“Europa tiene talento, y lo tiene por arrobas. Es más, gran parte de ese talento se ha ido fuera porque allí es donde ha podido desarrollarse mejor”. La reflexión de María Benjumea, fundadora y presidenta de South Summit, resume una de las grandes contradicciones que afronta una Europa en plena carrera tecnológica. Porque el continente forma investigadores, ingenieros y científicos de primer nivel, pero sigue dependiendo de otros para buena parte de las tecnologías que considera estratégicas. Mientras Bruselas multiplica los llamamientos a reforzar la soberanía tecnológica europea, la pregunta ya no es solo qué tecnologías necesita desarrollar, sino quiénes las harán posibles.
La cuestión ha adquirido una nueva urgencia en los últimos años. La pandemia puso de manifiesto la fragilidad de las cadenas de suministro globales; la guerra de Ucrania volvió a situar la autonomía estratégica en el centro del debate; y el desarrollo acelerado de la inteligencia artificial abrió una nueva carrera tecnológica dominada, hasta ahora, por Estados Unidos y China. Europa responde con nuevas estrategias industriales, inversiones en sectores críticos y un discurso centrado en el refuerzo de sus capacidades propias.
Ese debate ha recorrido esta semana los pasillos de South Summit Madrid 2026, que se clausura hoy en La Nave de Villaverde. Bajo el lema AI Convergence, el encuentro ha reunido a emprendedores, fundadores de startups, responsables públicos, directivos de grandes compañías tecnológicas y más de 2.000 inversores y representantes del ecosistema innovador internacional. Una edición que ha contado con más de 600 ponentes internacionales y la participación de más de 30 unicornios, en una programación marcada por la creciente presencia de sectores como la defensa, el espacio, la ciberseguridad, las tecnologías duales o la deep tech. Como resume Benjumea, “todo converge”: industrias, tecnologías y modelos de negocio se entrecruzan cada vez más en un ecosistema donde la inteligencia artificial actúa como elemento transversal.

No obstante, muchas de las conversaciones en esta edición de South Summit han terminado girando alrededor de una preocupación más amplia. Porque detrás de los modelos de IA, los satélites, los sistemas de defensa, los chips o las infraestructuras digitales aparece siempre el mismo factor: las personas necesarias para diseñarlos, desarrollarlos, fabricarlos y convertirlos en empresas competitivas. El reto tecnológico europeo es también, y quizá sobre todo, un reto de talento.
La batalla por el talento
Europa no parece tener un problema para generar talento. La cuestión es qué ocurre después. “Quizá lo único en lo que Europa es fuerte es en el talento científico. Lo que sucede es que ese talento científico ahora mismo lo están contratando al otro lado del Atlántico”, advierte Juan José Güemes, vicepresidente de IE University y presidente de su Centro de Emprendimiento e Innovación.
La reflexión conecta directamente con una idea que también plantea Benjumea. A su juicio, Europa no tiene un déficit de talento, sino dificultades para retenerlo y crear las condiciones necesarias para que se desarrolle dentro de sus propias fronteras. “Las grandes compañías y los grandes proyectos del mundo occidental están llenos de talento europeo”, sostiene. Por eso cree que uno de los retos pendientes pasa también por “convencernos de lo bueno que somos” y generar un entorno capaz de transformar ese potencial en empresas, proyectos e innovaciones desarrolladas desde Europa.
La realidad, sin embargo, es otra. Mientras universidades, escuelas de ingeniería y centros de investigación siguen formando profesionales altamente cualificados, buena parte de las empresas que trabajan desarrollando tecnologías estratégicas denuncian crecientes dificultades para incorporarlos. La competencia por determinados perfiles se ha intensificado hasta convertirse en uno de los principales obstáculos para quienes intentan construir nuevas capacidades tecnológicas en Europa: “El principal cuello de botella es el talento. Hay una demanda muy fuerte de compañías que están requiriendo talento y estamos compitiendo por él”, explica Mike Acosta, fundador y CTO de Arquetipo, una compañía especializada en la creación de empresas deep tech.
