Durante meses, los mercados financieros han convivido con una aparente paradoja. Una economía global que desacelera sin entrar en recesión, una inflación que retrocede gradualmente y unas Bolsas que, impulsadas por el entusiasmo en torno a la inteligencia artificial (IA), han mantenido un tono marcadamente optimista. Sin embargo, ese equilibrio frágil puede estar entrando en una fase más incierta. La reciente escalada geopolítica en torno a Irán y el renovado foco de tensión en Oriente Próximo coinciden con un momento de vértigo inversor en el ámbito tecnológico. Separados, ambos factores ya constituyen fuentes relevantes de riesgo. Combinados, podrían alterar de forma significativa el escenario benigno que muchos daban por consolidado en 2026.

La intensificación de los ataques y respuestas de Irán ha devuelto al primer plano un riesgo que los mercados tienden a subestimar hasta que se materializa, como es la disrupción energética. El mero aumento de la probabilidad de incidentes en el estrecho de Ormuz –por donde transita una parte sustancial del petróleo mundial– es suficiente para introducir una prima de riesgo en los precios del crudo y del gas.

Aunque los mercados energéticos han demostrado en los últimos años una notable capacidad de adaptación, la experiencia indica que los shocks geopolíticos en esa región no solo encarecen la energía, sino que erosionan la confianza y elevan la volatilidad financiera. El impacto macroeconómico potencial es claro. Un repunte sostenido de los precios energéticos actúa como un impuesto sobre empresas y consumidores, reduce los márgenes empresariales y complica la senda de desinflación. Para los bancos centrales, que no descartaban nuevas bajadas de tipos, un nuevo foco inflacionario importado supondría un dilema incómodo: o bien se priorizar el crecimiento o bien se consolida la estabilidad de precios. En ese contexto, el coste del capital podría mantenerse más alto durante más tiempo, afectando especialmente a los sectores más sensibles a los tipos de interés.

Es aquí donde el segundo vector de riesgo cobra protagonismo. El extraordinario flujo de capital hacia empresas vinculadas a la IA ha sido el gran motor bursátil de los últimos ejercicios. La narrativa es poderosa: una tecnología de propósito general capaz de transformar procesos productivos, elevar la productividad y redefinir modelos de negocio. Las valoraciones de las grandes tecnológicas reflejan esa expectativa de futuro. Sin embargo, cuando una parte significativa de las ganancias del mercado se concentra en un reducido número de compañías, el sistema se vuelve más vulnerable a cambios bruscos en el sentimiento inversor.

El entusiasmo por la IA presenta rasgos conocidos en la historia financiera. Elevadas inversiones en infraestructuras (centros de datos, chips especializados, redes energéticas) anticipando una demanda futura masiva, que lleva a un entorno excesivamente optimista basado más en expectativas que en beneficios presentes. Por si fuera poco, un creciente miedo a quedarse fuera (FOMO, por sus siglas en inglés) que empuja tanto a inversores institucionales como minoristas a sobreponderar el sector. Nada de ello implica necesariamente la existencia de una burbuja clásica, pero sí sugiere un grado de fragilidad. Cuando las expectativas son extraordinariamente altas, cualquier decepción puede generar correcciones desproporcionadas.

La interacción entre ambos riesgos es lo verdaderamente relevante. Una escalada geopolítica que eleve la aversión al riesgo global puede actuar como catalizador de ajustes en los activos más exigentes en valoración. Las acciones tecnológicas, particularmente aquellas cuya cotización descansa en beneficios futuros lejanos, son especialmente sensibles a cambios en los tipos de interés y en la prima de riesgo. Si la tensión en Oriente Próximo impulsara la inflación energética y retrasara las bajadas de tipos, el descuento aplicado a esos flujos futuros aumentaría, presionando a la baja las cotizaciones.

Asimismo, existe un canal menos evidente pero igualmente importante: el de la confianza agregada. La narrativa optimista actual descansa en la idea de que la innovación tecnológica compensará otros vientos de cara estructurales –envejecimiento demográfico, fragmentación geopolítica, deuda elevada– mediante aumentos de productividad. Si, simultáneamente, se intensifica la percepción de inestabilidad global y se cuestiona la sostenibilidad de las valoraciones tecnológicas, el resultado puede ser un cambio de régimen en los mercados. De un entorno dominado por el crecimiento y la expansión a otro más defensivo, centrado en balances sólidos, dividendos y sectores tradicionales.

No se trata de anticipar un escenario catastrofista. La economía mundial ha demostrado resiliencia ante shocks recientes, y la revolución tecnológica asociada a la IA tiene fundamentos reales. Pero precisamente por ello el riesgo es más sutil. Cuando el consenso es optimista, los mercados tienden a incorporar solo parcialmente escenarios adversos. La combinación de un shock energético persistente y una corrección tecnológica podría amplificar movimientos que, por separado, serían más manejables. Para Europa, la ecuación es delicada. Más dependiente energéticamente y con un mercado bursátil menos expuesto a las grandes plataformas que Estados Unidos, puede verse afectada por ambos canales. Para España, el riesgo no reside tanto en una corrección tecnológica como en el posible encarecimiento de la energía y un endurecimiento monetario que pueden frenar consumo, inversión y crecimiento.

En definitiva, todo parece descansar en una doble premisa. Que la geopolítica no desbordará los mercados energéticos y que la inteligencia artificial justificará las valoraciones alcanzadas. Ambas pueden cumplirse. Pero, si una tensiona a la otra, por ejemplo, si el conflicto encarece la energía y retrasa la continuación del alivio monetario justo cuando las valoraciones tecnológicas son más exigentes, el equilibrio puede romperse. Entre Ormuz y el algoritmo, la prudencia vuelve a ser una virtud necesaria pero infravalorada en los mercados.



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