En un instituto de secundaria, basta a veces con mencionar la palabra feminismo para que la conversación se tense, se bloquee o se cierre antes de empezar. Parte de los adolescentes, especialmente chicos, lo perciben lo perciben como algo ajeno o incluso como un ataque, mientras que otros lo reciben con escepticismo o cansancio. En ese contexto, el reto no es solo qué se enseña, sino cómo hacerlo: cómo hablar de feminismo sin generar rechazo, cómo evitar ese tono moralizante (y tan adulto) que levanta barreras y cómo convertir esa conversación en una herramienta útil para pensar y entender el mundo.

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