
En diciembre de 2003 —tres meses antes de que Rumania entrara en la OTAN y pocos años antes de que ingresara en la Unión Europea, en 2007—, Andrei Stefcu se marchó de Bucarest. Tenía entonces 17 años y viajó con un permiso de turista con la intención de quedarse en Castelldefels (Barcelona), donde le aguardaba uno de sus siete hermanos. Sus ansias de sumergirse en una experiencia nueva, en contra de la voluntad de sus padres, lo llevaron a establecerse en este municipio en el que llegó a trabajar en negro casi siete años; al principio en una empresa de aires acondicionados y, después, en la construcción. “Pese a la tremenda transición económica hacia el capitalismo durante los noventa, después de una severa dictadura comunista que condujo al país a sufrir penurias, no pasábamos hambre ni nos faltaba de nada; mi padre trabajaba como mecánico en la compañía estatal ferroviaria y mi madre en una fábrica. Aun así, decidí irme”, explica Stefcu en una terraza del centro comercial de Chitila, una pequeña localidad colindante a la capital rumana.































