Nadie les explica qué tienen que hacer. Ni por dónde empezar. Ni siquiera si lo están haciendo bien. Algunos llegan con cierta soltura, porque ya han trasteado con código, han visto vídeos o probado cosas. Otros —muchos— se sientan frente a la pantalla sin saber exactamente qué están mirando, aún confusos porque, al entrar, les han dado la tarjeta, la bienvenida y poco más. En la sala hay silencio, pero no es un silencio cómodo. Es más bien el de quien intenta descifrar un idioma que no conoce. En algún momento alguien pregunta algo en voz alta. Otro responde. Y así, poco a poco, empieza a formarse una especie de comunidad improvisada: desconocidos que se ayudan porque no tienen otra opción.
Es la piscina de 42 Madrid, el proceso de selección con el que este campus de programación —impulsado por Fundación Telefónica— decide quién entra y quién no. Dura 26 días, pero no funciona como un examen al uso: aquí no hay clases, ni profesores, ni un temario que seguir. Hay problemas, retos y una regla no escrita: si no sabes algo, pregúntale al de al lado. Y si él tampoco lo sabe, buscadlo juntos.
Raquel Palomo, de 32 años, actriz y batería en dos bandas de música, lo resume sin rodeos: “Yo todavía no tengo mente de programador. Aquí la gente tiene una forma de pensar y de resolver problemas que yo no tengo. O que no tengo aún”. Hasta hace unas semanas, su relación con la tecnología era prácticamente nula. No había tocado código, ni jugado videojuegos, ni nada que se le pareciera. Esta futura estudiante de Psicología (porque eso también le apasiona) llegó a la piscina casi por accidente y se encontró en un entorno en el que, según afirma, “todo el mundo sabe más que tú”. O eso parece al principio.
Miguel Hormazábal, economista guatemalteco de 52 años, está en el punto medio de ese proceso. Durante años, su vida profesional ha estado marcada por los destinos de su esposa, una diplomática española: Brasil, Uruguay, Bruselas. Cambios constantes, interrupciones, una carrera siempre en pausa y 12 años dedicados a la crianza de sus hijos. “Es el momento de preocuparme un poco más por lo mío”, apunta. La piscina es, para él, una forma de empezar de nuevo por un camino que comenzó a mediados de 2025, cuando completó un curso de AWS (Amazon Web Service). Pero no es fácil: “Es una metodología dura… tienes que buscarte la vida para aprender” .
A unos metros, Diego y Ricardo Matos, de 22 y 24 años, avanzan con otra lógica. Estudian un grado superior de FP en Desarrollo de Aplicaciones Multiplataforma y, a diferencia de otros compañeros, llegan con una base previa. Aun así, lo que encuentran aquí no se parece a lo que conocen. “La metodología es lo que nos enganchó”, cuentan. No es tanto lo que se aprende, sino cómo.
Porque la piscina no es solo un filtro para el campus: también lo es para quienes entran en ella. Durante esas semanas, cada uno decide —a veces sin decirlo en voz alta— si ese sistema encaja o no con su forma de aprender. “No es solo un proceso de selección por nuestra parte; ellos también están probando si esto es para ellos”, explica Estíbaliz León, coordinadora de 42 Fundación Telefónica y directora del campus de 42 Urduliz, en Bizkaia. Y añade: que alguien se dé cuenta de que no quiere seguir no es un fracaso, sino parte del propio proceso. Aproximadamente un 35% de quienes comienzan la piscina logra superarla, en parte porque hay quienes descubren que necesitan un modelo más guiado y con mayor acompañamiento.
Lo que ocurre en esas salas no se parece demasiado a estudiar. De hecho, durante la piscina, lo de menos es aprender a programar. O, al menos, no es lo esencial. “Aprendes las bases, claro, pero sobre todo aprendes cómo eres tú cuando no tienes a nadie que te diga qué hacer”, explica Jaime Vidal, exbailarín y hoy alumno avanzado del programa. “Cómo te organizas, cómo gestionas la frustración, cómo te relacionas con otros… La programación viene después”.

Esto no es para todo el mundo (y esa es la idea)
En la piscina hay un momento en el que cada uno empieza a hacerse la misma pregunta: si puede seguir así durante semanas, meses o incluso años. Sin clases, sin profesores y sin una estructura que marque el ritmo. Solo con problemas que resolver y compañeros a los que acudir cuando uno se queda bloqueado.
