No es fácil calibrar la salida a Bolsa de SpaceX. La sombra de Elon Musk tiene ese efecto polarizador: si para algunos es un mesías, otros pueden caer en el error de olvidar sus logros tecnológicos. En poco más de una década, SpaceX ha conseguido un dominio abrumador en el negocio de lanzamiento de satélites, hundiendo los costes mediante la reutilización de los cohetes. La constelación de satélites Starlink tiene una base de clientes que crece a gran velocidad y es una parte crítica del sistema mundial de comunicaciones. Con el –aún en pruebas– gigantesco Starship, el cohete más potente de la historia, Musk espera reforzar su dominio.

Pero para el sudafricano eso no es suficiente: la OPV de SpaceX plantea en su documento de salida a Bolsa (donde normalmente se recogen los planes de negocio) crear una ciudad de un millón de personas en Marte, masivos centros de datos orbitales o proyectos de minería de asteroides… Iniciativas que no pueden entrar en la categoría de proyecto porque carecen a día de hoy de base tecnológica sólida. ¿Podrá Musk llevarlas a cabo? Posiblemente, aunque su historial no es tanto el de inventor como el de ingeniero que perfecciona, industrializa y comercializa tecnologías existentes.

Pero poner precio a la fe siempre ha sido una labor harto complicada. En este sentido, la experiencia de Tesla es indicativa. La empresa pasó por años difíciles, pero logró una ventaja competitiva clave en un negocio emergente; pasó de valer 77.000 millones de dólares en 2019 a 1,2 billones tres años más tarde, periodo en el que triplicó ingresos. El frenazo del negocio hundió la acción, pero ahora Tesla roza máximos históricos, apoyada en las promesas de coches autónomos y robots humanoides alimentados por inteligencia artificial. Pero la clave de bóveda que sujeta el edificio es el aura de Musk, que logró, incluso, disparar el precio de una criptodivisa humorística, dogecoin.

Conceptualmente, es posible separar la empresa de la persona. A la hora de valorar SpaceX, en una operación que (lógicamente) pone el foco en los minoritarios, no tanto. El férreo control que se asegura Musk sobre la empresa y la integración de xAI, con unos fortísimos requerimientos de inversión, añaden capas de complejidad corporativa y financiera. Probablemente dé igual. Es una cuestión de fe. Extraños tiempos estos en los que la mayor OPV de la historia no está protagonizada por la excelente empresa que sale al mercado, sino por su dueño.



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