Alta es una ciudad noruega de 20.000 habitantes situada en una esquina del mundo. A 1.800 kilómetros por carretera al norte de Oslo. Es enero y en la calle hace 17 grados bajo cero. Mina Steen (20 años) es profesora de una clase de niños de 12 años y jugadora de balonmano. Hoy les va a hablar del fondo soberano de Noruega. El más poderoso del mundo. El artífice de convertir el petróleo del Mar del Norte en un tesoro con maldición propia. Un complejo engranaje institucional cuyas decisiones se escrutan desde Washington a Tel Aviv. Sofisticación financiera e inteligencia artificial al servicio del pueblo. Si los viejos sabios medievales querían transmutar el plomo en oro, los modernos noruegos han logrado transformar en riqueza los átomos de carbono e hidrógeno enterrados bajo el mar. Pura alquimia del siglo XXI.
“Aquel día proyectábamos en una gran pantalla del aula la página web del fondo, donde se puede ver la evolución de su valor en tiempo real. Creo que entonces superaba los 21.000 billones de coronas [1,85 billones de euros], o algo así. Es que con las grandes cifras me pierdo”, relata Mina, dos meses después, en el aeropuerto de Oslo, de regreso de un viaje a Rio de Janeiro y Machu Picchu. “Los chavales sonreían y alucinaban. Se ponían tan contentos al ver cómo la cifra iba subiendo”.
Esos niños y su maestra son —junto con los otros 5,6 millones de noruegos— los únicos dueños de ese fondo. ¿Su valor actual? Una mareante retahíla de 17 números cuyo extremo derecho no para quieto, bailando al dictado de los misiles de Oriente Próximo. Con las grandes cifras no solo se pierde Mina. Mejor bajar el balón al suelo. Si se repartiera el fondo, a cada ciudadano le corresponderían 3,75 millones de coronas. Unos 320.000 euros. Es más de lo que vale una vivienda en Alta. El fondo equivale a una casa por noruego. Incluidos los bebés. “Yo no sé cómo han conseguido tanto dinero pero a mi me da mucha tranquilidad de cara al futuro”, reflexiona Mina, risueña, antes de volver a ponerse sus grandes auriculares y dirigirse hacia la puerta de embarque para coger el avión de vuelta a casa, el cuarto vuelo en 36 horas. Es el peaje de vivir en una esquina del mundo. Una muy rica.

Para saber cómo se gestó esta colosal pila de oro, hay que sumergirse en las entrañas de la bestia. Pisar desde los recovecos del banco central a los vetustos despachos del Ministerio de Economía. Escuchar las voces de veteranos especialistas en derecho y economía. Pero también las de jóvenes activistas que se quejan de que el fondo está teñido de sangre.
La huella del fondo se aprecia por todo Oslo. En sus modernos edificios públicos, en su eficiente sistema de transporte, en sus radiantes desarrollos urbanísticos de Tjuvholmen y Sørengautstikkeren. Y en su silencio. En la ciudad apenas se escuchan motores de combustión. Solo se ven bicicletas, patinetes, tranvías, autobuses… eléctricos, siempre eléctricos.
“Hemos sido muy afortunados”, concede May Froshaug (79 años). Esta ingeniera química jubilada visita hoy el Museo Munch, junto a la estación central, con un grupo de pensionistas. “Soy de una generación que nació en el sitio y el lugar adecuados, y que nos hemos encontrado con una fuente de riqueza que no esperábamos”. May, pelo blanco y corto, ojos azules casi transparentes, es consciente de la contradicción que supone haber sacado tanto dinero del petróleo, al tiempo que el país quiere ser un referente en la transición energética, con un 90% de ventas de coches eléctricos. “Creo que al menos se intenta invertir en empresas que no contribuyan al cambio climático. Desde luego, el pueblo noruego no quiere que el fondo sea dueño de empresas que colaboran con el genocidio en Palestina, y eso es algo que exigimos a los gestores del fondo”, explica, justo antes de entrar a la exposición.

