En su libro El crac del 29, John Kenneth Galbraith acuñó el término bezzle. El economista lo definió como “una riqueza aparente que en realidad no existe, en las empresas y los bancos de un país”. Según Galbraith, el bezzle crece “en los buenos tiempos, [cuando] la gente está relajada, confiada, y el dinero abunda”. Vivimos de nuevo una época así. El entusiasmo por todo lo relacionado con la inteligencia artificial ha vuelto a los inversores demasiado confiados respecto a las prácticas financieras de las grandes empresas implicadas en la revolución tecnológica.

El bezzle adopta formas diversas. Aparece cuando las empresas inflan sus beneficios y minimizan sus gastos. Los trucos contables son un rasgo habitual. Durante la fiebre ferroviaria británica de la década de 1840, por ejemplo, el Rey del Ferrocarril, George Hudson, pagaba dividendos con cargo al capital y orquestaba transacciones dudosas entre empresas que controlaba. El bezzle implica a menudo beneficios fabricados, como las ganancias por operaciones bursátiles de las corporaciones japonesas a finales de los ochenta.

Durante el auge tecnológico del cambio de siglo, proveedores de equipos de telecomunicaciones como Nortel y Lucent engordaron sus beneficios concediendo préstamos a clientes poco solventes. Algunas telecos de la época llegaron a simular intercambios de capacidad de red para inflar los ingresos declarados. Los pasivos se ocultan. Tanto el Rey de las Cerillas sueco, Ivar Kreuger, a comienzos de los años treinta, como el consejero delegado de Enron, Jeff Skilling, a finales de los noventa, crearon estructuras financieras complejas que mantenían las deudas fuera de sus cuentas auditadas.

La financiación al cliente (vendor financing) propia de la burbuja puntocom ha dado paso a la inversión en el cliente (vendor-investing). Microsoft se comprometió a realizar grandes inversiones en OpenAI, que a su vez aceptó usar los servicios en la nube del gigante del software. Nvidia posee más del 10% de la firma de neonube CoreWeave, que es a su vez un gran cliente de las unidades de procesamiento gráfico (GPU) del fabricante de chips valorado en cinco billones de dólares. Cuando OpenAI cerró en febrero compromisos por 110.000 millones de dólares de nueva financiación, 50.000 millones procedían de Amazon y 30.000 de Nvidia. Como era de esperar, la creadora de ChatGPT se comprometió a usar Amazon Web Services y las GPU de Nvidia.

Y eso no es todo. Las plusvalías latentes de las inversiones en IA ya están inflando los beneficios de las grandes tecnológicas. Más de la mitad de las ganancias de Alphabet y Amazon en el primer trimestre (contabilizadas como “otros ingresos” en la cuenta de resultados) procedían de la revalorización de sus participaciones en empresas no cotizadas, principalmente OpenAI y Anthropic.

Las operaciones entre partes vinculadas son la norma en el ecosistema de la IA. Antes de su exitosa salida a Bolsa en mayo, el fabricante de chips Cerebras Systems obtenía la mayor parte de sus ingresos en Abu Dabi, cuyo proyecto de IA G42 había sido accionista de la compañía. En febrero, SpaceX, de Elon Musk, adquirió su propia empresa xAI por una valoración de 250.000 millones de dólares. Antes de la salida a Bolsa de SpaceX, Google se comprometió a pagarle cerca de 1.000 millones de dólares al mes por alquilar capacidad de computación. Alphabet, la matriz de Google, había sido uno de los primeros inversores en la aventura de Musk que va del espacio a la IA.

La forma de declarar los costes de la IA es otro terreno que merece escrutinio. En los últimos años, las grandes empresas de computación en la nube –conocidas como hiperescaladores– han alargado los plazos de amortización de sus costosos chips de IA, de unos tres años a entre cinco y seis. El inversor Michael Burry sostiene que esto ha servido para inflar los beneficios. Otros, en cambio, defienden que el cambio está justificado porque, aunque las GPU tienen una vida útil corta para entrenar modelos de IA, pueden seguir empleándose de forma rentable en otras tareas durante más tiempo. Construir un centro de datos lleva hasta tres años. Los hiperescaladores que acumulan GPU no están obligados a amortizarlas hasta que se ponen en uso. Mientras tanto, figuran en el balance como “construcción en curso”. A finales del año pasado, Alphabet, Amazon, Meta y Oracle declaraban cerca de 220.000 millones de dólares en activos de ese tipo. Los balances del mundo de la IA no incluyen muchos de los pasivos que asumen sus principales actores. Broadcom lanzó hace poco un vehículo de propósito especial de 35.000 millones de dólares, respaldado por los gigantes del capital riesgo Apollo Global Management y Blackstone, en el que el coloso de los semiconductores aporta capacidad de computación para Anthropic y OpenAI, además de servir de garantía financiera. Antes de la crisis del 2008, otro artificio de la ingeniería contable, la entidad de interés variable (VIE, por sus siglas en inglés), se empleó para ocultar la exposición de la banca a las hipotecas subprime. El centro de datos Hyperion de Meta, previsto en 27.000 millones de dólares, se financia mediante una VIE gestionada por el operador de crédito privado Blue Owl. Como la dueña de Facebook solo posee una participación minoritaria en la plataforma, los pasivos de Hyperion no se consolidarán en sus cuentas.

Los analistas de Morgan Stanley calculan que un total de unos 1,8 billones de dólares en pasivos del ámbito de la IA se han mantenido fuera de los balances de los hiperescaladores. Esa cifra incluye alrededor de un billón de dólares en compromisos de compra que no es obligatorio declarar salvo que la empresa prevea pérdidas. Los compromisos de arrendamiento, que ascienden a unos 800.000 millones, tampoco aparecen en el balance hasta que el contrato entra en vigor. Estos riesgos fuera de balance han crecido tanto que el Fondo Monetario Internacional los señala como un motivo de preocupación.

Lo que está claro es que las empresas que forman el núcleo del sistema de la IA están perdiendo dinero a chorros. En el primer trimestre, los costes de xAI triplicaban sus ventas. A principios de año, OpenAI preveía quemar 25.000 millones de dólares este ejercicio, según The Information. Y aunque Anthropic espera registrar su primer trimestre con beneficio operativo ajustado positivo, también es probable que siga quemando caja en el futuro previsible. Para finales de este año, el otrora poderoso flujo de caja libre de los hiperescaladores se habrá evaporado por su continuo gasto de capital, según Gerard Minack, de Minack Advisors. Alphabet ha estado captando enormes sumas de acreedores e inversores. Nvidia lanza esta semana una emisión de bonos de 25.000 millones de dólares, pese a haber declarado 72.000 millones en efectivo y valores negociables al cierre del último trimestre. Durante el periodo de auge, el bezzle aumenta deprisa. A pocos les importa prestar atención. “En la depresión, todo esto se invierte”, escribe Galbraith. “El dinero se vigila con ojo estrecho y suspicaz… Las auditorías se vuelven penetrantes y meticulosas.” La revolución de la IA aún no ha llegado a su hora de la verdad. Algún día lo hará.



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