Si un periodista llega a Dublín para escribir un reportaje sobre la recesión, es mala suerte toparse con Agustín López, un sumiller argentino originario de Mendoza que se mudó a la ciudad cuatro meses atrás y encontró trabajo exactamente a los tres días de llegar, sin hablar inglés ni tener experiencia previa detrás de una barra, en uno de los locales con más solera de Temple Bar, la mítica zona de pubs de la capital irlandesa. López, de 25 años, se formó en el mundo del vino y trabajó en bodegas en su tierra natal, pero quería aprender de whisky y por eso hizo las maletas. Ahora estudia las revistas especializadas en los ratos muertos, que son muy pocos, porque en esa casa llena de recovecos y referencias literarias se bebe sin tregua, desde la mañana hasta la noche. Nativos y extranjeros. Cero quejas, las cuentas le salen: “Son 2.200 euros en sueldo, pero las propinas pueden ser 100 más un día cualquiera, tal vez 200 uno muy bueno”, explica.
Es un lunes, pero no llueve y la cosa pinta razonablemente bien para Agustín. Turistas y dublineses abarrotan el centro, las tiendas, los autobuses, los restaurantes. Al día siguiente, martes, el bullicio aumenta. El 16 de junio se conoce en Dublín como Bloomsday, porque es la fecha en que se desarrolla toda la acción de Ulises, y los dublineses celebrarán la novela y a su autor, James Joyce, con recorridos por la ciudad que recrean la historia y disfrazada de la época o con guiños a la figura del autor, con gafas redondas y sombreros. Más gente en tiendas, en autobuses, en restaurantes.
Las cifras de consumo interno del país, positivas, se compadecen con el paisaje. También, las del mercado de trabajo: Irlanda goza de una situación de pleno empleo, con una tasa de paro inferior al 5%. Sí sorprende, sin embargo, la macrocifra por excelencia, el producto interior bruto (PIB) : la economía irlandesa ha sufrido un descalabro del 12% en el primer trimestre del año, la caída más drástica desde que hay registros, según el Banco de Irlanda.
Tan severo ha sido el desplome que el país, de tan solo algo más de cinco millones de habitantes, aproximadamente los mismos que la Comunidad Valenciana, ha sido capaz de lastrar al conjunto de la zona euro. El bloque había experimentado un crecimiento anémico, del 0,1%, en ese mismo periodo, pero cuando las autoridades irlandesas revisaron a la baja su dato, el balance del conjunto entró en terreno negativo, con una contracción del 0,2%.
En realidad, lo que ha ocurrido en Irlanda se debe a un puñado de multinacionales farmacéuticas, cuyas ventas se han desplomado y han hundido un 27% el sector industrial y, con este, el PIB de todo el país. El motivo es que esas mismas compañías dispararon sus exportaciones en 2025 para adelantarse a la ola arancelaria de Donald Trump y la comparación actual con dicho ejercicio ha puesto patas arriba la contabilidad nacional.
El PIB, se dice a menudo, no cuenta toda la verdad del estado de lo que llamamos la economía real, la de carne y hueso, en ningún país del mundo. Pero Irlanda es el paradigma del abismo entre cifras y realidad por el enorme peso de las grandes corporaciones extranjeras, más de un millar, sobre todo de Estados Unidos, por obra y gracia de un tratamiento fiscal más que atractivo, entre otros factores. El Nobel de Economía Paul Krugman acuñó en 2016 el feliz término de “Economía duende” (Leprechaun Economics) para referirse a esta economía singular cuando arrojó un crecimiento del 25% en el ejercicio anterior. Un Brexit, una pandemia, una escalada arancelaria y un cheque energético después, los duendes vuelven a hacer de las suyas.
“Tenemos una economía pequeña pero muy globalizada en las que las multinacionales extranjeras representan el 50% del PIB y la mayoría de los beneficios salen fuera del país, así que el PIB no representa muy bien la economía irlandesa”, explica Kieran Culhane, jefe de la integración de cuentas nacionales del Centro Oficial de Estadísticas (CSO, en sus siglas en inglés) de Irlanda. “Todos los países tienen que lidiar con este impacto, pero cuando son de mayor tamaño no se nota tanto”, añade Culhane, quien reconoce también la dificultad de hacer proyecciones. La actividad de una planta química ubicada en Irlanda tiene un impacto real en la actividad, pero el traslado de la propiedad intelectual de una tecnológica sí altera la foto. Las autoridades son tan conscientes de esta distorsión que han desarrollado su propio indicador macroeconómico, el Ingreso Bruto Nacional (GNI, en siglas en inglés) modificado, que excluye este efecto, pero no es comparable con otros países y solo se actualiza anualmente, explica Culhane.

“El PIB aquí no significa casi nada”, corrobora, con mayor rotundidad, Dan O’Brien, economista jefe del Instituto de Asuntos Internacionales y Europeos, un reputado think tank de la capital. “La economía doméstica se encuentra en buena forma”, afirma sobre Irlanda, “sus problemas son principalmente de éxito, un mercado laboral muy ajustado que complica a las compañías encontrar personal y retenerlo”, añade.
El comentario recuerda a la rapidez con la que Agustín López encontró trabajo al llegar a Irlanda, también al trajín de la ciudad. Alrededor del 11% de los trabajadores irlandeses lo hace en el sector de la farmacia o la tecnología, ambos con buenos salarios. Entre los contras hay que apuntar algo importante: el coste de la vida. Eurostat calcula el nivel de precios de productos y servicios que pagan los hogares en cada país en paridad de poder de compra y la segunda posición de la Unión Europea la ocupa Irlanda, con unos precios un 36% por encima de la media, solo precedida por Dinamarca (40%). En la zona euro, gana por goleada.
