Peter Atwater, profesor de Económicas en la Universidad William & Mary de Delaware, comenzó a popularizar el concepto de economía “en forma de K” al poco de iniciarse la pandemia. Los analistas debatían en redes sociales cómo sería la salida tras ese coma autoinducido al que se sometió el PIB y plantearon las opciones clásicas: una L (caída en picado y estancamiento), una V (reactivación tan drástica como el descenso), una W (nueva recesión tras un leve repunte)… Aunque no fue él el primero en sugerir la K. Un tipo desconocido, ahora rebautizado como Ivan The K, espetó en X (entonces aún llamada Twitter), que la letra final sería una K: es decir, que unas cosas se iban a recuperar y otras, no. Para Atwater (New Jersey, 65 años), ese mensaje resultó una revelación que iba mucho más allá, los grupos sociales más favorecidos iban a salir reforzados del trance en varios aspectos de sus vidas y los de abajo iban a empeorar respecto a 2019 en términos relativos.

“Ahora nos hemos hecho amigos y siempre quiero darle el crédito de que fue quien lo acuñó, pero básicamente lo que hice fue trabajar con ello porque me parecía muy preocupante”, explica por videoconferencia el profesor, un colaborador habitual en medios y autor de The Confidence Map, un libro de 2023 en el que explora el peso de la confianza y la información en las decisiones. Seis años después de aquel 2020, dice, la tendencia que temía se ha consolidado: “Hemos mutado en una economía en forma de K”.

Pregunta. Llevamos muchos años hablando de desigualdad, pero menos sobre la economía en forma de K. ¿Cuál es el matiz, en qué se diferencia una de otra?

Respuesta. Es algo que ha evolucionado mucho en estos años. Yo pienso en ello como una experiencia de vida en forma de K, en la que todo lo que experimentan los de arriba no tiene nada que ver con lo que pasan los de abajo en sanidad, en educación, en acceso a la tecnología o incluso en el ejercicio de los derechos judiciales. Hay muchos modos en los que estas vidas se bifurcan y, además, lo que la inteligencia artificial está demostrando es que nuestros intereses son contrapuestos. La IA se parece cada vez más a un juego de suma cero del que los de arriba se van a beneficiar a expensas del resto. Hoy vivimos la mayor concentración de riqueza desde La Edad Dorada [después de la II Guerra Mundial] y la escalada de inflación ha aumentado el valor de las grandes fortunas mientras que ha dejado el coste en los de abajo.

P. En la desigualdad, además, la brecha puede crecer a pesar de que las clases más bajas vean sus condiciones de vida mejoradas, por eso hay un pensamiento neocon que no lo ve un problema. Nadie muere de desigualdad, sino de hambre, suele decirse.

R. Sí, pero lo que vemos es que las condiciones de vida de los desfavorecidos se quedan más y más atrás, mientras que las posibilidades para cruzar de un lado al otro, de escalar socialmente, se han estrechado. Una diferencia significativa entre Estados Unidos y Europa es la red de seguridad. Los Gobiernos europeos lo han hecho mejor, evitando que sus ciudadanos caigan en la desesperanza. No pienso solo en la pobreza como una situación económica, sino como de desesperanza y desconfianza. Y esto conduce a la violencia.

P. Usted ha estudiado mucho el campo de la confianza y el impacto en las decisiones y la economía. Después de esta secuencia de crisis y choques que lleva el mundo, ¿cómo podemos definir la confianza hoy, de dónde se puede sacar?

R. Creo que hemos pasado por dos fases. Primero hemos tenido toda esta gran incertidumbre, pero ahora estamos desarrollando un sentido de la impotencia, y eso es algo que podemos ver particularmente en la respuesta al bum de la IA. La gente de abajo se siente muy impotente y, para recuperar la confianza, es importante que los individuos y los grupos, más probablemente los colectivos, sientan que pueden retomar el control de sus vidas, peleando por mejores sueldos, con huelgas… Durante la pandemia demostramos una gran creatividad e ingenio y conseguimos tomar el control, hicimos muchas cosas para recuperar la confianza, pero ahora hay gente que se siente más vulnerable que durante la covid. Es posible que veamos una reacción, un rechazo a las figuras autoritarias que hemos visto crecer en los últimos años, como acaba de ocurrir en Hungría.

P. ¿Qué impacto puede tener esta segunda Administración de Donald Trump en Estados Unidos?

R. Los más ricos se han sentido increíblemente empoderados por este segundo Gobierno. En la toma de posesión había más millonarios presentes que probablemente nunca en la historia. Hemos desregulado, los mercados financieros se han disparado y existe la creencia de que, finalmente, Trump se acomodará, o incluso capitulará ante los mercados. Esta es una edad de oro para los ricos en Estados Unidos. Pero la elección en Nueva York de un alcalde socialista y populista como Zoran Mamdani, para mí es una indicación de que la gente que no es parte de las elites está cada vez más frustrada.

P. ¿Qué otros efectos de largo plazo provoca una economía en forma de K?

R. Efectos muy preocupantes porque resultan muy desestabilizadores para el establishment político. En Europa, por ejemplo, sigo muy de cerca el precio de la energía, que sufre un segundo choque en apenas cinco años [primero por la invasión rusa de Ucrania, ahora por el conflicto en Oriente Próximo]. A menos que los precios bajen y, con ellos, los precios de los alimentos, podemos ver un cambio de tono político muy populista en Europa.

P. En el mundo del consumo, la adaptación a la economía en K resulta ya palpable, con el bum del lujo, pero este segmento siempre existió.

R. Sí, las compañías no solo se están adaptando a la economía en K. En el caso de las líneas aéreas, son muy dependientes de la parte alta de la escala, capaces de pagar precios exorbitantes para viajar, hasta 10 veces más que el resto. El beneficio de las compañías viene básicamente de la parte delantera del avión y, si hay una caída en los mercados, el impacto es más drástico que antes. Me refiero a ellos como una torre Jenga [juego de construcción de torres con piezas de madera]. Es muy fuerte en la parte alta, pero conforme quitas apoyo a la parte de abajo, aumenta la fragilidad de la torre. Para mí, esta es una economía muy frágil. El lujo, en efecto, existía antes, pero ahora es más evidente. Además, está más aislado. Ahora hay más vuelos privados, más espacios y vías de entrada separadas en los estadios de fútbol… Eso genera otro efecto: los de arriba solo ven su propio reflejo. Nada más. Sufren una ceguera evidente y, al mismo tiempo, en la parte de abajo hay una toma de conciencia muy cruda, porque ellos sí ven ese estilo de vida en las redes sociales.



Source link

Artículo anteriorChristian Puente, director de la ARCH sobre juicio del caso Triple A: ‘Si no hay sentencia, la prisión preventiva de Aquiles Alvarez caduca en septiembre’ | Política | Noticias