
La economía mundial ha esquivado el escenario más adverso, el de una grave escasez de energía que impulse la inflación de forma persistente y limite el crecimiento. Gaston Gelos (Montevideo, 57 años), subdirector del Departamento Monetario y Económico del Banco de Pagos Internacionales (BIS, por sus siglas en inglés) —la entidad que agrupa a los supervisores bancarios de todo el mundo, el banco de los bancos centrales— reconoce que el acuerdo entre EE UU e Irán para detener la guerra y reabrir el estrecho de Ormuz aleja el peor de los supuestos, si bien insiste en que “aún existen riesgos”. No solo en lo relativo a la recuperación del suministro del petróleo del golfo Pérsico sino en los múltiples desafíos que afronta la economía en el medio plazo. Desde la sostenibilidad de las inversiones de la IA, pasando por el debilitamiento de las posiciones fiscales y el refuerzo de las vulnerabilidades financieras, en un mercado en el que cada vez están más estrechamente conectados los bonos soberanos con los intermediarios financieros no bancarios, en especial los hedge funds.
“El alto apalancamiento de estos fondos puede convertir pequeños ajustes en grandes tensiones. Esta vulnerabilidad es importante. La liquidez puede evaporarse rápidamente cuando hay un shock”, afirma Gelos en una entrevista online con este diario. Su advertencia está muy presente en el informe económico anual que publica este domingo el BIS y en el que también alude a amenazas muy candentes. En un mundo que empieza a recomponerse del shock energético que ha supuesto el bloqueo de Ormuz queda la gran incógnita de a cuánto ascenderá la magnitud del golpe, es decir, cuánto tiempo tardará la inflación en reconducirse.
La pelota está ahora en el tejado de los bancos centrales, a los que el BIS advierte en su informe. “Con el repunte de la inflación tras la pandemia aún fresco en la memoria, no deben descartarse los riesgos de que incluso las perturbaciones de la oferta transitorias desencadenen efectos de segunda ronda e inflación persistente“, recoge el informe anual del BIS. El BCE ha subido los tipos en junio, en una decisión que Christine Lagarde ha defendido como justificada y no preventiva, y la Fed podría elevarlos antes de fin de año.
-¿Cuál debe ser ahora el papel de los bancos centrales?
-La tarea de los bancos centrales es mantener ancladas las expectativas de inflación a medio plazo, pero evitando al mismo tiempo una reacción exagerada a sus efectos iniciales. Es como caminar por una cornisa, anclar expectativas sin sobrerreaccionar. Si las expectativas de inflación aumentaran, si cambia la dinámica de precios y salarios y si se intensifican las presiones de la demanda, ahí sí tendrían que reaccionar. Los riesgos han disminuido, pero todavía no han sido eliminados por completo”.
La reanudación del flujo de petróleo no va a ser ningún camino de rosas y el regreso a cierta normalidad va a llevar semanas, cuando no meses. Es más, el mercado del petróleo difícilmente va a volver a ser el mismo después de que Irán haya demostrado que no le tiembla el pulso para cerrar Ormuz —tiene en ello el arma más persuasiva en su resistencia frente a EE UU— y de que el mundo haya descubierto su vulnerabilidad ante la falta del suministro de energía del golfo Pérsico.
Para el BIS, según recoge el informe, es posible que las repercusiones macroeconómicas de la interrupción del tráfico en el estrecho de Ormuz aún no hayan llegado a su fin, mientras ya hay signos claros de un aumento de las presiones inflacionistas. Lograr la estabilidad de precios dependerá evidentemente de que el precio de la energía se estabilice, sin causar efectos de segunda ronda sobre los salarios, y de la pericia de los bancos centrales. Pero los riesgos no se acaban ahí.
-¿Ve la fiebre inversora en la inteligencia artificial como un peligro para la estabilidad financiera?
-Una decepción en la inteligencia artificial podría desencadenar una corrección abrupta y fuerte en los mercados financieros. La carrera por el liderazgo en la inteligencia artificial puede alimentar la sobreinversión, como hemos visto en anteriores oleadas de innovación.
Gelos no desconfía de las bondades de la IA y cree en su capacidad de mejorar la productividad, aunque el BIS también advierte contra los excesos. Para la institución, la magnitud y el ritmo del actual auge de la inversión en inteligencia artificial, acompañada de expectativas de importantes beneficios en términos de productividad, guarda similitudes con precedentes como la fiebre del ferrocarril en Reino Unido en 1840, el auge de la electricidad en los años 20 del siglo pasado o la burbuja puntocom de finales de los 90. El BIS también advierte de los riesgos de su implementación. No solo por la avalancha de inversión que acapara, capaz de desequilibrar el mercado financiero, sino por el cuello de botella que puede crear en el ingente suministro de electricidad necesario para su desarrollo y por los efectos sobre el empleo. “Sigue siendo incierto si los avances en IA crearán nuevos puestos de trabajo, o ampliarán la demanda de los ya existentes, en medida suficiente para compensar dichos desplazamientos. A diferencia de las tecnologías de uso general del pasado, la IA compite directamente con las capacidades cognitivas humanas”, apunta la institución.
El BIS también apunta a cómo la fiebre por la IA ha calado por toda la fontanería del sistema financiero, lo que supone un riesgo añadido en un entorno de más inflación. “Un endurecimiento de los tipos de interés oficiales, necesario para contener la inflación, podría precipitar un fuerte retroceso en los precios de los activos tras un prolongado período de asunción exuberante de riesgos, lo que desencadenaría círculos viciosos macrofinancieros perturbadores”, advierte el BIS. Es más, una corrección bursátil importante podría tener mayor impacto en la economía que en el pasado, por la mayor inversión en Bolsa de los hogares, lo que causaría un mayor descenso de la riqueza y el consumo.
Pese a la resistencia que ha demostrado la economía global en los últimos años, los riesgos se extienden en un ecosistema financiero con cada vez más actores, y más poderosos, y un escenario geopolítico “más volátil y precario que en el pasado”, reconoce el BIS, que nunca pierde de vista la montaña de deuda pública y privada que soportan las grandes economías occidentales y a la que también está contribuyendo el crédito privado.
-Además de la avalancha de inversión hacia la IA, ¿qué otros riesgos aprecia para la estabilidad financiera?
-Las interconexiones crecientes y opacas entre el crédito privado y las instituciones financieras no bancarias y los bancos. Vemos fragilidades en la estructura financiera del mercado de los bonos. Y eso tiene mucha relevancia porque la deuda soberana de varios países está a niveles muy altos. Tenemos una combinación de deuda pública elevada con mayor intermediación por parte de actores no bancarios, y particularmente un mayor papel de los hedge funds.
El cierre del estrecho de Ormuz durante más de tres meses ha tenido en vilo a la economía mundial pero el BIS, en su tarea de supervisión financiera, apunta a los retos pendientes, y bien conocidos, para el medio plazo. “Es importante para los bancos centrales salvaguardar la estabilidad de precios y fortalecer la supervisión macro más allá de los bancos. También hay que impulsar reformas estructurales que refuercen la productividad y políticas fiscales que mejoren la trayectoria fiscal, pero que al mismo tiempo minimicen el daño en la economía, priorizando el gasto que fomenta la productividad y el crecimiento”, concluye Gelos.































