El petróleo, puro oro de color negro, manda sobre la paz y sobre las armas, sobre la vida y sobre la muerte, desde al menos la Primera Guerra Mundial. Los países aliados “flotaron hacia la victoria sobre una ola de crudo”, en palabras de Lord George Curzon, notable miembro del Gobierno británico de aquel tiempo. De no ser por las grandes flotas de camiones de motor, la histórica contienda se hubiera perdido. En diciembre de 1916 la situación del mercado era crítica, pero, para cuando se firmó el armisticio, las reservas habían llegado a un punto de total seguridad.
Un joven Winston Churchill había tenido que tomar una decisión trascendental años antes: convertir la Armada Real Británica a esa nueva fuente de energía o mantenerla apoyada en el carbón, materia prima que sobraba en el país. El crudo permitía barcos más rápidos y eficientes para enfrentarse a Alemania en el mar, pero cambiaba una materia prima segura por otra procedente de la lejana Persia, hoy llamada Irán. Optó por el riesgo, venció, pero años después recordaría el dilema como el soliloquio de Hamlet: “Comprometerse a la Armada con el petróleo de forma irrevocable era, de hecho, ‘rebelarse contra un mar de problemas’”, escribió.

Un siglo después, ese líquido viscoso pone en jaque, una vez más, a los países más poderosos del mundo, como arma de guerra y como agente del caos, de nuevo en el centro del tablero geopolítico. En un momento en el que parecía que la supremacía mundial se libraría en el mercado de los microchips —algo igualmente cierto—, esta guerra de Irán del siglo XXI nos recuerda que el petróleo, como decía esa vieja ranchera, sigue siendo el rey.
Donald Trump señaló sin complejos sus objetivos sobre la industria del crudo en la intervención de Venezuela y la captura de Nicolás Maduro el pasado enero. Es también la crisis de los carburantes lo que está doblegando al régimen castrista de Cuba tras décadas de sanciones y embargo, que golpearon a la población, pero no tumbaron al Gobierno. Y Teherán ha cerrado el Estrecho de Ormuz, por el que circula el 20% del crudo, como mecanismo de presión a Washington, amenazando con instalar el precio del barril en 200 dólares (traducido al castellano, esto significa una crisis económica internacional devastadora).

Pese al proceso de transición energética y electrificación de las últimas décadas, el mundo está muy lejos de emanciparse del petróleo. Hoy significa en torno al 30% de la demanda global de energía, frente al casi 50% que aportaba en los setenta, la época del gran embargo árabe por la guerra de Yom Kipur o la revolución iraní (ver gráfico). Sin embargo, su consumo total se ha duplicado respecto a entonces a lomos del crecimiento económico y demográfico, lo que mantiene la fragilidad respecto a los shocks y convierte esa autonomía verde, hoy por hoy, en un espejismo.
“Consumimos unos 105 millones de barriles de petróleo diarios, dos veces lo que consumíamos en 1973, aunque la necesidad de crudo haya bajado en peso relativo por el uso de otras energías más eficientes, tanto los países emergentes como los más industrializados han seguido aumentando su consumo”, explica el profesor Richard Priest, historiador especializado en energía y petróleo de la Universidad de Iowa.
La Agencia Internacional de la Energía (AIE) advirtió el jueves de que la guerra de Irán está provocando ya “la mayor disrupción de la historia en el mercado mundial del petróleo”. Las caídas del suministro se han extendido por todo Oriente Próximo (Irak, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí) y han disparado los precios: el crudo brent, la referencia en Europa, ha subido un 40% desde que empezó el conflicto, hasta los 103 dólares por barril. Las turbulencias están afectando, además y muy especialmente, al gas, con cifras de vértigo. En el mercado mayorista, el precio del megavatio por hora (MWh) ha escalado más de un 100% en las últimas semanas, hasta los 60 euros.
