
Mientras una parte del mundo debate cómo manejar la inteligencia artificial en las aulas, personalizar el aprendizaje o proteger el bienestar emocional de los estudiantes, otra sigue enfrentándose a un problema mucho más básico: garantizar el acceso a la escuela. La UNESCO calcula que 272 millones de niños y jóvenes (la mitad de ellos en África) permanecen fuera del sistema educativo en todo el planeta, en un momento en el que, además, la financiación internacional destinada a la educación empieza a retroceder. Pero quizá la gran paradoja contemporánea no sea solo esa. Quizá sea que incluso allí donde la escolarización está plenamente garantizada, cada vez más sociedades parecen incapaces de responder a una pregunta esencial: ¿para qué sirve hoy la educación?