Ahí es donde el sistema empieza a mostrar su verdadera naturaleza. Porque 42 no selecciona únicamente a quienes saben programar —de hecho, entre el 50 y el 60 % de quienes entran en un campus 42 no lo han hecho nunca antes—, sino a quienes son capaces de sostener ese tipo de aprendizaje. A quienes toleran la incertidumbre o la frustración cuando no entienden nada durante horas. A quienes, en palabras de León, llegan con “motivación y ganas de aprender”, porque todo lo demás —las herramientas, los contenidos, incluso el entorno— ya está ahí para quien quiera aprovecharlo. El resto, simplemente, se queda por el camino. O decide no seguir.
De la danza al código
Durante años, la vida de Jaime Vidal estuvo atravesada por la danza. Se formó en el Real Conservatorio Profesional de Danza, donde estudió clásico y contemporáneo, y siguió ampliando su camino en otras academias, probando estilos como moderno, hip-hop, jazz o lírico. Hubo también una etapa fuera, en Italia, donde vivió y se formó durante un año. A su vuelta, empezó a trabajar en España como bailarín y así continuó durante años, dentro de una trayectoria marcada por la exigencia física, la repetición y el esfuerzo constante.
Pero también era una carrera con límites: “Es como el fútbol… Llega un momento en el que tienes que pensar en otra cosa”, reflexiona desde una zona común del campus, situado en Distrito Telefónica, en la zona norte de Madrid. Y ese momento llegó cerca de los 30. Durante la pandemia intentó reorientarse sin salir del todo de ese mundo: cursó un grado superior de Marketing y Publicidad con la idea de seguir vinculado a la industria artística, pero que no terminó de convencerle. La tecnología, en cambio, llevaba tiempo llamándole la atención, aunque siempre desde fuera, como espectador. Hasta que decidió probar.
“Hice la piscina y la cosa se ha ido dando bien y hasta hoy”, resume. Lo que encontró allí no fue solo una puerta a otro sector, sino una experiencia que, en sus palabras, “ha sido de las cosas más bonitas que he hecho en mi vida”. Lo que encontró allí no fue tanto una introducción a la programación como una forma distinta de enfrentarse al aprendizaje. Más que instrucciones, había preguntas; más que respuestas, compañeros en la misma situación. Esa dinámica, basada en el intercambio constante, es la que terminó de engancharle. “Es como cuando estudiabas en el colegio y un compañero te preguntaba algo: tú intentabas hacérselo entender de una forma y, si no lo entendía, de otra distinta… y ahí realmente lo que tú haces es asentar tu propio conocimiento”.
Ese tipo de aprendizaje no desaparece cuando termina la piscina. Al contrario, se intensifica. A medida que avanza en los 21 niveles del programa, los retos se vuelven más complejos y las soluciones menos evidentes. Vidal, que hoy tiene 32 años, recuerda especialmente uno de esos momentos en los que tuvo que enfrentarse al código de otro alumno que iba por delante. “Pensé: no veo el momento en mi vida en el que vaya a ser capaz de entender una sola línea de esto”, cuenta. La distancia entre lo que sabía y lo que tenía delante parecía insalvable. “Pero con paciencia se llega, vaya que se llega”.
También le ocurrió algo más desconcertante: escribir su propio código, irse a comer con una amiga y, horas después, no reconocerlo. Volver a leerlo como si fuera de otra persona, sin entender del todo cómo había llegado hasta ahí. Pero esa sensación de pérdida de control, confiesa con tranquilidad, forma parte del proceso y no es puntual: se repite, cambia de forma y aparece en distintos momentos del recorrido. Lo que varía con el tiempo no es tanto la dificultad como la manera de enfrentarse a ella.

Ahí es donde su trayectoria anterior empieza a pesar. La disciplina adquirida durante años de entrenamiento —la repetición, la constancia, la capacidad de sostener el esfuerzo incluso cuando no hay resultados inmediatos— encuentra un lugar claro en este nuevo contexto. “Eso aquí sirve mucho”, reconoce. Porque avanzar no depende solo de comprender, sino de insistir.
A medida que avanza, hay otra dificultad que aparece y que no tiene que ver directamente con el código. “Lo más difícil es aprender a gestionarte”, admite. “Aquí nadie te gestiona. No tienes horarios, ni clases, ni exámenes”. Esa libertad, que al principio resulta atractiva, también puede volverse en contra.
“Es muy fácil entrar en una espiral de volverte loco. O también es fácil no hacer nada. Están los dos extremos”. Encontrar el equilibrio no es inmediato. Saber cuándo seguir y cuándo parar, cuándo insistir y cuándo descansar. “A mí me costó aprender a parar”, reconoce. “Como el ritmo lo pones tú, yo he ido muy rápido, pero también hay que descansar la mente y el cuerpo”. Porque ese aprendizaje, añade, forma parte también de la vida dentro del campus: los momentos de pausa, la relación con otros estudiantes, el tiempo compartido fuera de la pantalla. “También tienes que socializar: juegas al ping-pong, hablas con la gente, das paseos… pero no puedes quedarte ahí. Tienes que encontrar el punto medio”, reconoce.
