Hace dos años conocí a una persona cuya situación me ha venido varias veces a la cabeza durante los últimos meses. Había desarrollado una brillante carrera en Accenture y una parte importante de su retribución la recibió en forma de acciones y stock options. El resultado era un patrimonio financiero millonario, conseguido en gran medida gracias al extraordinario comportamiento bursátil de la compañía.

Accenture era una compañía admirada por analistas e inversores, con una trayectoria de crecimiento envidiable. Desde su salida a Bolsa en 2001 había superado al índice mundial de renta variable, por lo que tenía argumentos para seguir confiando en ella. Precisamente por eso la conversación resultó interesante: no tratábamos de convencerle de que Accenture fuera una mala inversión; lo único que planteábamos era una cuestión de gestión prudente. Una vez alcanzado un determinado nivel de riqueza, ¿tiene sentido que la mayor parte del patrimonio financiero dependa del comportamiento de una sola empresa?

La respuesta parecía evidente. Una diversificación parcial habría reducido significativamente el riesgo sin alterar sus posibilidades de alcanzar sus objetivos futuros. Sin embargo, surgió un obstáculo habitual entre los inversores que han acumulado grandes plusvalías: la fiscalidad. Vender parte de la posición suponía pagar impuestos importantes. Cuanto más éxito había tenido la inversión, mayor era la factura fiscal asociada a la venta. Como ocurre con frecuencia, el coste visible de los impuestos pesó más que el coste invisible de la concentración. Finalmente decidió no vender.

Durante algún tiempo pareció haber acertado. La acción siguió subiendo y cada nuevo máximo reforzaba la sensación de que diversificar habría sido un error. Sin embargo, los mercados tienen la costumbre de recordar periódicamente que incluso las mejores compañías atraviesan etapas complicadas. Desde enero de 2025 las acciones de Accenture han perdido más de la mitad de su valor. Así, casi de golpe, se ha destruido el 55% de la riqueza acumulada en esta compañía.

Lo más interesante de esta historia es que el protagonista sigue siendo una persona extraordinariamente rica. Continúa teniendo un patrimonio que la mayoría de los ciudadanos consideraría más que suficiente para vivir varias vidas con tranquilidad. Sin embargo, sospecho que la experiencia no habrá sido agradable. Y esto me recuerda una de las aportaciones más interesantes de Daniel Kahneman para entender la conducta humana con las inversiones.

Kahneman explicaba que las personas no valoramos nuestra situación económica en términos absolutos, sino relativos. Imaginemos dos inversores. Luis tiene seis millones de euros y pierde tres millones. María tiene un millón y gana 500.000 euros. Luis sigue siendo mucho más rico que María, pero ¿quién cree el lector que es ahora más feliz?

Esta idea ayuda a entender por qué la diversificación es mucho más que una herramienta para reducir la volatilidad. Es también un mecanismo para evitar que una parte excesiva de nuestro bienestar dependa de una empresa o un sector determinado. Cuando un inversor se concentra en unas pocas compañías –especialmente si pertenecen al mismo sector–, está vinculando una parte importante de su tranquilidad financiera a factores que no puede controlar, por excelentes que sean esas empresas.

Los fondos de inversión constituyen una de las herramientas más eficaces para evitar este problema. Permiten acceder simultáneamente a cientos o miles de compañías, sectores y geografías distintas. Naturalmente, esa diversificación implica renunciar a la posibilidad de obtener resultados extraordinarios. Sin embargo, también reduce drásticamente la probabilidad de sufrir pérdidas patrimoniales que condicionen nuestro futuro o generen una preocupación innecesaria.

Los fondos también ayudan a evitar que la fiscalidad se convierta en un obstáculo para una gestión eficiente del patrimonio. Gracias al régimen de traspasos, el inversor puede diversificar, reducir riesgos o adaptar su cartera a nuevas circunstancias sin tener que pagar impuestos cada vez que realiza un cambio. Ahora bien, conviene recordar que la diversificación no es una cualidad de todos los fondos. También puede existir concentración en carteras aparentemente diversificadas. Es el caso, entre otros, de los fondos indexados al S&P 500. En ellos, las 10 mayores compañías representan ya cerca del 40%. La mayoría de esas empresas son tecnológicas y están vinculadas al desarrollo de la IA, de modo que una parte importante de la rentabilidad futura de muchos inversores dependerá no solo de unas pocas compañías, sino también de un mismo sector.

Con frecuencia se presenta la diversificación como una estrategia defensiva, casi como una renuncia a aspirar a las mayores rentabilidades. Creo que esa visión es equivocada. La diversificación no nace del pesimismo, sino de la humildad. Parte del reconocimiento de que nadie sabe con certeza qué empresas liderarán los mercados dentro de 10 años, qué tecnologías quedarán obsoletas, qué sectores se verán afectados por cambios regulatorios o qué valoraciones resultarán excesivas vistas con perspectiva.

La historia bursátil está llena de compañías extraordinarias que parecían imbatibles en un determinado momento. Algunas dejaron de crecer, otras fueron superadas por competidores más innovadores y otras simplemente sufrieron una corrección en su valoración después de años de optimismo excesivo. La calidad de una empresa no garantiza que su acción vaya a proporcionar siempre rentabilidades excepcionales.

Quizá por eso, cuando asesoramos grandes patrimonios familiares, observamos que el verdadero objetivo no suele ser maximizar la rentabilidad potencial, sino conservar y hacer crecer el patrimonio de forma sostenible. Cuando ya tienes dinero, el éxito financiero no consiste en encontrar la próxima gran acción ganadora, sino en evitar errores que comprometan lo ya conseguido.



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