Cuando empezó el Mundial de fútbol de EE UU, México y Canadá, y parece que ha pasado mucho tiempo, los focos estaban puestos en las estrellas más renombradas. En una primera fase ampliada a 48 equipos, necesariamente desigual aunque no tanto como se esperaba, los galácticos se hincharon a marcar goles: seis Messi, cuatro Mbappé, Dembélé, Haaland y Vinicius. Sumemos a esa élite a Olise, que no marcó pero deslumbró a base de asistencias, y a la estrella española Lamine Yamal, que llegaba al torneo renqueante de una lesión. Francia, con tres de esas siete figuras en sus filas, era clara favorita ante España, y también para ganar el torneo de acuerdo a las casas de apuestas (aunque Kiko Llaneras, con su propio modelo, acertó más). La Roja (de blanco ese día) venció con autoridad a Les Bleus, y se medirá en la final a una correosa Argentina, porque el fútbol es un deporte de equipo. Y España ha sido durante todo el torneo mucho más equipo que nadie. Ante Francia se apropió del balón, lo movió con inteligencia y con paciencia, se protegió lejos de su portería, e hizo a sus rivales desesperarse corriendo detrás de la pelota. Las estrellas desequilibran, claro que sí, y pueden decidir eliminatorias con una genialidad. Pero al final ha importado más la cohesión del grupo.

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