En el año 2020 el sector de los semiconductores entró en un ciclo histórico. La pandemia de la covid-19 revalorizó su papel como pilar central de la sociedad digital. Los confinamientos para contener los contagios rompieron la cadena de suministros y desencadenaron un efecto dominó que ralentizó la producción de un elevado número de bienes. La irrupción y despliegue masivo de la inteligencia artificial (IA) a partir de 2023 no se entiende sin los avances de la microelectrónica. Los chips son el eje en torno al cual gira la geopolítica y el progreso, pero a costa de adquirir una capacidad disruptiva y desequilibrante sin precedentes en la economía.

El mundo ha necesitado más chips por metro cuadrado y la industria ha crecido hasta poder suministrarlos. La capacidad mundial de producción de obleas mensuales rondaba en 2020 los 24,6 millones, según los datos de SEMI (la asociación mundial de la industria). Los planes de reforzamiento del sector lanzados por los gobiernos tras la pandemia han espoleado inversiones entre 2020 y 2026 por valor de 1,13 billones de dólares –superior al PIB de España– que han elevado la capacidad de producción hasta más de 35 millones de obleas al mes en el presente año, que alcanzarán entre 42 y 44 millones de obleas mensuales en 2030 de acuerdo con las tasas de crecimiento proyectadas.

El porcentaje de ocupación de las líneas de producción ha sido muy elevado –rozó el 94% en 2021, máximo histórico–, con la excepción de 2023, cuando la corrección de inventarios lo hundió hasta el entorno del 70%. El resultado ha sido un crecimiento constante de los ingresos anuales del sector entre 2020 y 2026 –salvo en el año 2023– que desde 2024 ha ido batiendo las previsiones de los analistas. En concreto, el próximo mes de diciembre se habrán registrado unas ventas anuales de 1,5 billones de dólares, cifra que no se esperaba alcanzar hasta 2030. Sin embargo, existen indicios de un exceso inflacionario en el incremento de ingresos. Si se cumplen las estimaciones, mientras que la capacidad de fabricación ha crecido un 43% entre 2020 y 2026, la cifra de ventas lo ha hecho en un 243%.

Desde 2023, se ha desacoplado la proporcionalidad de la relación entre el crecimiento de inversiones y el de ingresos. El incremento de estos no se justifica por el progreso en la sofisticación tecnológica de la producción. El botón de muestra es la escalada del precio de la memoria, de más del 90% en el primer trimestre del año. Morgan Stanley ha avisado del riesgo de expansión de la inflación a la globalidad de la economía. Un grupo de asociaciones empresariales estadounidenses de amplio espectro –operadores de telecomunicaciones, fabricantes de dispositivos médicos, fabricantes de automóviles y comercio minorista– ha solicitado a la Administración de Trump medidas urgentes para hacer frente a lo que ya se denomina chipflación. Y es que el exceso de demanda ha facilitado a las principales compañías del sector un récord de márgenes operativos superior al 60%.

Valoraciones exuberantes

Con los crecientes beneficios ha venido el incremento de valor de capitalización de las compañías. El índice SOX de la Bolsa de Filadelfia –representativo de las compañías del sector cotizadas en Estados Unidos– ha visualizado la bonanza de la industria. Su valor se ha multiplicado por más de cuatro durante el periodo 2020-2026. Un crecimiento más allá de cualquier expectativa, máxime si consideramos que el índice SOX no incluye a dos de los principales fabricantes de memoria –las compañías surcoreanas Samsung y SK Hynix– por no estar listadas en Wall Street. Mientras que en 2020 el peso de las compañías de semiconductores del S&P 500 era de un 5%, este año se ha situado en un 17%.

El crecimiento del valor de las acciones de las compañías del sector puede estar justificado por su crecimiento de ingresos y beneficios, pero introduce desequilibrios en la economía. Mientras que los ingresos del sector de los semiconductores apenas equivalen al 0,7% del PIB mundial, su peso en la Bolsa estadounidense alcanza el 17%. Como consecuencia, cualquier incidencia en la industria arrastra al conjunto de los mercados de renta variable, erosionando la posición global de inversores y ahorradores. Lo hemos visto recientemente con la presentación de resultados de Broadcom. La decepción por un incremento de ingresos relevante pero inferior al esperado provocó entre el 3 y el 9 de este mes una caída del 12,2% en el SOX y del 3,8% en el S&P 500.

La radiografía del sector deja una imagen nítida: una industria que fabrica un 43% más que en 2020 ingresa casi el triple que en aquella fecha y vale en Bolsa más de cuatro veces más. Sobre la base de un incremento de capacidad, se han construido a velocidad de burbuja unos precios y valoraciones exuberantes. Si la demanda de la inteligencia artificial confirma las expectativas, la chipflación y la sobrevaloración de las acciones serán digeridas como el peaje de una transición tecnológica histórica. De lo contrario, habrá una rectificación igual de grandiosa.

Emilio García es vicepresidente de Aesemi (Asociación Española de Semiconductores) y coautor de ‘Chips y poder’.



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