En este siglo, los españoles hemos triplicado el consumo de antidepresivos por habitante y duplicado el de ansiolíticos, según el CIS. Ello explicaría que el 80% declaremos sentirnos felices en nuestra vida cotidiana (después de ingerir las pastillas), cuando, según el Edelman Trust Barómetro, un 67% declaramos sentirnos descontentos con el entorno (antes de tomarlas), entre otras cosas, porque “el sistema favorece a los ricos”, que se están haciendo cada vez más ricos.

Y es cierto: la brecha entre ricos y pobres se ha agrandado tanto en lo que llevamos de siglo que resulta imposible no tenerlo en cuenta a la hora de explicar reacciones y sentimientos sociales con reflejo político en el voto. Nuestro siglo XXI ha sido un tobogán con fuertes subidas y bajadas de un ciclo económico que tocó techo en 2007, antes de que estallase la burbuja inmobiliaria y suelo, de momento, durante la pandemia del Covid, con arreones posteriores vinculados a la guerra de Ucrania y a la actual en el golfo Pérsico. Los indicadores de bienestar económico de las familias han acompañado los vericuetos de ese ciclo espasmódico con un resultado claro a estas alturas: en 2026, los ricos españoles son más y más ricos, mientras que los pobres son más pobres que al comenzar el siglo, tanto en términos de renta como de riqueza.

Asumiendo ya que en este capitalismo global la desigualdad patrimonial es mayor que la de renta, así como que tanto la riqueza como la pobreza se heredan, tendiendo a perpetuar las diferencias sociales en función de la familia en la que se nace, si miramos los datos de la declaración de patrimonio a Hacienda en España, el número de declarantes ha subido un 75%, mientras que la riqueza conjunta declarada lo ha hecho en un 107%, que, además, se ha concentrado en el grupo más rico de los ricos que han multiplicado por cuatro su patrimonio.

En la misma línea, según la Encuesta Financiera de las Familias (Banco de España), el aumento del patrimonio de los hogares se concentra en una minoría, mientras que la mitad de la población más pobre ha visto reducirse su riqueza respecto a lo que tenía a principios de siglo. Como resultado, el 1% más rico de la sociedad, que tenía un 15% de la renta nacional a principios de siglo, lo ha elevado ahora al 18%. Y, además, pagan menos impuestos sobre el patrimonio, en gran medida heredado, y sus réditos.

Desde el punto de vista de las rentas, las declaradas por ingresos del capital han aumentado mucho más que las declaradas por trabajo, hasta el punto de que en 2024 las retenciones por capital crecieron un 40%, mientras que las del trabajo solo lo hicieron un 9%. Con los altibajos mencionados a lo largo del periodo, teniendo en cuenta que la inflación ha regresado al panorama económico hasta el punto de que la pérdida de poder adquisitivo por subida de precios ha vuelto a ser la principal preocupación de los empleados, según el Edelman Trust ((80%), la realidad de los datos evidencia dos formas complementarias de ver el problema de cómo la capacidad adquisitiva de los salarios españoles apenas si ha mejorado en lo que llevamos de siglo: el salario medio real apenas si ha subido un 2,7% en los últimos 30 años, en los que además se ha producido una divergencia con nuestros socios comunitarios de hasta 15 puntos porcentuales de brecha.

30 años de clara polarización económica entre pobres y ricos tienen su correlato en otros muchos datos, de los que traigo solo dos: uno, mientras que un 49,7% de las familias dice llegar a fin de mes con cierta facilidad, otro 46% afirma lo contrario. Dos, todavía un 26% de la población española se encuentra en riesgo de pobreza o exclusión social, porcentaje que asciende al 30% en el caso de menores. Ello se vincula con la vivienda, el mercado laboral y el hogar de nacimiento, ya que el ascensor social está averiado, según certifican los expertos y confirma la evidencia.

La rotundidad con la que se expresa esta brecha social entre pobres y ricos afecta a cómo nos sentimos. Y no es solo que exista un extendido pesimismo sobre el futuro (apenas un 20% cree que será mejor que el presente), sino que se traduce también en la escasa confianza hacia las instituciones (España es, según Edelman Trust, con un índice 45 frente a una media mundial de 57, uno de los países del mundo con mayor desconfianza hacia las instituciones de su entorno, siendo el Gobierno la peor valorada) y en el hecho de que la brecha de clase se introduce también aquí: los ricos confían más (53) que los pobres (36), alcanzando tal diferencia un récord.

La polarización económica se traduce, también, en el principal cambio percibido por el Edelman Trust, en España más que a nivel global: crece, hasta ser mayoritario, el sentimiento de insularidad, es decir, el repliegue identitario que me encierra en una campana de eco con los míos, y reduce sensiblemente la exposición a puntos de vista políticos diferentes. Las redes sociales, favoreciendo esta insularidad, se convierten en elemento nocivo para la convivencia a la vez que aumentan la infelicidad en los jóvenes que las utilizan. La insularidad incrementa la desconfianza hacia aquellos que no piensan como yo, y está extendida entre todos los grupos demográficos. Por ello, sin duda, una mayoría del 76% (CIS) cree que la democracia se ha deteriorado mucho o bastante y, especialmente los jóvenes, relativizan el valor absoluto de la democracia frente a las autocracias.

Polarización económica, desconfianza institucional, insularidad política… forman un cóctel incompatible con la democracia, la tolerancia y los pactos. Restablecer la confianza es urgente y requiere cambios importantes en la forma en que se está haciendo política hoy en España. Empezando por dejar de ver al adversario como enemigo y por recuperar medidas socialdemócratas de reparto, que fortalezcan la cohesión y el ascensor social.



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