El Banco Central Europeo no quiere sobrerreacionar a la riada de datos negativos que muestran un repunte de la inflación por la guerra en Irán. La entidad ha mantenido este jueves sin cambios los tipos de interés en el 2% por séptima vez consecutiva, a la espera de contar con más información sobre cómo está afectando la escalada energética a precios, salarios y expectativas de empresas y consumidores. Su comunicado, sin embargo, advierte de que el impacto de la contienda es notorio. “Los riesgos al alza para la inflación y los riesgos a la baja para el crecimiento se han intensificado”, alerta.

La prueba de fuego se aplaza de este modo a junio, cuando el mercado da por hecho que se producirá la primera subida del precio del dinero en casi tres años. La presidenta del BCE, Christine Lagarde, reconoció que aunque la decisión de no tocar los tipos se tomó por unanimidad, el Consejo de Gobierno discutió “largamente” la posibilidad de subirlos, algo que no había sucedido en encuentros anteriores. Finalmente, la opción de contar con seis semanas extra se impuso.

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Para entonces, los expertos del BCE habrán elaborado nuevas proyecciones de crecimiento e inflación, y esbozado nuevos escenarios basados en el devenir de la guerra. Pero como dejó claro Lagarde, ni siquiera un fin abrupto de las hostilidades garantizaría que los tipos de interés se mantuvieran, porque aunque en esa hipótesis los precios del barril de petróleo seguramente se derrumbarían, los retrasos y sobrecostes en los envíos llevan semanas golpeando las cadenas de suministro globales. Y la normalización tardará en llegar.

A comienzos de año, Lagarde dio a entender que sería necesaria una desviación importante de la inflación para que hubiera movimientos de tipos. En aquel entonces, la presión era para bajarlos más. Pero el conflicto en Oriente Próximo lo ha cambiado todo. Los precios crecieron en abril a un ritmo del 3%, un punto por encima del objetivo, algo que no se veía desde hace dos años y medio. Pese a que lo importante para el Eurobanco no es un repunte puntual, sino saber cómo se comportarán a largo plazo, la presión para actuar va creciendo conforme las cifras de inflación se deterioran, y Lagarde recordó que en los escenarios adverso y severo que contempla el banco figuran dos subidas de tipos. Otro guiño más a un aumento del precio del dinero en junio, al que al acabar la reunión el mercado de futuros concedía más de un 90% de posibilidades.

“Estamos observando los acontecimientos”, afirmó la francesa, que también dejó motivos para el optimismo. No percibe, de momento, movimientos que indiquen subidas salariales por parte de las empresas. Tampoco contagios relevantes de las subidas de precios a otros productos. “No vemos efectos de segunda ronda. Vemos efectos directos, algunos indirectos, pero no de segunda ronda”, aseguró.

La trascendencia del momento hizo reaparecer en rueda de prensa los fantasmas de tiempos pretéritos. “Prestamos atención a lo que se hizo en el pasado. Aprendemos de la historia y queremos esquivar el riesgo de subir tipos demasiado pronto, como en 2011 [cuando el entonces presidente, Jean-Claude Trichet, subió los tipos dos veces a pesar de la incipiente crisis de deuda europea], o un poco tarde como pasó en 2022”, explicó Lagarde.

Esos equilibrios no son sencillos. Sin visibilidad sobre cuándo se desbloqueará el estrecho de Ormuz, y con el barril de petróleo dando bandazos al alza y a la baja según encallan y avanzan las negociaciones —este jueves llegó a dispararse más allá de los 120 dólares, máximo desde 2022—, resulta imposible afinar las previsiones, por lo que estas seis semanas extra que se toman los miembros del Consejo de Gobierno antes de decidir si suben los tipos será un tiempo muy valioso para analizar multitud de indicadores y no errar el tiro. Una cosa sí está clara en Fráncfort: “Cuanto más tiempo dure la guerra y los precios de la energía se mantengan en niveles elevados, más fuerte es el posible impacto en la inflación general y en la economía”, constatan.

Con el crecimiento de la zona euro dando señales de estancamiento —solo una décima de avance del PIB en el primer trimestre—, el Eurobanco se topa con un dilema endiablado: subir los tipos para tratar de enfriar los precios, o no hacerlo para evitar causar un daño económico mayor. El mercado, en medio de esa amenaza de estanflación, se inclina por la primera opción: los futuros descuentan entre dos y tres aumentos del precio del dinero en este 2026, y esas perspectivas ya se han trasladado al euríbor en forma de subidas que están encareciendo las hipotecas.

Pese a las evidencias de un crecimiento anémico y una inflación en ascenso, Lagarde se mostró alérgica al término estanflación. Dijo que pertenece al pasado, a los años setenta, cuando el desempleo se disparó y los precios subían y subían. Ahora, el contexto es otro, el desempleo, pese a todo, resiste cerca de mínimos históricos, alega, aunque está empezando a detectarse un cierto enfriamiento.

El BCE insiste en que haber entrado en esta crisis con la inflación rondando el 2% es un hecho diferencial frente a lo que ocurrió al inicio del conflicto en Ucrania, cuando los precios ya crecían a un ritmo muy elevado. Ahora, argumenta, existe más margen, y según sus palabras textuales, están “en una buena posición para navegar la incertidumbre”. Los datos que maneja hablan de un shock que todavía no ha alcanzado el punto de no retorno. “Las expectativas de inflación a más largo plazo siguen estando firmemente ancladas, aunque las expectativas de inflación en horizontes temporales más cortos han aumentado significativamente”.

Su decisión coincide con la de la Reserva Federal y el Banco de Inglaterra, que también se han reunido esta semana y no han tocado los tipos de interés. La sensación que deja el mayor énfasis del BCE en el riesgo inflacionista, sin embargo, es que han aumentado las posibilidades de que esta pausa sea la última de un ciclo que empezó en junio de 2025.

También fue la última reunión de Luis de Guindos como número dos del Eurobanco. En su despedida, dijo a Lagarde que acompañarla había sido “un honor”. Y agradeció a la prensa su labor en estos ocho años que ha ejercido como vicepresidente. “Muy a menudo encontré que vuestras preguntas fueron las correctas. Inteligentes, y a veces un poco incómodas. Preguntar cuestiones complicadas es parte del trabajo de un periodista”.



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