En ese mismo entorno, pero en otro punto del recorrido, está Ayua Carreño, fotógrafa de 36 años de Fuenlabrada (Madrid), que avanza en los primeros niveles del programa. En su caso, el salto no es solo técnico, sino también de lenguaje: pasar de un trabajo creativo en el que el resultado es inmediato a otro en el que todo exige tiempo, prueba y error, no le ha sido nada fácil. “Aquí tienes que tener paciencia. No es solo hacer, sino de entender por qué lo haces”.
Aprender cuando el sistema no encaja
Raquel Orozco venía de estudiar ingeniería biomédica en la universidad, pero lo que encontró allí no se parecía a lo que esperaba. “Programábamos en papel”, recuerda. “Y eso es algo súper común en España”. La sorpresa fue mayor porque ya había visto otra forma de aprender: en México, donde había estudiado antes, los exámenes se hacían en ordenadores y con una infraestructura mucho más cercana a la práctica real. “Cuando llegué aquí, flipaba”.
El problema no era la tecnología en sí, sino cómo se enseñaba: “Era todo muy teórico, y yo soy una persona muy práctica; necesito entender las cosas haciéndolas. Llegué incluso a plantearme si estudiar era para mí”, recuerda. Así que empezó a buscar alternativas; era 2020, el curso de la pandemia. Habló con su familia, investigó opciones y dio con 42, que acababa de arrancar en España. Y aunque apenas había información en ese momento, decidió probar. Hizo las pruebas online, superó los test y consiguió plaza en la piscina, en diciembre de ese año.

Lo que encontró allí fue justo lo que llevaba tiempo buscando. “Fue todo un cambio de paradigma”, reconoce. Y no solo por la forma de aprender, sino por lo que pasaba alrededor. “Avanzas mucho mejor en grupo y en persona que individualmente”. Hasta entonces, había intentado aprender programación por su cuenta, desde casa, con poco éxito. “Llevaba años intentándolo y no lo conseguía”, reconoce. En cambio, en apenas un mes de piscina, aprendió más de lo que había avanzado en meses de carrera.
Un cambio que, además, no fue solo académico, sino también personal. “Yo soy una persona muy introvertida”, cuenta. Y, sin embargo, la dinámica del campus —hablar con otros, compartir dudas, explicar lo que uno va entendiendo— la obligó a salir de su zona de confort.
A partir de ahí, decidió quedarse. Fue avanzando dentro del programa hasta completar todo el recorrido. Con solo 25 años, Orozco es la primera mujer en España que ha alcanzado el nivel 21 en 42 y la segunda persona en lograrlo, un recorrido que, en su caso, no empieza desde la frustración, sino desde el encaje. Desde la sensación de haber encontrado, por fin, una forma de aprender que sí tenía sentido para ella. Y hoy, sigue aprendiendo, aunque ya como responsable de IT de 42 Madrid Fundación Telefónica.
Cómo se aprende en 42
Las historias de Jaime Vidal y Raquel Orozco apuntan en direcciones distintas, pero comparten un mismo fondo: una forma de aprender que rompe con lo que muchos han conocido antes.
“Esto no es para todo el mundo, pero a la vez todo el mundo tiene la posibilidad de entrar”. Las palabras no son textuales de Estíbaliz León, pero desde luego son el mensaje que quiere transmitir: “Aquí nadie te dice lo que tienes que hacer. No hay clases, no hay horarios, no hay exámenes al uso. El aprendizaje depende de la autonomía y de cómo te relacionas con los demás”.
Ese punto de partida se refleja también en los perfiles que llegan. “Antes veíamos sobre todo gente que quería recualificarse; ahora tenemos de todo”, explica León. Desde estudiantes que acaban de terminar Bachillerato —o que incluso compaginan 42 con formación reglada— hasta profesionales en activo que buscan actualizarse o cambiar de sector. También perfiles técnicos que ya han pasado por la universidad y quieren profundizar en programación, y otros más alejados de lo tecnológico —como docentes— que incorporan estas competencias para ampliar sus opciones laborales.
Esa mezcla se nota también en la edad: en el cluster Halcón Milenario, donde se desarrolla la piscina, conviven alumnos de poco más de 20 con otros que superan la treintena e incluso de más de 50. Aunque la tendencia, añade, apunta a una incorporación de perfiles cada vez más jóvenes.
