
En la fábrica de helados de La Menorquina no hace frío. Los helados —polos, bombones, al corte, tipo sándwich, en forma de sandía o en forma de coco, entre muchos otros tipos, de marca propia o para terceros— se pasean por unas cintas que se cruzan entre ellas en un laberinto que huele a chiringuito en un día de verano. A lo largo de su paseo, de tanto en tanto los helados entran en grandes congeladores a 40 grados negativos, y es ahí donde cogen forma. Luego se empaquetan y se distribuyen en camiones refrigerados. La fábrica es algo antigua, pero sus 22 líneas de producción pueden llegar a hacer 50 millones de litros de helados al año, de hasta 600 referencias distintas. El pasado mes de febrero la compañía anunció una inversión de 15 millones de euros para añadir una nueva línea más que podrá sumar 30.000 helados por hora y 10 millones de litros de helado al año. Puede que parezca una inversión menor, pero para la empresa es crucial: certifica que La Menorquina ha superado su bache financiero y se ha consolidado en su etapa de expansión.