La escasez resulta especialmente visible entre los perfiles que construyen la tecnología, no entre quienes simplemente la utilizan. “La persona que va a diseñar un sistema de IA, saber cómo organizarlo o cómo hacerlo seguro… de esos quedan muy pocos en el mundo y casi todos los buenos se los llevan en Estados Unidos”, afirma Acosta.
Mucho más que inteligencia artificial
La inteligencia artificial ocupa titulares, atrae inversiones y ha monopolizado buena parte de las conversaciones sobre tecnología en los últimos años. Sin embargo, reducir el desafío tecnológico europeo a la IA sería quedarse con una parte muy pequeña de la fotografía.
Pedro Duque no comparte esa visión. El presidente de Hispasat, exastronauta y exministro de Ciencia e Innovación —uno de los participantes destacados de la jornada inaugural de South Summit— sostiene que el debate sobre la soberanía tecnológica europea abarca un campo mucho más amplio. “Lo crucial son las tecnologías que directamente impactan en las necesidades de la gente”, explica. Y menciona desde las comunicaciones espaciales hasta los materiales avanzados, los componentes electrónicos o las cadenas de producción de tecnologías críticas. En ese contexto, añade, “la inteligencia artificial me parece que es una de cientos”.
La afirmación resulta llamativa en plena euforia por la IA, pero Duque va incluso más lejos. “Yo ni siquiera pondría la IA en la lista de las más estratégicas”, sostiene. Y explica por qué: “Hay muchas otras áreas: materiales, espacio, cadenas de producción de equipos que se necesitan para la vida normal… pero sobre todo para los ámbitos donde la tecnología es más avanzada. Un corte completo de suministros desde fuera de Europa produciría un grandísimo trastorno para fabricar sistemas básicos de defensa, del espacio y de todo lo que signifique altísimas tecnologías”.

Esa mirada dirige la atención hacia ámbitos que rara vez protagonizan portadas. Desde las comunicaciones espaciales —Hispasat, junto a la francesa Eutelsat y la luxemburguesa SES, impulsa actualmente IRIS², una constelación propia de 290 satélites concebida para reforzar capacidades críticas de comunicaciones— hasta los semiconductores, la electrónica avanzada, la radiofrecuencia o la fabricación industrial. Tecnologías menos visibles que la IA, pero imprescindibles para construir satélites, drones, redes de comunicaciones o sistemas de defensa avanzados.
Por eso, cuando se le pregunta qué perfiles profesionales serán necesarios para reforzar esas capacidades estratégicas, su respuesta se aleja de las disciplinas de moda: “Claro que nos faltan ingenieros aeronáuticos, aeroespaciales o de telecomunicaciones”, explica Duque. “Pero también necesitamos muchos perfiles de fabricación, gente que sea capaz de manejar maquinaria especializada y de alto rendimiento”. A su juicio, la carrera por la soberanía tecnológica europea no se ganará únicamente en laboratorios de investigación o centros de desarrollo de software, sino también en fábricas, cadenas de producción e instalaciones industriales.
La reflexión apunta a una carencia que rara vez aparece en los debates sobre el futuro tecnológico. Ámbitos como la electrónica de base, la radiofrecuencia, los semiconductores, la metalurgia, la química o la fabricación industrial resultan imprescindibles para desarrollar muchas de las capacidades que Europa considera estratégicas. Y formar a los profesionales que las harán posibles exigirá tanto titulaciones universitarias como formaciones profesionales avanzadas. “Si nuestros jóvenes lo único que saben es utilizar el teclado de la pantalla, el día que nadie nos haga los ordenadores, ¿dónde vamos?”, se pregunta.
Del aula a las tecnologías estratégicas
Identificar los perfiles que Europa necesita es solo una parte del desafío; la otra consiste en formarlos. Y ahí la cuestión no parece limitarse a aumentar el número de ingenieros, científicos o especialistas en inteligencia artificial, sino que implica revisar cómo se preparan para trabajar en sectores donde la tecnología evoluciona a gran velocidad y donde la distancia entre la universidad y la empresa sigue siendo, en muchos casos, demasiado grande.
