
Hablar de las trabajadoras de ayuda a domicilio implica sumar horas, kilos, analgésicos. Las horas que acumulan a la semana, muchas de ellas con jornadas parciales. Los kilos que levantan en cada casa, porque su labor consiste precisamente en asistir a personas con dependencia en labores básicas de su vida diaria, como levantarse de la cama y asearse. Los analgésicos que toman para poder aguantar. Y el dinero que ingresan a final de mes, que obliga a algunas a pluriemplearse para subsistir con sueldos mileuristas. Ana Richarte tiene 58 años y lleva 26 en el oficio. Ha llegado a tomar opioides y está a la espera de que la infiltren. “Me tratan en la unidad del dolor. Tengo las cervicales destrozadas”, dice. “Terminamos siendo grúas humanas”.































