
La inflación en la zona euro dio un salto importante en marzo. Llegó al 2,5%. En un solo mes ha subido seis décimas. En la serie estadística de Eurostat hay que remontarse hasta octubre de 2022 para encontrar un incremento mayor. Como entonces, la causa última del aumento de precios está en una guerra y el efecto de esta sobre los combustibles: hace cuatro años fue la invasión de Ucrania por Rusia y las cotizaciones del gas natural las que provocaron la crisis de precios; hoy es la guerra en Oriente Próximo la que ha disparado los precios del barril de petróleo. Y también, como entonces, la presión se traslada hacia el BCE que ya ha advertido que está listo para subir los tipos de interés si la inflación se aleja de su objetivo del 2%.
El salto lo habían anticipado ya las cifras conocidas previamente de grandes economías de la zona euro como España, donde en marzo la inflación subió un punto porcentual, del 2,3% al 3,3%; Alemania, ocho décimas hasta el 2,8%; o Francia, también ocho décimas, hasta el 1,9%. Hay incrementos mayores incluso, en Lituania o Luxemburgo, pero su peso específico en el dato agregado final es mucho menor.
Antes de conocer estos números, la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ya había advertido que la institución que dirige está lista para salir al paso del aumento de la inflación. En su último discurso público, el pasado 25 de marzo enfatizó que el consejo de gobierno del BCE, donde se decide si suben o bajan los tipos de interés “depende de los datos”. Y estos, evidentemente están añadiendo mucha presión ya que cuando el IPC se sitúa por encima del 2% −el objetivo de inflación del guardián de la política monetaria− “incluso de forma no demasiado persistente podría justificar un moderado endurecimiento” de sus decisiones, señaló la francesa, apuntando a un posible aumento del precio oficial del dinero en la zona euro.
Pero el BCE, como todas las instituciones dedicadas a la política económica, no trabaja con un solo escenario. Y si el más adverso, el que prevé una inflación por encima del 2% de forma “significativa y persistente” se convirtiera en realidad, Lagarde apuntó que “la respuesta debe ser contundente”.
Y vistos los datos de marzo, la falta de certidumbre acerca del final de la guerra y las previsiones de las diferentes servicios de estudios, lo más probable es que la subida de tipos de interés no se demore mucho. Antes de que explotara la guerra, Lagarde solía decir que la zona euro, vista desde el punto de vista de la política monetaria, estaba “en buena situación”. Eso se ha acabado. Los servicios de estudios públicos y privados no tienen dudas de que en los próximos meses la inflación se irá por encima del 3%. Lo contempla el banco de inversión estadounidense Goldman Sachs y el propio BCE, que en las previsiones macroeconómicas divulgadas este mes veía un IPC medio del 3,1% en el segundo trimestre de este año.
“Las expectativas de inflación acaban de alcanzar niveles que solo se habían observado a principios de la década de 1990 y durante el primer semestre de 2022. […] Cuanto más dure la perturbación, mayor será la probabilidad de que se produzcan aumentos más generalizados de la inflación general y subyacente”, señala Bert Colijn, del servicio de estudios del banco holandés ING en una nota emitida poco después de conocerse el dato.
El riesgo, como ya se vio en 2022, es que el salto de las cotizaciones de los carburantes pase a otros productos de naturaleza muy diferente: los alimentos, las bebidas, los servicios, los aparatos electrónicos. Los Gobiernos están rebajando los impuestos de los carburantes para que a través del transporte la inflación no acabe afectando a toda la economía. Si llega ese caso, es más difícil y lleva más tiempo volver a reducir el IPC. Aunque esto va a depender, casi en exclusiva, de lo que dure la guerra en Oriente Próximo y el bloqueo en el estrecho de Ormuz.
Abunda en esta tesis el análisis detallado de los datos conocidos este martes. Ha sido la energía, arrastrada por las cotizaciones del crudo principalmente y su impacto en las gasolineras, la que ha provocado ese cambio de escenario. Durante los últimos meses, los precios energéticos estaban en terreno negativo. En febrero, por ejemplo, habían caído un 3,1% respecto al mismo mes del año anterior. En marzo, en cambio el incremento ha sido del 4,9%.
Frente a esto, el resto de componentes han tenido un comportamiento inverso. Han tenido rebajas moderadas. Los servicios se han encarecido en marzo un 3,2%, dos décimas menos que en febrero. Y la inflación subyacente, a la que le restan del índice los elementos más volátiles como la energía, los alimentos procesado o las bebidas alcohólicas y el tabaco, ha quedado en el 2,3%, un retroceso de una décima.