A partir de ahí, el recorrido se organiza en 21 niveles que se completan mediante proyectos. Los siete primeros forman el Common Core, la base del programa, que debe completarse en un plazo máximo de dos años antes de acceder a las fases de especialización. “En esa etapa se construyen los fundamentos”, señala León. El itinerario comienza con C, para asentar la lógica de programación, continúa con Python —clave en muchos desarrollos actuales— y se amplía después a otros lenguajes en función de los proyectos. A lo largo de estos niveles se trabajan algoritmos, programación orientada a objetos, redes, sistemas y desarrollo web.
La evaluación no se concentra en exámenes, sino en un proceso continuo. “Gran parte de la evaluación es entre pares. Tienes que entender lo que haces para poder explicarlo”, resume. Corregir a otros, defender soluciones, reformular problemas: aprender y enseñar forman parte del mismo mecanismo.
En las fases avanzadas, el programa se orienta hacia ocho áreas de especialización, que cubren distintos ámbitos tecnológicos —como desarrollo de software, ciberseguridad, datos, robótica o sistemas—. Ese recorrido culmina con la posibilidad de obtener certificaciones oficiales francesas reconocidas en Europa, como el título de Desarrollador de Soluciones Informáticas (RNCP nivel 6) y el de Experto en Arquitectura Informática (RNCP nivel 7). “No se trata de acumular contenidos, sino de demostrar competencias en proyectos y ante un tribunal”, explica León.
La inteligencia artificial se incorpora desde los primeros niveles, pero no como una capa aislada. “En el Common Core se aprenden los lenguajes y las bases necesarias para poder programar una inteligencia artificial”, señala. A partir de ahí, también se trabaja el uso de herramientas actuales como apoyo al desarrollo. “Queremos que sepan utilizarlas para ganar velocidad, pero entendiendo qué están usando. No buscamos gente que aprenda rápido de cualquier manera, sino personas que profundicen y desarrollen pensamiento crítico”.
Esa lógica se traslada también al día a día. Sin horarios ni una estructura externa que marque el ritmo, la gestión del tiempo se convierte en un aprendizaje en sí mismo. “No es cuánto tiempo estás, sino qué haces con ese tiempo”. Para algunos, esa autonomía resulta liberadora; para otros, más difícil de sostener.
El impacto se refleja en la inserción laboral. “Entre quienes completan el Common Core, la empleabilidad a los seis meses es prácticamente del 100%, descontando a quienes deciden seguir formándose”, afirma León. Los perfiles que salen de 42 se incorporan a distintos ámbitos tecnológicos, desde el desarrollo de software hasta el análisis de datos, la inteligencia artificial o la ciberseguridad.
La red 42 se ha extendido en los últimos años hasta reunir más de 22.000 estudiantes activos, con más de 50 campus en 32 países. En España, el programa cuenta con sedes en Madrid, Bilbao, Barcelona y Málaga. Un crecimiento que, según León, no cambia lo esencial: “El contenido importa, pero lo que realmente transforma es cómo aprendes”.
Entender antes de avanzar
En mitad de la piscina, Raquel Palomo decide detenerse en algo que no termina de comprender. Vuelve sobre ejercicios ya evaluados, repite pruebas que no ha superado y convierte los fallos en parte del proceso. “Yo a mis compañeros les digo que prefiero suspender las evaluaciones que estoy teniendo porque así lo repito más. Ahora mismo, en vez de avanzar, estoy practicando con exámenes porque necesito entender lo que estoy haciendo”.
No es tanto una pausa como una forma de situarse frente al aprendizaje. Avanzar no consiste en hacer más, sino en entender mejor. Y esa forma de aprender —más lenta y consciente— tiene que ver también con el contexto en el que ese aprendizaje se produce. No solo con cómo se programa, sino con el tipo de tecnología que está transformando ese aprendizaje. Vidal lo explica con una comparación que ayuda a situarlo en perspectiva: “Es como cuando estudiabas en el colegio el paso del Paleolítico a la Edad de los Metales: todo cambió con la forja”, esgrime. “El problema es que en los últimos 30 años hemos cambiado de etapa tres veces: primero la computación, luego internet y ahora la inteligencia artificial. Son revoluciones históricas”.
En ese escenario, sostiene, aprender rápido no es suficiente: “Es muy fácil confundirse con la inteligencia artificial. Al final son modelos entrenados para hablar bien, y no hay nadie pensando detrás”, advierte. Y ahí aparece uno de los riesgos: la apariencia de comprensión. “Se equivocan y se inventan cosas. Las alucinaciones son inherentes al sistema”.
Por eso insiste en la necesidad de entender qué se está utilizando y para qué. Las herramientas pueden ampliar las capacidades, pero también generar errores si no se conocen sus límites. “Hay aplicaciones maravillosas en educación, en empresas, en biomedicina, pero es fácil que quien no lo entiende acabe alucinando con la propia IA”.