El jefe del fondo
A un kilómetro de allí, Nicolai Tangen (59 años) camina rápido por las oficinas del banco central de Noruega. Es el consejero delegado de NBIM —la filial encargada de gestionar el fondo—. El alquimista en jefe. El máximo responsable de manejar esos 1,85 billones de euros y una de las personas más poderosas y con más contactos del planeta. Un día cualquiera puede charlar con Ana Botín, la presidenta del Banco Santander; luego recibir un mensaje de un primer ministro, y después enviarle un correo electrónico a Elon Musk, el dueño de Tesla. Cuando sale a hacer esquí de travesía por el bosque, los fines de semana, otros esquiadores le reconocen y le paran para felicitarle. Es una celebridad en el país.
En su trabajo el directivo saluda, sonríe, pregunta, bromea, propone. Y sigue andando. Espaldas anchas, cuello poderoso y cara rasurada a la perfección. Viste con traje, sin corbata. Tangen avanza ágil. Junto a la cantina, se cruza con la gobernadora del banco central —Ida Wolden Bache—, que preside el consejo del fondo. La jefa del jefe.

Junto a la puerta del despacho de Tangen hay una nevera con helados. Gratis. Una excepción para un organismo que ha hecho bandera de la austeridad. “Es un señuelo para que a la gente le apetezca venir por aquí a hablar conmigo. Quiero una organización horizontal, abierta a escuchar nuevas ideas”, comenta antes de entrar. Señala su silla y su escritorio. “Si queréis hacemos las fotos ahí, pero la verdad es que nunca lo uso”.
Tangen, con un patrimonio personal estimado en más de 500 millones de euros —por su anterior trabajo como gestor de un hedge fund (un fondo de inversión libre) en Londres—, solo se permite un respiro antes de iniciar su jornada. Al despertar. “Siempre dedico cinco minutos a pensar con gratitud en todo lo que me ha dado la vida: salud, familia, amigos y un trabajo interesante”.
Hoy también ha tenido ese momento de introspección. Se ha levantado de la cama a las cinco de la mañana. Ha encendido la chimenea y se ha quedado mirando por su ventana el fiordo de Oslo, aún helado en algunas partes. Luego, el café, el móvil, la lectura del Financial Times, The Wall Street Journal, The New York Times… y el patinete eléctrico para ir al trabajo —“lo uso unos tres días por semana”—.
Pregunta. La guerra contra Irán está sacudiendo Oriente Próximo y ha aumentado la volatilidad de los mercados. ¿Cómo lo está viviendo?
Respuesta. La incertidumbre y los riesgos geopolíticos son mayores que en el pasado. Pero también hay que decir que los mercados están siendo más resilientes de lo previsto.
P. Cuando las Bolsas caen con fuerza, ¿mira mucho la evolución del valor del fondo?
R. Todas las mañanas compruebo el valor del fondo. Cualquiera puede hacer lo mismo: está disponible en tiempo real en nuestra página web y se actualiza 14 veces por segundo.
P. También lo muestran en las escuelas, para explicar el fondo.
R. Es que somos el fondo soberano más transparente del mundo. Damos el valor en tiempo real. Nuestro sitio de internet es de los más visitados de Noruega. Cuando alcanzamos nuevos máximos, siempre sale en la prensa.
P. ¿La corrección desde máximos ha sido muy fuerte?
R. Bueno, tal vez un 3%. No he mirado la cifra exacta. También hay un efecto divisa.
P. ¿Pasa más nervios en jornadas así?
R. Siempre estoy nervioso. Es algo que va con mi trabajo. Este fondo es muy importante para el país. Ahora bien, también hay que tener claro que las grandes decisiones sobre la política de inversión del fondo las toma el Ministerio de Economía, apoyadas en el Parlamento. Por ejemplo, ellos deciden la proporción que tenemos que tener en acciones y en bonos. Ese mandato es fundamental, porque nos ancla con la soberanía popular.
P. En días de caídas en Bolsa, ¿aprovechan para invertir en acciones que les gustan y cotizan a mejores precios?
R. En general, nos ceñimos a los índices que nos marca el Ministerio. Pero tenemos algo de margen. Contamos con gestores de carteras que sí que pueden comprar y vender según estén las Bolsas, y que aprovechan para invertir cuando las acciones están más baratas. Con todo, la gestión activa representa menos del 15% del fondo.
P. ¿Cuál diría que es el secreto del fondo?
R. La Bolsa ha ido muy bien en los últimos 30 años. Ha sido un periodo increíble, con tipos de interés bajos, una cierta paz en el mundo, globalización, comercio internacional, desarrollo tecnológico… Ahora, en cambio, vemos fragmentación, más incertidumbres, más aranceles, más barreras. Pero también tenemos la inteligencia artificial [IA] y robots humanoides en desarrollo. Cada vez la inteligencia es más barata. Esto va a hacer que el coste de mano de obra se mantenga bajo. Y esas fuerzas deflacionistas son buenas para la Bolsa.
P. El retorno del fondo ha sido de un 6,5% de media anual…
R. Al final, nos hemos limitado a seguir los índices bursátiles marcados y a hacerlo con unos costes muy bajos. La IA nos va a ayudar a ser aún más eficientes.
P. ¿Para qué usan la IA?
R. Para muchas tareas. Por ejemplo, para comprar y vender acciones de forma más efectiva. O para detectar compañías que vulneran los derechos humanos y así excluirlas de nuestra cartera.
P. Es un firme defensor del potencial de la IA…
R. Absolutamente. Representa una revolución total. La mayor que vamos a vivir en nuestras vidas. Las oportunidades de ganancias de rentabilidad son enormes. Haremos mejores análisis, reduciremos costes, eliminaremos tareas tediosas. NBIM es la organización más avanzada del país en la implantación de la IA.

