A las nueve de la mañana, Iván Pelegrin ya está en su estudio de Majadahonda. Prepara la mesa, coloca las agujas y las tintas, imprime el diseño aprobado días antes y se toma un café rápido antes de empezar. Sobre las diez entra la persona que va a tatuarse, y 20 minutos después, con todo listo, la máquina empieza a sonar. Trabajan casi del tirón, con apenas una pausa breve para comer algo. A las seis de la tarde, fotos del resultado, instrucciones detalladas de curación y fin de la jornada. No hay nada improvisado en ese horario.
Hace 14 años, cuando él empezó, el camino hasta esa mesa no estaba marcado por calendarios de entregas ni por mentores online. “Era una lotería. O conseguías que un estudio te aceptara como aprendiz —y dependía totalmente de las ganas reales que tuvieran de enseñarte— o aprendías a base de fallo y error. Todo era muy autodidacta”, recuerda. A veces significaba limpiar, montar cabinas y preparar material durante semanas con la esperanza de que, en algún momento, te dejaran tatuar. En otros casos, pagar por pasar un mes dentro del estudio, observando cómo trabajaban otros, sin una estructura clara detrás.
Hoy, en cambio, alguien puede inscribirse en un bootcamp online, recibir en casa una máquina profesional con pieles sintéticas y seguir un programa diseñado semana a semana para llevarle desde los primeros trazos hasta la práctica en un estudio real. El tatuaje, que durante décadas se transmitió casi como un secreto de gremio, se ha convertido en objeto de formación estructurada.
Según datos de Tattoox Academy, el 84% de su alumnado se forma con el objetivo explícito de dedicarse profesionalmente al tatuaje y más de la mitad compagina el curso con un trabajo a tiempo completo. El oficio que antes dependía del azar y del acceso a un estudio concreto atrae ahora a miles de personas que lo ven como una posible carrera.
Del estudio al aula digital
Si hace una década el acceso al tatuaje dependía casi exclusivamente de conseguir hueco en un estudio, hoy hay empresas que han convertido esa aspiración en un itinerario definido. Tattoox nació en 2022 como un marketplace que conectaba clientes y tatuadores, pero el modelo no terminó de encajar. “Nos dimos cuenta de que mucha gente nos demandaba entrar, estar expuestos como tatuadores para conseguir clientes, pero no todos quizá tenían el nivel que queríamos ofrecer con nuestra marca”, explica su fundadora, Berta Madueño.
Ese desajuste revelaba algo más profundo. El sector, dice, estaba “tan atomizado” que no existía “una institución o una referencia clara que diera una formación clara, transparente”, señala Madueño. De ahí surgió la idea de crear un bootcamp que enseñara “de cero a uno”, para que alguien que prácticamente no sabía tatuar pudiera, tras meses de práctica intensiva, llegar a hacerlo de forma profesional.
El programa combina clases grabadas con tatuadores reconocidos y mentorías en directo, pero insiste sobre todo en la práctica constante. “Desde la semana uno los alumnos tienen que entregarnos prácticas. Esto no es teórico, no es hacer un examen tipo test”, sostiene Madueño. La formación incluye también la certificación higiénico-sanitaria obligatoria para tatuar legalmente en España y, en la fase final, módulos de marca personal y emprendimiento: cómo captar clientes, gestionar un Instagram profesional o emitir facturas.
Los datos internos reflejan un perfil que rompe algunos tópicos. El 53% del alumnado son mujeres y otro 53% no tiene formación artística previa. La mayoría parte casi desde cero: el 74% carece de experiencia en el sector y, lejos de tratarse de un pasatiempo, el 84% se matricula con la intención explícita de profesionalizarse. La promesa es clara: ordenar el acceso a un oficio que durante décadas dependió del azar. Pero ¿puede absorber el mercado a todos los que llaman a la puerta?
Entrar es fácil; lo complicado es mantenerse
La expansión de la formación coincide con un momento de crecimiento del sector. En España hay alrededor de 4.500 estudios activos y las previsiones apuntan a incrementos de entre el 10% y el 15% anual. Para Madueño, el mercado aún tiene recorrido y la demanda sigue creciendo al ritmo de la normalización social del tatuaje. El número de personas tatuadas no deja de aumentar y eso, sostiene, amplía el espacio para nuevos profesionales.
Sobre el terreno, la percepción es más matizada. “Espacio va a haber siempre”, concede Pelegrin. “Simplemente es que se ha vuelto una profesión mucho más selectiva. Siempre va a haber cabida para nuevos artistas con la actitud y la disciplina necesaria, pero son menos los que llegan a conseguirlo”, añade. La facilidad para formarse no garantiza consolidarse; la competencia es mayor que hace una década y el boca a boca ya no basta. Si antes era suficiente con trabajar bien y esperar a que el cliente te recomendara, hoy la visibilidad depende en gran medida de las redes sociales, de la especialización y de la capacidad para diferenciarse en un mercado saturado de imágenes.
