumnos. El optimismo y el brillo interior que se percibe con facilidad borran aquí las tradicionales imágenes de soledad a las que la sociedad se ha acostumbrado, cuando se piensa en la ciudadanía más sénior.
Educación para mantener la salud mental y física
La soledad de las personas jubiladas o en situación de dependencia no se muestra muchas veces como algo visible, sino que comienza en muchos casos de forma paulatina y con frecuencia se vive en silencio durante muchos años. “A las personas mayores, ir a clase les ayuda a mantener su memoria, su atención, las funciones ejecutivas y el lenguaje. Es como hacer gimnasia, porque esa parte de nuestro cuerpo también necesita actividades sociales, a cualquier edad”, explica Susana Martín, psicóloga abulense experta en enfermedades de la memoria.
Los beneficios son tanto físicos como emocionales, e inciden sobre la propia identidad del individuo. “Es muy fácil que las personas que se jubilan o que viven en condiciones de exclusión social sientan que han perdido el rol que desempeñaban, ya sea de abuelo o de compañero. Sienten que ya no sirven, y por eso es importante volver a recuperar ese rol en la sociedad, en compañía de otros”, esgrime la psicóloga.

El primer programa universitario para mayores surgió en la Universidad de Toulouse (Francia) en 1973, impulsado por el profesor Pierre Vellas, y llegaron a España en la década de los 90. Los responsables de aquellas primeras experiencias se enfrentaron al reto de romper las barreras sociales, siguiendo de cerca las ideas del soviético Lev Vygotsky, que fomentaba el aprendizaje comunitario como medio para solventar las propias limitaciones que una persona se aplica a la hora de salir de su propia burbuja, ya sea por autocomplacencia o por el efecto de su entorno social o familiar.
Una idea cada vez más instaurada entre algunos psicopedagogos contemporáneos es que las enfermedades físicas se pueden desarrollar por cuestiones puramente psicológicas. “Es muy importante la ausencia de soledad a nivel cognitivo para conservar la autonomía del pensamiento. Y, para conseguirlo, son claves tanto el bienestar emocional como el sentido de pertenencia a un grupo, cuando se hacen tareas como la asistencia a clases”, añade Martín.
Un clima de convivencia envidiable
En un paseo por las clases de la Universidad de la Experiencia, es fácil percibir que las distintas trayectorias vitales han desembocado en una solidez intelectual, imitativa de las escuelas en la antigüedad clásica. En gran medida nos encontramos con la idea de que los tópicos sobre el encasillamiento social no tienen lugar.
“A clase van personas que han trabajado o trabajan en profesiones variadas. Van profesores, médicos, policías… Y es una muestra de todo el espectro ideológico de la sociedad, además del aprendizaje. No hay una sola verdad. Las cosas pueden ser muy distintas a la forma en la que las ves tú”, afirma Juan Antonio Martín, de 72 años y natural de Lagunilla, cerca de Béjar. Como muchas otras familias salmantinas, acabó trasladándose a la capital, y acude a las clases impartidas en la Universidad de Salamanca (USAL). “También hay mucha gente que no pudo estudiar en su momento. En aquellos años podían solicitar una beca, y con suerte se la concedían… pero muchos chicos tenían que atender a las labores de la familia. Muchos marcharon al País Vasco, Cataluña o Madrid, en busca de un sueldo”.
En la España vacía siempre se ha tenido en cuenta una idea: Salamanca, Zamora, Teruel, Soria o Cuenca no son provincias pobres. El problema es que ha sido un mundo reservado solo para personas con una suerte obtenida en el nacimiento, y que se mantenían en los entornos rurales hasta hace dos décadas en cuestiones básicas como el acceso al mercado laboral, y poniendo el foco en lugares ajenos a las capitales provinciales. El hecho de disponer de un ágora puede interpretarse como una democratización de estas estructuras.

Algo más al oeste de la provincia de Salamanca vive María Paz Paniagua, de 74 años. Ella, que creció en el pequeño pueblo de Águeda, asiste a las clases que imparte la USAL en la localidad de Ciudad Rodrigo. Siempre soñó con ser artista: bailar, cantar o dibujar, sin disponer nunca de la ocasión para ello. Porque, en los años 50 o 60 del siglo pasado, la única manera de disfrutar del arte para una hija de campesinos consistía en esperar a las danzas de la Sección Femenina de la Falange Española, cuando llegaban al pueblo.
María Paz estudió en el instituto de Ciudad Rodrigo, con una beca. Después quería acceder a estudios de Arte Dramático o Bellas Artes, algo creativo, pero le fue imposible, y acabó desmotivándose por la misma tendencia general: las chicas adolescentes no confiaban demasiado en los sueños, eran años duros y se imponía la necesidad de querer dejar de comer legumbres todos los días.
La urgencia apremió, y María Paz se vio obligada a trabajar sirviendo como empleada del hogar. No en Salamanca, porque eso estaba muy mal visto; y se fue al País Vasco, como tantas otras. Allí, en las zonas industrializadas, muchas jóvenes trabajaban como empleadas del hogar, o bien en alguna fábrica textil o de materiales eléctricos, hasta que se casaban. Entonces, la mayoría de las mujeres dejaban de trabajar, salvo las que hacían labores domésticas en otras casas.
Eso también lo ha conseguido la formación: el hecho de no olvidar los detalles que algún día les hicieron felices, pensando en los días fríos al lado de la lumbre, o ya acostados en la cama. Pensaban en ser grandes artistas, y María Paz también lo fue, a su manera. Pintaba cuadros cuando volvía de su trabajo de limpiar casas en Neguri. El tren, en la hora del mediodía, se llenaba en las márgenes de la ría de Bilbao con obreros de fábricas y asistentas. Incluso en esos momentos de prisas y obligaciones no dejó de ser artista.
En la Universidad de la Experiencia a ella le llaman la atención las explicaciones sobre leyendas autóctonas, sobre escritores de ambos géneros o pintores con una vida enmarañada. Y su presente está lleno de planes, porque quiere organizar una exposición de pintura hiperrealista, con todos los cuadros que ha creado y crea a lo largo de su vida. Y lo ha pensado gracias a ese ambiente formativo y de luces, en el que siempre creyó a pesar de que la obligaran a acallar sus ilusiones.