P. ¿No detecta síntomas de burbuja?
R. Es difícil saberlo. Tal vez sí que hay algún síntoma. Pero nosotros nos quedamos con la parte positiva. Con el provecho que podemos sacar de esta tecnología. Con Anthropic tenemos una relación estrecha desde hace tiempo. Y usamos sus modelos más avanzados. Queremos ir por delante del resto.
Antes de volver a Oslo, Tangen ya era uno de los gestores de fondos de inversión libre más reconocidos en Londres, con su hedge fund AKO Capital. Era un vehículo muy rentable y Tangen ganaba mucho dinero. Cuando le propusieron para el cargo de jefe del fondo del petróleo, no se lo pensó mucho. “Creo que este es el puesto de trabajo más interesante que un noruego que se dedica a las finanzas puede tener y, además, me apetecía hacer algo por mi país”. Cuando se le pregunta por el patriotismo a Nicolai Tangen le brillan los ojos: “ver una bandera Noruega me genera grandes emociones, es importante sentir que perteneces a algo más grande que tú”.
P. El podcast donde entrevista a algunos de los líderes más poderosos del mundo [Elon Musk, Sam Altman (fundador de OpenAI…] se ha convertido en todo un éxito. ¿Tiene la mejor agenda de contactos del planeta?
R. Mira, somos el fondo más transparente del planeta, y ese tipo de conversaciones públicas elevan aún más la transparencia. En lugar de sentarme yo solo con los jefes de las empresas en las que somos grandes accionistas, mejor grabamos la conversación y la compartimos. Así, los ciudadanos la pueden escuchar. Yo aprendo muchísimo y tomo muchas ideas para el fondo.
P. ¿Ha entrevistado a algún directivo español?
R. No muchos. Ana Botín, del Banco Santander. E Ignacio Sánchez Galán, de Iberdrola. Tengo buen trato con él. Se trata de nuestra mayor inversión en España y, además, tenemos un acuerdo de coinversión en parques eólicos y solares.

El control de costes ha sido clave para mejorar el retorno del fondo. En 2025, los gastos de gestión del vehículo equivalieron al 0,038% del patrimonio, cuando en los fondos de inversión normales pueden ser del 1,5% o el 2% anual. De los 700 empleados —que trabajan en las oficinas de Oslo, Londres, Nueva York y Singapur— tan solo uno tiene secretaria, el propio Tangen. El resto de directivos tiene que reservar sus propios vuelos. Si viajan en Europa, clase turista. En las comidas, prohíbidos el champán y los licores. “Aquí la prensa tiene derecho a saber cada factura que gastamos, así que yo jamás pido vino caro si es una cuenta que paga el fondo”, explica Tangen.

Antes de acabar, Tangen ya se ha levantado de su silla. “¿Sabes el número que sí que miro con más frecuencia? Este cartel de aquí donde pone cuántos días me quedan aquí en la oficina. Si alguien me dice de hacer algo ‘en una semana’ le contesto ‘no, vamos a hacerlo hoy, que no tenemos tiempo”. El marcador señala 1.641 días. A Tangen el tiempo se le escurre entre los dedos.

