
Es oportuno rescatar un viejo dicho en este oficio: las opiniones son libres, los hechos son sagrados. En este tiempo acelerado, son muchos los que se lanzan a opinar antes de saber, y parecen menos los que quieren saber antes de opinar. El periodismo se debe a los segundos. Los medios tienen opiniones: se llama línea editorial, pueden considerarse una ideología, pero es más exacto señalar que son valores que se comparten con una comunidad. EL PAÍS nació hace 50 años comprometido con las reformas democráticas que necesitaba la España en la que acababa de morir el dictador Franco: se definió en su fundación como “liberal, independiente, socialmente solidario, nacional, europeo y atento a la mutación que opera en la sociedad occidental». Los valores que ha representado EL PAÍS en este medio siglo permiten sumar algunos adjetivos: progresista, pluralista, igualitario. Pero por encima de cualquier adjetivo han estado siempre los hechos, es decir, la verdad. Nadie representó mejor los valores de EL PAÍS y, por tanto, la búsqueda obsesiva de la verdad que Soledad Gallego-Díaz, fallecida este martes. Nos dejó sin su guía apenas un día después de que el diario al que dedicó la mayor parte de su larga carrera celebrara por todo lo alto el 50º aniversario. En los fastos era notoria su ausencia, la que solo podía explicarse en que se encontraba en las últimas horas de una vida excepcional. La llamábamos Sol. Todavía duele conjugar el verbo en pasado.






























