Ana Richarte, trabajadora del servicio de ayuda a domicilio, de camino al trabajo, el pasado jueves en Sevilla.

Hablar de las trabajadoras de ayuda a domicilio implica sumar horas, kilos, analgésicos. Las horas que acumulan a la semana, muchas de ellas con jornadas parciales. Los kilos que levantan en cada casa, porque su labor consiste precisamente en asistir a personas con dependencia en labores básicas de su vida diaria, como levantarse de la cama y asearse. Los analgésicos que toman para poder aguantar. Y el dinero que ingresan a final de mes, que obliga a algunas a pluriemplearse para subsistir con sueldos mileuristas. Ana Richarte tiene 58 años y lleva 26 en el oficio. Ha llegado a tomar opioides y está a la espera de que la infiltren. “Me tratan en la unidad del dolor. Tengo las cervicales destrozadas”, dice. “Terminamos siendo grúas humanas”.

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Amparo Faus, en su coche, que utiliza para trabajar, el pasado jueves en Oliva (Valencia).



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