Un regalo de Navidad
La historia del fondo empezó hace 57 años con una llamada que anunciaba un regalo de Navidad. Desde la oficina de Phillips Petroleum, en Bartlesville (Oklahoma), uno de sus directivos marcó el número del Ministerio de Industria de Noruega. Un teléfono sonó en el centro de Oslo. Era la víspera de la Nochebuena de 1969 y la ciudad estaba cubierta de nieve. Al otro lado estaba el ministro, Olav Kristiansen. ”Hemos encontrado un yacimiento de petróleo. Uno muy grande“. La compañía llevaba años perforando el lecho marino, con una licencia otorgada por el Gobierno noruego. Estaban a punto de desistir cuando dieron con la bolsa de combustible. Aquella llamada iba a hacer rica a varias generaciones de noruegos, aunque aún no lo sabían.
Jens Stoltenberg (67 años) es la persona que mejor sabe cómo ese petróleo cristalizó en un patrimonio financiero colosal. Lo sabe porque él estaba allí. Como el dinosaurio del cuento de Monterroso. “El fondo es su bebé”, bromean sus más estrechos colaboradores. El actual Ministro de Economía de Noruega, espigado, fibroso y en buena forma, ya lo era en 1996 —en una primera etapa— cuando el dinero del petróleo empezó a fluir hacia el fondo. ”Entonces tomamos varias decisiones cruciales, como que el dinero se invirtiera fuera de Noruega, para evitar que se recalentara la economía del país y se disparara la inflación», explica, en la sede del Ministerio, a dos manzanas del Storting, el parlamento.

En 1997 ya se acordó que el 40% de esos recursos se invirtieran en acciones [un porcentaje que se ha subido al 70% actual]. Después, “en 2001, siendo yo Primer Ministro, decidimos que no se podría sacar cada año más del 4% [ahora el 3%] del dinero del fondo, que es lo que pensábamos que podría rentar por encima de la inflación”, recuerda ufano Stoltenberg.
Esta regla fiscal busca que todos los ingresos petroleros lleguen —revalorizados— a las futuras generaciones de noruegos. El 3% actual puede parecer poca cosa, pero el tamaño del fondo es tan grande que con el dinero que sacaron de allí en 2025 “logramos cubrir una cuarta parte de los presupuestos generales, un dinero que va desde los servicios públicos al decidido apoyo militar a Ucrania”, apunta el político, que durante 10 años fue secretario general de la OTAN. Los retornos medios anuales del 6,5%, al irse acumulando, al modo de una bola de nieve, han hecho que, hoy por hoy, el 63% del patrimonio del fondo se explique por las rentabilidades cosechadas.

Desde su despacho en el campus de Harvard, en mitad de una intensa nevada que azota Nueva Inglaterra, el profesor español de finanzas, Luis Manuel Viceira (60 años) explica por videollamada cómo se ha producido la excepcional evolución del fondo del petróleo. El experto es uno de los más reconocidos del mundo en la asignación de activos. Y sabe de lo que habla. Fue asesor directo del fondo entre 2017 y 2022, y ha escrito varios trabajos sobre el vehículo. “Noruega ha sabido exponerse, para bien, a la globalización y al excepcional crecimiento de la economía internacional, comprando deuda pública y acciones de compañías de todo el mundo”, reflexiona el profesor. “También fueron valientes para ir asumiendo riesgos, invirtiendo más y más en Bolsa”. ¿El talón de Aquiles del fondo? “Su futuro depende de la confianza en el orden y el derecho internacional, en que la globalización no colapsará y en que sus propiedades, sus acciones y bonos, no serán expropiadas”, sentencia Viceira.

En Oslo son las cinco y media de la tarde y ya empieza a anochecer. Los ferries —eléctricos, por supuesto— zarpan del muelle de Aker Brygge, rumbo a Nesodtangen, un barrio residencial en la otra orilla del fiordo. A un paso de allí está el Ayuntamiento de Oslo, donde cada 10 de diciembre se entrega el Premio Nobel de la Paz, que tanto anhelaba Donald Trump antes de atacar Irán. A las puertas del consistorio, Ingrid Nielsen (27 años) vende periódicos. “El fondo es algo muy importante para nosotros, pero, a decir verdad, tan solo aparece en la prensa cuando hay una gran polémica, como con las inversiones en Israel”, explica.
Aquella cuestión provocó un gran debate en la sociedad nórdica, que asume que el gran poder del fondo conlleva una gran responsabilidad. Un fabuloso tesoro maldito, desenterrado de las aguas profundas del Mar del Norte, que los noruegos aprenden a exorcizar a base de transparencia y democracia.






























