
Desde que comenzara el siglo XXI, España ha experimentado dos grandes choques demográficos exógenos. El primero, impulsado por el frenesí del ladrillo entre el año 2000 y 2007, mientras que el segundo, más silencioso pero constante, por el flujo post-pandémico que comenzó a acelerarse en 2023. Aunque son dos episodios similares en cuanto a su catalogación (un proceso de inmigración sustancial y significativa en poco tiempo), cometeríamos un grave error de diagnóstico si asumiéramos que ambos fenómenos son económicamente simétricos. Ya que no lo son. España no es la misma economía que en el periodo 2000-2007, y los inmigrantes que aterrizan hoy en sus aeropuertos tampoco lo son.































