
Los humanos podemos acostumbrarnos al escenario más inestable posible y seguir a nuestras cosas como si nada. En un mundo inflamado por los conflictos, hay mucho dinero que busca dónde invertir y grandes empresas con hambre por meterse en operaciones de fusiones y adquisiciones que les permitan dar el salto. Los inversores ya no se asustan por los efectos de un orden global roto en pedazos: eso ya es parte del paisaje. Nadie sabe bien qué va a pasar y, mientras no pase algo terrible, se impone el business as usual. Pero una cosa es comprar acciones y otra cerrar operaciones de mucho calado y muchos millones. En los últimos años, entre la pandemia, la invasión de Ucrania, el caos arancelario de Donald Trump y la guerra en Oriente Próximo, se ha detectado cierto parón en el llamado M&A (mergers and acquisitions). Hay señales de un tímido despertar, pero hay mucho más esperando. Hoy en día, con una Bolsa en la que pueden darse sacudidas por un post de Trump a cualquier hora, y con tensiones que se temen duraderas en el petróleo, los precios y los tipos de interés, lanzarse a una transacción ambiciosa parece a muchos imprudente.






























