
China ha vuelto a pisar el acelerador para su desembarco en Europa. Pero esta vez no llega solo como gran potencia exportadora, sino también como inversor industrial. Bruselas observa este movimiento con una mezcla de interés y recelo: las fábricas chinas pueden acelerar la electrificación europea y generar empleo, pero también consolidar en suelo comunitario la posición de competidores que desembarcan con tecnología y proveedores propios y una capacidad de producción que amenaza con desbordar a parte de la industria local.
Impulsadas por la apuesta de Pekín por el coche eléctrico, las inversiones del gigante asiático en el continente crecieron en 2025 un 67%, hasta alcanzar los 16.800 millones de euros, la mayor cifra desde 2018, según el informe anual de Rhodium Group y Mercator Institute for China Studies (Merics), publicado el 20 de mayo. El repunte se apoyó en el fuerte rebote de las fusiones y adquisiciones de compañías radicadas en suelo europeo (crecieron un 89%, hasta los 7.900 millones de euros), pero el principal canal siguió siendo el de las inversiones que parten de cero y proyectos de nuevas instalaciones, que alcanzaron un récord de 8.900 millones de euros.
No obstante, la cifra refleja sobre todo proyectos ya en marcha o anunciados en ejercicios anteriores. “Hay un riesgo real de que la inversión china de nueva planta, y con ella también la inversión total china en Europa, esté cayendo por un precipicio”, advirtió Gregor Williams, de Rhodium Group, durante la presentación del informe. El documento señala que los nuevos planes de inversión en plantas y equipamientos se situaron en 5.200 millones de euros en 2025, lejos de los 16.900 millones registrados en 2023.
La inversión, además, no está sustituyendo la presión exportadora china, sino que convive con ella. Las exportaciones chinas de bienes a Europa crecieron un 9% en valor en 2025, con avances especialmente pronunciados en sectores donde las empresas chinas ya están desplegando inversión directa: las baterías subieron un 43%; los automóviles, un 15% (aunque en número de unidades crecieron un 29%); y los equipos eólicos, un 65%. El dilema europeo es que las compañías chinas están entrando en el mercado comunitario “principalmente mediante exportaciones” y no tanto a través de nuevas inversiones directas porque, explicó Williams, “siguen afrontando barreras comerciales relativamente bajas”.
El desembarco muestra un mapa de apuestas por industrias de alto valor añadido, sobre todo tecnológicas y vinculadas a la transición energética, aunque también al entretenimiento y el consumo. Entre las mayores operaciones están las de la firma china HongShan, que se ha hecho con una participación mayoritaria del fabricante sueco de electrónica de audio Marshall Group; y Tencent, una de las principales tecnológicas chinas, que ha acudido al sector de videojuegos, invirtiendo en compañías de Chipre (Easybrain) y Francia (Vantage Studios de Ubisoft). Pero la diversificación no altera el fondo del debate: el grueso del capital sigue dirigiéndose a sectores donde Europa se juega parte de su competitividad.
El automóvil es el eje del repunte. Las inversiones en el sector automovilístico alcanzaron los 7.600 millones de euros, un 46% más que en 2024. Es el segundo mejor año registrado para la inversión china en la industria automovilística europea, después de los 7.900 millones de euros de 2015. La cadena de suministro de vehículos eléctricos acaparó el 93% de esa inversión directa, impulsada por los proyectos de baterías de CALB (en Portugal), CATL (Hungría y España) y Gotion (Eslovaquia).
España se ha hecho un hueco como tercer receptor europeo de inversiones en el sector del coche eléctrico, por detrás de Hungría (nodo clave para los productores chinos) y Alemania (líder europeo de la industria). Los flujos de capital de China hacia España en este campo han crecido un 147% interanual, hasta los 642 millones de euros. Destaca la planta que el gigante de baterías CATL levanta en Figueruelas (Zaragoza), en una empresa conjunta con Stellantis, que podría consolidar a España como polo europeo de baterías.
