
Cientos de vidas puestas en pausa. Esa es la sensación que empieza a permear al traspasar los muros del centro penitenciario de Zuera, en Zaragoza. Allí pagan por los delitos cometidos y buscan una forma de enderezar sus vidas. Un propósito que no es fácil, porque las circunstancias que los empujaron a delinquir (las vidas interrumpidas, la falta de esperanza o el consumo de drogas) siguen muy presentes entre rejas. El esfuerzo es notorio, pero no imposible, y muchas veces se articula desde el mismo espacio donde un día comenzó a torcerse: el aula de una clase.



































