La transición energética en China está llena de contradicciones. Por un lado, las ciudades están menos contaminadas y las industrias verdes –como los paneles solares y los vehículos eléctricos– representan cerca del 30% del crecimiento del PIB. Por el otro, el país quema más carbón que nunca e inaugura nuevas centrales para seguir haciéndolo. El plan de Pekín de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 10% para 2035 parece poco ambicioso, igual que su objetivo de alcanzar la neutralidad de carbono en 2060, una década más tarde que la mayoría de los países.

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