
De nuevo el péndulo en el que se ha convertido el conflicto en el golfo Pérsico apunta a una solución diplomática. La salida negociada es el resultado racional de una guerra que ninguno de los dos bandos está en condiciones de ganar de forma incondicional y cuya prolongación, además de ser estratégicamente inútil, tiene efectos negativos en lo político y en lo económico, para los contendientes, para la región y para el mundo en general. Ahora bien, las particulares condiciones de un conflicto asimétrico en extremo han dificultado las negociaciones. El mercado celebró ayer la propuesta estadounidense con la mejor sesión desde que se decretó el alto el fuego, hace casi un mes. La prolongación de esta tregua es señal inequívoca de los poderosos incentivos de ambos bandos, pero también de las dificultades. Hasta que no transiten los barcos por Ormuz, el mundo financiero no podrá respirar con cierta tranquilidad.
Los plazos aprietan. No son pocos los expertos que han señalado que los mercados energéticos y bursátiles han subestimado el impacto de la crisis financiera. Eso es, en buena parte, porque la lógica ha invitado a pensar en una solución negociada que terminaría por llegar, a ser posible más temprano que tarde. Pero, mientras tanto, el mercado petrolero se ha estrangulado poco a poco. Las economías mundiales han mantenido su funcionamiento tirando en buena medida de las reservas de petróleo, pero esta dinámica no es sostenible: que la paralización de los suministros del golfo Pérsico provoque escasez real de combustibles es una cuestión de tiempo. La primera fase de una crisis energética es la subida de los precios; la segunda, la destrucción de la demanda. No se puede quemar el petróleo que no llega.
No son los únicos incentivos para Donald Trump: también está la necesidad de pasar por el Congreso para validar las acciones militares y el hecho de que la gasolina cueste 4,5 dólares el galón a meses de las elecciones. Para el régimen iraní, el sufrimiento de su población civil no ha sido nunca un factor a tener en cuenta, y tiene la poderosa baza de poder bloquear el estrecho con medios militares escasos. Pero el bloqueo estadounidense está ahogando los ingresos petroleros, de los que depende, entre otras cosas, su aparato militar y policial. Y, por otro lado, tampoco tiene mucho más que ganar jugando la baza de Ormuz, más que una salida del conflicto tras la que, para desgracia de la inmensa mayoría de los ciudadanos, seguirá gobernando el país con puño de hierro.