Inversión extranjera
Irlanda, que era uno de los países menos dinámicos de Europa, se subió a la ola de la globalización, aprovechó el interés estadounidense por el mercado único europeo y renació en los 90 con el apelativo de Tigre Celta. Con la atracción de inversión extranjera como punto central de su agenda, es hoy cuartel general europeo y de numerosas subsidiarias de grupos emblemáticos como Meta, Apple, Microsoft, Pfizer, o Illy, buques insignia del poderío empresarial norteamericano. Muchas de las sedes tecnológicas y compañías incipientes nacidas al albur de las grandes se ubican en Silicon Docks, como se conoce habitualmente a la zona de Grand Canal Docks, junto al río Liffey.
Bebedora, literaria y creyente, Dublín hace buenos muchos de sus tópicos. También, el de imán para las empresas. El impuesto de sociedades, del 12,5%, es el motivo más conocido en esta historia de amor entre Irlanda y las multinacionales, pero la realidad es algo más compleja. Durante años, las empresas internacionales se beneficiaron de una maniobra fiscal de nombre sugerente, el “doble irlandés”, que muy grosso modo, funcionaba así: las multinacionales localizaban su propiedad intelectual en filiales irlandesas controladas desde paraísos fiscales como, por ejemplo, Bermuda, e Irlanda la considera residente fiscal allí. Al mismo tiempo, EE UU consideraba a la firma residente fiscal en Irlanda.
Este agujero ya no es legal, pero el atractivo continúa y los estadounidenses optaron por este enclave por más motivos, como recuerda Dan O’Brien: “No olvide que aquí comparten el idioma, es una población formada y está ubicado más al oeste, a una hora menos de avión, y hay como 40 millones de estadounidenses que descienden de irlandeses y se sienten muy orgullosos. Obviamente, el sistema fiscal ayudó, pero no lo cuenta todo”, recalca.
El centro comercial Saint Stephen’s Green, uno de los más populares, acoge una exposición sobre la Gran hambruna irlandesa del siglo XIX, que obligó a emigrar a más de un millón de personas y acabó con la vida de casi tantos. En la década de 1840, los hombres adultos comían 6,3 kilos de patatas al día como único sustento, recuerda una de las cartelas. Otra recuerda precisamente la llegada masiva de migrantes a Estados Unidos que cita el economista jefe del Instituto de Asuntos Internacionales.
Es otro siglo, otro planeta podría decirse. En las calles de Dublín, los carteles hablan más bien de los problemas de acceso a la vivienda en la ciudad donde tanta gente quiere vivir: la mitad de la población de toda Irlanda vive en la capital. La subida trepidante del mercado residencial, sobre todo la más lujosa, es una noticia frecuente en los medios. La semana pasada Irish Times publicó que Roy Keane, antiguo entrenador de fútbol y ahora comentarista deportivo, había ganado más de 500.000 euros de plusvalía con la venta de un apartamento que había comprado solo tres años antes en Lansdowne Place, una zona selecta. La actividad económica, el tirón del turismo y el crecimiento de la población, de un 31% entre 2002 y 2022, han calentado el sector de una forma que suena muy familiar para sitios como España.

“Esta es la peor ciudad para alquilar, se forman colas que dan la vuelta a toda la manzana para simplemente ver un apartamento, la gente joven se está marchando sin parar”, se queja Kevin, uno de los miembros de la Liga Revolucionaria por la Vivienda, que evita dar su apellido porque al día siguiente tiene una vista en el juzgado. Su grupo ocupó un mes atrás el antiguo pub Ardee House, un enorme local de varias plantas en la esquina de un bloque y que llevaba abandonado desde 2010, cuando cerró en medio de la crisis del euro. Los activistas lo han convertido en un centro de reunión donde sirven café y té a precio voluntario y con esas donaciones sufragan los costes. El martes por la mañana se puede ver allí a una madre y una hija en una mesa, y un anciano despidiéndose. Un fondo quiere construir viviendas allí y la Liga reclama más espacios comunitarios. “La gente está cada vez más enfadada, se dejan todo el dinero en asegurarse de que los edificios sigan vacíos”, ironiza.
Aidan Regan, profesor de Economía Política de la Dublin University College, advierte de otro nuevo problema, “el aumento de los precios de la energía en los hogares por la expansión de los centros de datos”, pero es muy claro sobre el impacto real y positivo de las grandes compañías, en términos de empleo y también de ingresos en las arcas públicas. La factura alcanzó los 33.000 millones de euros el año pasado e Irlanda cerró 2025 con un superávit público del 3,7%, 12.400 millones de euros contantes y sonantes. “Y no son compañías buzón, tienen una presencia real”, señala, si bien alerta contra la excesiva “concentración”. “Soy de los que lleva años argumentando la necesidad de diversificar el modelo, hacia el crecimiento de empresas nacionales”, recalca.
Sobre todo, cuando tu socio actual se llama Donald Trump. El pasado marzo, cuando el primer ministro irlandés, Micheál Martin, visitó la Casa Blanca con motivo de la fiesta de San Patricio, el líder estadounidense le espetó: “Tenemos un gigantesco déficit con Irlanda, porque Irlanda fue muy lista. Arrebataron nuestras compañías farmacéuticas de las manos de presidentes anteriores que no sabían lo que estaban haciendo”.