Los efectos han corrido como la pólvora a la economía real: las gasolineras cobran más, la producción de alimentos se encarece por el mayor coste de los fertilizantes y los Gobiernos vuelven a diseñar planes de contingencia, como hicieron al estallar la invasión de Ucrania, ante una nueva crisis de duración incierta.
En Estados Unidos, un país que vive subido al automóvil, llenar el tanque costaba esta semana un 29% más que la anterior, el máximo desde octubre de 2023, con la crisis inflacionaria aún golpeando. Y el pánico al castigo electoral ha prendido en el partido del presidente Trump, el republicano, ante la cita electoral del próximo noviembre, cuando se renueva la Cámara de Representantes, parte del Senado y gubernaturas de los Estados.
Es ese temor, y no los llamamientos y denuncias de los países aliados, lo que más posibilidades tiene de frenar a un Trump en guerra e históricamente obsesionado con la supremacía del petróleo. “Estados Unidos es, con diferencia, el mayor productor de petróleo del mundo, así que cuando los precios del petróleo suben, ganamos mucho dinero”, escribió el jueves en su red social, Truth. Se refería, lógicamente, a las grandes compañías petroleras estadounidenses (Conoco, Exxon o Chevron), ya que la población no es inmune a las turbulencias de los mercados, pese a vivir en un trozo de tierra bien nutrido de crudo y gas.
“La autosuficiencia no significa independencia; pueden ser autosuficientes en petróleo, pero los precios se fijan globalmente porque son mercados internacionales”, recuerda Gonzalo Escribano, investigador principal y director del Programa Energía y Clima del Real Instituto Elcano.
Más dependencia de Estados Unidos
Estados Unidos se ha convertido en el mayor productor y exportador de gas y petróleo del mundo gracias a la revolución del fracking (fracturación hidráulica), una técnica de extracción de hidrocarburos cuyo uso se expandió sobre todo desde 2010 y que resulta muy controvertida por su impacto medioambiental. El año pasado, las exportaciones de crudo se situaron en cuatro millones de barriles diarios, un 3% menos que en 2024, pero 85 veces más que en 2011. Las ventas de gas al extranjero, por otra parte, alcanzaron el récord de 111 millones de toneladas métricas de gas natural licuado, el máximo conseguido jamás por un solo país en un año.
Este dominio impacta de forma relevante en Europa, que compra a Estados Unidos una quinta parte de sus importaciones de gas natural tras haber cortado el cordón con Rusia a consecuencia de la guerra de Ucrania. Aun así, como señalaba un estudio del Instituto Bruegel publicado el pasado miércoles, la dependencia general de la Unión Europea de las energías importadas sigue comportando vulnerabilidades. La seguridad del suministro, recalca el informe, “depende de mercados globales y desarrollos políticos que escapan al control de Europa” y concluye que, más que preocuparse por la dependencia energética de Estados Unidos, la UE debería centrarse en superar su subordinación a las energías fósiles. En el peso del crudo sobre la demanda mundial, hay diferencias enormes y la Unión Europea (39%) no sale bien parada (más detalles en el gráfico).
Es lo que también plantea Gonzalo Escribano: “Necesitamos ganar autonomía estratégica y parece que necesitamos las crisis para que esto se nos recuerde. El petróleo sigue dominando la matriz energética mundial, a mi juicio, por desgracia, y no hemos aprendido la lección”, apunta.
Israel, elefante en la habitación
El petróleo se ha convertido en el foco de conflictos globales de forma intermitente a lo largo de las décadas. Aunque su historia comienza en la segunda mitad del siglo XIX, transformó todo el tejido productivo y la forma de vida del siglo XX, resultó estratégico también en las dos guerras mundiales y en la Guerra Fría, clave en el conflicto de Kuwait (1990) y contiendas posteriores de la región. Ha obsesionado a los líderes de cada momento y pespunteado sus objetivos estratégicos.