Esa tensión entre acceso y permanencia no es exclusiva del tatuaje. Javier “DJM” Martínez, director de la escuela de DJ y producción musical Warm Up Electronic Music Academy en Madrid, observa un fenómeno parecido en su sector. Cada vez llegan más alumnos con formación autodidacta que buscan profesionalizarse a través de programas estructurados. La formación ordena el acceso; el mercado, sin embargo, sigue poniendo a prueba a quienes intentan consolidarse.
Además, las cifras oficiales solo recogen el mercado legal y registrado. El mercado informal podría añadir entre un 30% y un 50% adicional, de acuerdo con estimaciones del sector. La exigencia de certificación higiénico-sanitaria obligatoria para ejercer legalmente y la estructuración del aprendizaje buscan, en parte, ordenar un ecosistema históricamente fragmentado y desigual. El resultado es una paradoja clara: nunca ha sido tan accesible empezar y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan exigente mantenerse.

Cuando la vocación se convierte en proyecto profesional
La jornada de Martínez empieza antes de que abra la academia. A las nueve deja a sus hijos en el colegio y, según el día, pasa por el gimnasio antes de sentarse frente al ordenador. Cuando llega a Warm Up, no le esperan focos ni cabinas iluminadas, sino calendarios, temarios y mensajes de aspirantes que preguntan cómo empezar. La mañana transcurre entre planificación de clases, organización de agendas y gestión del alquiler de cabinas donde otros DJs vienen a practicar, grabar sus sesiones o simplemente equivocarse y volver a intentarlo. Por la tarde imparte clases grupales; por la noche, cuando la academia se vacía, empieza su propia búsqueda de música nueva, la clasificación de pistas y el contacto con clientes. “Ser DJ no es solo subirse a una cabina”, explica, y añade que implica “gestionar, enseñar, aprender, adaptarse y no dejar de evolucionar”.
Martínez lo sabe por experiencia propia: muchos aspirantes llegan después de meses —a veces años— aprendiendo solos, viendo tutoriales y practicando en casa. “Aprenden cosas, sí, pero se saltan pasos y no construyen una base sólida”, resume. La diferencia entre pinchar para amigos y plantearse vivir de ello no está solo en cuadrar canciones, sino en entender el conjunto: técnica, producción musical, identidad sonora y estrategia profesional.
Warm Up ha estructurado ese camino en distintos formatos: programas presenciales en Madrid, clases individuales y cursos de producción donde los alumnos aprenden a crear sus propios temas y a manejar software profesional. La práctica no se limita a la habitación de casa; se hace en cabinas equipadas como las de un club. La idea es reducir la distancia entre aprendizaje y entorno real.
¿Se puede vivir hoy de la música electrónica? Martínez no responde con entusiasmo fácil. Es posible, dice, pero rara vez ocurre de una sola manera. La figura del DJ que depende exclusivamente de pinchar en un club cada fin de semana es cada vez menos habitual. Muchos alternan residencias en salas con bodas o eventos corporativos; otros desarrollan su propio proyecto como productores y publican música; hay quienes encuentran estabilidad en la enseñanza o combinan varias de estas vías a la vez. La carrera no suele ser lineal, sino acumulativa. Se construye por capas, sumando actuaciones, contactos, presencia digital y, en algunos casos, ingresos paralelos.
Por eso en la academia no se limitan a enseñar técnica de mezcla. La producción musical, el conocimiento del software profesional y la orientación sobre cómo moverse en la industria forman parte del itinerario. “Hoy no basta con pinchar bien. Hay que comunicar, construir una marca y mantenerla viva constantemente”, insiste.
El paralelismo con el tatuaje es inevitable. Pelegrin advierte que ahora es más difícil vivir solo del boca a boca y que la competencia obliga a diferenciarse y sostener una disciplina constante. Madueño, por su parte, ha incorporado módulos de emprendimiento porque el alumno no solo tiene que aprender a tatuar, sino también a captar clientes y facturar. En ambos casos, el mensaje es parecido: la profesionalización no garantiza el éxito, pero cambia radicalmente la forma de empezar.
Al final del día, tanto en el estudio de Majadahonda como en la academia madrileña de Torrejón, el sonido es distinto, pero la lógica se parece. La máquina de tatuar y la mesa de mezclas ya no son solo herramientas de un oficio aprendido a puerta cerrada, sino el último eslabón de un proceso más estructurado, más visible y también más competitivo. La profesionalización ha reducido la lotería del acceso; no ha eliminado la incertidumbre.
Pelegrin vuelve a su mesa cada mañana con la disciplina que, dice, separa a quienes se quedan de quienes abandonan. Martínez, cuando apaga los ordenadores, sigue escuchando música en casa. Entre la pasión y la estructura, entre el talento y la constancia, se juega hoy el futuro de oficios que durante años se aprendieron casi en secreto y que ahora buscan, por fin, un lugar reconocido en el mercado.





