Acosta conoce bien esa brecha. Antes de fundar Arquetipo trabajó en Airbus Defence & Space y posteriormente impulsó, junto a la Universidad de Málaga, un programa en el que los estudiantes trabajaban codo con codo con ingenieros en proyectos reales para conocer de primera mano cómo se desarrolla la tecnología fuera del aula. A su juicio, las universidades españolas siguen generando profesionales técnicamente muy sólidos, pero son muy teóricas. “Los chavales llegan muy bien formados desde el punto de vista técnico, pero muy poco formados desde el punto de vista de cómo funciona una empresa”, afirma. Así, muchos jóvenes son capaces de desarrollar soluciones innovadoras o productos técnicamente complejos, pero se encuentran con dificultades cuando deben enfrentarse a cuestiones como la gestión de proyectos, la toma de decisiones o la propia dinámica empresarial. “Montar una idea no es solo hacer el producto. Es mucho más”, añade.

Esa distancia entre desarrollar una tecnología y convertirla en una empresa viable tiene consecuencias que van más allá del ámbito educativo. Acosta considera que Europa dispone de talento científico y técnico de primer nivel, pero que sigue teniendo más dificultades para transformar ese conocimiento en compañías capaces de crecer y competir globalmente. Una carencia especialmente relevante en sectores estratégicos como la inteligencia artificial, la defensa o las tecnologías deep tech, donde no basta con generar innovación: también hay que llevarla al mercado.
Güemes observa un reto parecido desde un ángulo diferente: la velocidad a la que cambian las tecnologías está obligando a replantear algunos de los modelos tradicionales de formación. Si durante décadas una parte importante de los conocimientos adquiridos en la universidad acompañaba al profesional durante buena parte de su carrera, hoy los ciclos de actualización son mucho más cortos. Por eso, defiende, las instituciones educativas deben centrarse cada vez más en desarrollar la capacidad de aprender, adaptarse y seguir incorporando conocimientos a lo largo de toda la vida profesional.
Ambos coinciden además en un punto especialmente relevante para la Europa tecnológica que describen: la necesidad de estrechar la relación entre formación e industria, un contacto que, para Acosta, debería comenzar mucho antes de los másteres o de los primeros empleos. “Yo empezaría a trabajar en programas desde el principio, donde desde tus primeros años de formación estás ya metido en un entorno empresarial”, sostiene. En ámbitos como la defensa, añade, esa conexión resulta especialmente importante porque gran parte del conocimiento más avanzado se encuentra fuera de las aulas.
Pero preparar a los profesionales que Europa necesitará dentro de 10 años plantea una dificultad adicional: nadie sabe exactamente cómo será ese mercado laboral. “Tú formas una persona que sea capaz de desaprender, de aprender constantemente, de adaptarse y de que tenga ese andamiaje intelectual para poder evolucionar”, sostiene Güemes. “¿Qué perfil necesitará una empresa en cinco años? No lo sé. Pero tampoco lo sabe la propia empresa”. En su opinión, la clave no está solo en transmitir conocimientos técnicos, sino en desarrollar la capacidad de razonar, conectar disciplinas distintas y seguir aprendiendo en un entorno que cambia más rápido que los propios planes de estudio.
La incertidumbre que menciona Güemes ayuda a explicar por qué el debate sobre el talento va mucho más allá de las competencias técnicas. Si la inteligencia artificial ofrece respuestas cada vez más rápidas y sofisticadas, el verdadero valor seguirá estando en la capacidad de formular las preguntas adecuadas. “Lo grande no es una contestación inmediata y superficial, sino qué pregunta le hagas”.
A su juicio, aprovechar realmente el potencial de estas tecnologías va más allá de dominar una herramienta concreta. Requiere pensamiento crítico, capacidad de análisis y una formación suficientemente amplia como para comprender los desafíos desde distintas perspectivas. Por eso, Güemes rechaza la idea de que el futuro pertenezca únicamente a los especialistas técnicos: “Eso no lo da una formación en una disciplina estrecha. Lo da una formación amplia que contenga muchas cosas”.































