¿Cómo está afectando a la economía europea la guerra en Irán? Mejor de lo que habría parecido posible hace apenas dos años. El shock energético llega en un contexto mucho menos frágil que el de la crisis tras la invasión rusa de Ucrania, cuando Europa afrontaba una inflación disparada, cadenas logísticas bloqueadas y una enorme dependencia del gas ruso.

Europa también ha avanzado en diversificación energética, mientras que la demanda asiática de hidrocarburos es más elástica, entre otras razones porque llega con importantes reservas acumuladas. Junto con la mayor oferta estadounidense, ha frenado parte de la presión sobre los mercados y explica que, pese a la guerra, el petróleo no se haya disparado hacia niveles de 150 o 200 dólares por barril.

Pero Europa no puede escapar del shock si este se prolonga. El problema no está en el consumo de gasolina, cuyo peso en el IPC ronda apenas el 2%, sino en el del diésel y del queroseno. Sigue siendo importadora neta de estos productos, con fuerte dependencia de Oriente Próximo, afectando directamente al transporte y buena parte de la industria.

Por ahora, el impacto inflacionario continúa concentrado en la energía y apenas se perciben contagios claros al resto de precios de consumo final. Pero los shocks energéticos rara vez se quedan ahí. En servicios, el efecto suele aparecer unos seis meses después y cuanto más se prolongue el conflicto, más difícil será contenerlo. De hecho, las expectativas de inflación a corto plazo han repuntado, aunque las de largo siguen estables gracias a que se descuenta que el BCE suba los tipos de interés en las próximas reuniones.

El impacto llega justo cuando Europa intentaba recuperar algo de crecimiento. El principal riesgo es la erosión de la renta real de los hogares. Por eso, los gobiernos europeos vuelven a proteger a los consumidores. Pero las ayudas fiscales y los topes al precio de los combustibles distorsionan las señales de precios e impiden que el mercado ajuste demanda y oferta. Las transferencias directas a hogares vulnerables serían económicamente más eficientes.

El riesgo estructural es más profundo. Un segundo shock energético amenaza la competitividad industrial europea en un momento de presión creciente por parte de China. El informe Draghi insistía precisamente en esa vulnerabilidad, pidiendo más renovables, interconexiones y diversificación energética. Aunque los tiempos de decisión en Europa son lentos y las medidas a implementar llevan también tiempo. El verdadero peligro aún no ha llegado. Si el estrecho de Ormuz permanece parcialmente cerrado cuando se agoten las reservas estratégicas liberadas estos meses, los efectos podrían dejar de ser graduales y pasar a ser claramente no lineales, con escasez física, cuellos de botella y un escenario más sombrío para el crecimiento europeo.



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