Los mercados reaccionaron este lunes con euforia al que vislumbran como paso definitivo hacia el fin de la ofensiva entre Estados Unidos e Irán. El Ibex alcanzó un nuevo máximo, por encima de los 19.000 puntos, y el petróleo cayó con fuerza, hasta rondar los 83 dólares por barril. En realidad, ambos indicadores anticipaban ya el acuerdo el pasado viernes. Pese a todo, el hecho de que aún no se haya firmado y las enormes dudas que genera lo acordado impiden dar la crisis por zanjada.

Para empezar, casi el único punto de entendimiento entre Irán y Estados Unidos consiste en haber pactado 60 días para negociar un pacto definitivo. En ese periodo deben acordar cuestiones tan sensibles como la reapertura del estrecho de Ormuz, el programa nuclear iraní, el levantamiento de las sanciones que afectan a Irán y el cese de hostilidades en Líbano. No es descabellado pensar que el desacuerdo en alguno o en todos estos elementos haga descarrilar el leve compromiso logrado este domingo.

En el plano económico, la reapertura del estrecho de Ormuz, por donde antes de la guerra transitaban alrededor de una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado que se consume en el mundo, constituye el principal desafío. Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, haya instado al sector a recuperar la normalidad, las navieras aún no se fían. El Consejo Marítimo Internacional y del Báltico, la mayor patronal internacional del sector, aconsejaba este lunes dar prioridad a la seguridad antes de reanudar los tránsitos por la zona. Será difícil recuperar los flujos en un territorio, además, sembrado de minas.

Incluso aunque la confianza sea plena y se puedan retomar poco a poco las exportaciones, el daño que han sufrido las infraestructuras energéticas de la región impedirá volver ya al punto de partida. La capacidad de producción de Irán y Qatar –como mínimo– se resentirá en un contexto, además, de fuerte reducción de las reservas de petróleo. Los países han liberado durante estos meses una buena parte de sus colchones petroleros para sortear la carestía de la materia prima y evitar el alza de precios.

Por encima de todas las incertidumbres, la parte nuclear del pacto es la que plantea más incógnitas. Estados Unidos espera que Irán acceda a congelar 20 años su programa de enriquecimiento a cambio de unos difusos “beneficios económicos”. Está por ver que Teherán lo suscriba cuando ha sido precisamente este factor el que ha generado más conflicto con Washington.



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