En total, España atrajo en 2025 unos 1.500 millones de euros en inversiones chinas. Más de un tercio provino de la adquisición de la planta solar de Mula por parte de la empresa estatal China Three Gorges, una de las mayores compañías energéticas del mundo. Con esa cifra, España se situó como quinto principal receptor europeo de inversiones, después de Hungría (acapara un 23% de las inversiones) y lo que el informe denomina “los tres grandes” del continente, Alemania, Francia y Reino Unido, que suman el 34% (el informe agrega a sus cálculos al Reino Unido, a pesar de no formar parte de la Unión Europea).
El modelo español destaca por su repunte y por las frecuentes visitas de las autoridades españolas a China. “Nos hablan expresamente de España como ejemplo del modelo que les gustaría”, afirmaba hace un par de semanas una fuente de la UE de visita en Pekín para tratar con el Gobierno chino. En Bruselas, no obstante, preocupa la fragmentación interna. Los autores del informe de Merics y Rhodium señalan que, mientras no haya un marco europeo más homogéneo para supervisar ciertas inversiones, las empresas chinas pueden dirigirse a países más permisivos dentro de la UE, entre los que mencionan a España.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, ha viajado al país cuatro veces desde 2023, la última en abril; los Reyes fueron recibidos en noviembre. La economía y las inversiones han sido una pata crucial de estos viajes, y se han traducido en flujos tangibles de capitales. España aspira a captar fábricas, empleo y tecnología en un momento de reindustrialización europea, pero ese equilibrio exige que las inversiones no se limiten a ensamblar en su suelo productos y cadenas de suministro ya dominadas desde el país asiático.
La vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, ha intentado fijar ese marco durante su visita a China de la pasada semana. En la IV Cumbre Global de Promoción del Comercio y las Inversiones, celebrada en Pekín, defendió que Europa y España reciben “con interés genuino” las inversiones chinas, pero subrayó que alcanzan su “máximo potencial” cuando “generan empleo local de calidad, transfieren conocimiento y arraigan en el tejido industrial del país receptor”.
Esa polémica es visible en la planta de Figueruelas, donde han aterrizado más de 2.000 trabajadores chinos para la fase de construcción. CATL prevé formar hasta 4.000 empleados para operar la que será la mayor fábrica de baterías de España y ha señalado que la proporción de personal chino debería caer por debajo del 10% con el avance del proyecto. Preguntada por este asunto, la también ministra de Trabajo y Economía Social aseguró que la fábrica “va a tener empleo local”, aunque no ofreció más detalles. Sí comunicó que uno de los temas planteados en sus visitas a empresas como CITIC, AgiBot, Geely y SAIC fue la necesidad de “propiciar formación rápida para los trabajadores españoles en sectores estratégicos”.
La intervención de Díaz conecta la estrategia española con el debate de fondo en Bruselas sobre cómo atraer capital chino sin renunciar a condiciones industriales, laborales y tecnológicas. Andreas Mischer, de Merics, lo formula en términos parecidos: Europa debería seguir atrayendo inversión china, pero asegurándose de que genere “valor local” y “efectos de arrastre” en la economía receptora.
Ese equilibrio es difícil porque Bruselas intenta endurecer su política de seguridad económica sin ahuyentar inversiones que varios Estados miembros consideran necesarias para su reidustrialización. Williams recordó que algunas herramientas europeas todavía no han tenido un efecto directo sobre la inversión china, pero sí empiezan a pesar en el cálculo de las empresas. El Reglamento de Subvenciones Extranjeras, alertó, “cuelga sobre la inversión como una espada de Damocles” y podría traducirse en menos proyectos o en el desvío de parte de ellos hacia otras regiones vecinas. El informe destaca el creciente atractivo de Marruecos, Turquía y el norte de África para algunas compañías chinas, por su cercanía a Europa, sus costes más bajos y, en algunos casos, el acceso preferente al mercado comunitario.
El dilema para la UE es cómo usar el tamaño de su mercado sin dividirse internamente ni perder capacidad industrial. Si Bruselas quiere que las empresas chinas produzcan en su territorio, deberá decidir bajo qué reglas acceden a su mercado y qué compromisos exige. “La política de inversión es política comercial”, resumió Williams.