El mundo está mejor preparado desde distintos ángulos y el efecto nocivo ha ido menguando: los países no solo han ganado en diversificación de fuentes de energía, sino que el propio uso de crudo ha mejorado en eficiencia y la actividad económica necesita ahora menos barriles. En 1973, cuando lo que en la jerga se llama intensidad del petróleo estaba en su máximo, el mundo necesitaba cerca de un barril para generar 1.000 dólares de producto interior bruto (PIB), tomando como referencia los precios de 2015, según un estudio del Centro de Energía Global de la Universidad de Columbia. En 2019, último año previo a la pandemia, no hacían falta más que 0,43 barriles para conseguir el mismo pedazo de PIB.
Esa es una diferencia radical entre el actual escenario del bloqueo del petróleo de 1973, cuando los precios se multiplicaron por cuatro, frente a los aumentos del 40% de los que estamos hablando ahora. A partir de ese golpe se creó la Agencia Internacional de la Energía con el fin de coordinar mejor la respuesta ante estas tormentas y se pusieron en marcha las reservas estratégicas. Otra diferencia estriba en que la mayor parte del crudo se vendía entonces mediante contratos de largo plazo administrados, sin apenas margen para mercados más fluctuantes y mercados de futuros.
“El elemento común de ambos periodos es el gran elefante en la habitación del Golfo Pérsico: Israel”, explica el profesor Priest. “Los países árabes activaron el arma del petróleo, como ellos mismo lo llamaban, para castigar a Estados Unidos por su apoyo a Egipto y Siria en la guerra de Yom Kipur. Ahora los bombardeos de la Administración de Trump se producen bajo la orden de Netanyahu. Nixon, Carter y Ford fueron capaces de apaciguar estos asuntos, pero ahora no parece tan fácil”, añade.
Los países se adaptan como pueden al ciclón. Bruselas ha abierto la puerta a limitar los precios del gas con el fin de abaratar la electricidad; Trump ha levantado el veto al petróleo ruso durante el plazo de un mes para reanimar la oferta y tratar de enfriar los precios y la AIE ha decidido liberar 400 millones de barriles para los 32 países miembros de la organización, en la que ha sido la mayor intervención de su historia, aunque sin lograr gran efecto en el mercado. Como explica Jorge León, jefe de Geoestrategia de Rystad Energy, esos 400 millones significan apenas “un parche”, comparado con la caída de producción de unos 10 millones de barriles diarios que su firma calcula, y no entra en el problema de fondo, que es el cierre de Ormuz.
León subraya la transición “relativamente acelerada” del sector energético en los últimos años, por la citada menor cuota del petróleo y el gas en el consumo total y por las mejoras tecnológicas, pero ciertas industrias, advierte, resultan muy difíciles de “descarbonizar”, como el sector aéreo o los plásticos, por ejemplo. Otros, como la producción de cemento, “requieren una alta intensidad energética”.
A Ahmed Zaki Yamani, quien fuera ministro del petróleo de Arabia Saudí en los años setenta, se le atribuye esta frase: “La edad de piedra no terminó por la falta de piedra y la edad del petróleo terminará mucho antes de que el mundo agote el crudo”. Hacen falta políticas muy decididas, a veces, osadas, con inversiones multimillonarias. O, como resumió excelentemente la investigadora Samantha Gross, de la Brookings Institution, en un análisis de 2020, si existe en el mundo una política climática lo bastante grande como para que importe, y lo bastante popular como para que ocurra realmente.
El calibre de la actual crisis en Oriente Próximo dependerá de la duración de la contienda. Washington da versiones dispares sobre la duración y metas necesarias para terminarla, cuyo punto y final, por otra parte, no depende en exclusiva de Trump, sino también de un régimen como el iraní, al que no le tiembla el pulso a la hora de aplastar a su propio pueblo (murieron al menos 7.000 personas en las manifestaciones recientes, según las organizaciones de derechos humanos), con ahorcamientos públicos incluidos.






























