El mundo vive una sucesión de perturbaciones desde el estallido de la pandemia de la covid-19, hace seis años. Le siguió la guerra de Ucrania, con una crisis energética y su posterior espiral inflacionaria. El año pasado, Donald Trump desestabilizó el mundo con los aranceles. La guerra en Irán es el último fenómeno que amenaza con hacer saltar las costuras de la economía global. Los países han afrontado estos shocks con programas de apoyo a empresas y hogares. Aprendieron en la Gran Recesión que la austeridad en vena no es la mejor medicina para afrontarlas. Durante la última década han acumulado mucha deuda, que hay que pagar. El Fondo Monetario Internacional (FMI) advierte, en un informe divulgado este miércoles, de que la guerra en Oriente Próximo amenaza con disparar ese endeudamiento global hasta niveles desconocidos desde la II Guerra Mundial, con especial énfasis en Estados Unidos y en China.

El actual conflicto constituye un gran desafío. Está a un paso de iniciarse la octava semana de turbulencias, en medio de un débil alto el fuego. Estados Unidos, que inició los bombardeos sobre Teherán, tiene prisa por acabar con la guerra, pero exige la reapertura del estrecho de Ormuz, el paso estratégico por donde transita una quinta parte del petróleo mundial y el gas natural licuado, así como otros productos químicos esenciales para el sector agroalimentario y farmacéutico.

Los precios del petróleo y otras materias primas se han disparado y han arrastrado a los carburantes, mientras empiezan a contagiar a productos alimenticios. La tensión en el Golfo está alimentando una espiral inflacionaria sin precedentes, según los informes del FMI.

La más alta desde la II Guerra Mundial

En este contexto, los economistas del Fondo advierten de que “la deuda pública bruta mundial aumentó hasta situarse cerca del 94% del PIB en 2025 y, de mantenerse las trayectorias actuales, alcanzará el 100% para 2029: un nivel que anteriormente solo se había alcanzado tras el fin de la II Guerra Mundial”.

No se espera que la situación mejore, porque muchos países han aprobado medidas de alivio para afrontar la escalada de precios. “Incluso en aquellos países donde la dinámica de la deuda ha mejorado, los niveles de deuda pública siguen situándose, en muchos casos, por encima de los picos alcanzados durante la crisis de la covid-19″, apunta Rodrigo Valdés, director del departamento de Asuntos Fiscales del FMI. “Los tipos de interés más altos y la mayor sensibilidad de los mercados ante las noticias de índole fiscal sugieren que el margen para acomodar las trayectorias de consolidación fiscal se está reduciendo”, precisa.

Al organismo creado tras la Segunda Guerra Mundial para ofrecer apoyo financiero a los países en dificultades le preocupa que los gastos asociados al envejecimiento de la población, como las pensiones o el gasto sanitario; las inversiones necesarias para afrontar la transición energética y tecnológica, así como el creciente gasto en defensa, no solo no dejen margen para reducir la deuda, sino que terminen aumentándola.

La institución con sede en Washington celebra esta semana su asamblea de primavera, en la que presenta sus análisis sobre el devenir de la economía global. En el Fiscal Monitor, el informe donde repasa las políticas presupuestarias de los países, alerta de la evolución de la deuda pública de los últimos años.

Los economistas del Fondo están preocupados porque ha desaparecido la brecha fiscal, el margen presupuestario para reducir la deuda por un crecimiento de los gastos estructurales para prestaciones sociales (por ejemplo, las pensiones) o por una rebaja de impuestos en algunas economías grandes.

El Fondo pone de ejemplo a Estados Unidos y China, cuya dimensión alimenta la preocupación. “Estados Unidos registra un déficit del gobierno general de entre el 7% y el 8% del PIB, a pesar de operar cerca de su plena capacidad y sin un plan de consolidación de la deuda a la vista; además, se proyecta que su deuda bruta alcance el 142% del PIB para el año 2031″, avisa. Y lanza un mensaje claro, sin medias tintas: “Para Estados Unidos, la realidad es ineludible: estabilizar la trayectoria de la deuda del país requerirá medidas tanto en ingresos como en gastos, incluyendo el gasto en los principales programas de prestaciones sociales”.

En un país con una aversión extrema a las subidas de impuestos, con un gasto público raquítico y una polarización política en auge, se antoja difícil encontrar soluciones para corregir esos desequilibrios fiscales.

El otro ejemplo es China. “La expansión fiscal a corto plazo de China, orientada a respaldar la demanda interna en un contexto de presiones deflacionarias, ha ampliado el déficit global del país hasta situarlo cerca del 8% del PIB; asimismo, se prevé que la persistencia de déficits elevados impulse su deuda hacia el 127% del PIB para 2031″, remarca el FMI.

En Europa, señala el Fondo, varios países de la UE han activado las cláusulas de escape de las normas comunitarias en materia de déficit para afrontar los compromisos del gasto en defensa. Los miembros de la OTAN se comprometieron el pasado verano en aumentar el gasto militar del 2% al 5% del PIB.

“Entre los países más pobres del mundo, el pago de intereses ha alcanzado máximos históricos en relación con los ingresos, al tiempo que la disminución de los flujos de ayuda está generando brechas de financiación que algunos países han sido incapaces de cubrir”, advierte.

La tarea no es fácil, pero al mundo se está atragantando de deuda y nadie, salvo las instituciones como el FMI, parece querer afrontarlo. “La inestabilidad interna agrava aún más las presiones fiscales: dentro de los países, el malestar social ha aumentado en todos los estratos de ingresos, y los repuntes de dicho malestar se asocian con un menor crecimiento y mayores déficits primarios”, alertan los funcionarios.

Por eso, aconseja a los países que lancen medidas de apoyo por el encarecimiento de los precios como consecuencia de la guerra, que estas ayudas sean temporales, quirúrgicas y estén bien diseñadas para que no se conviertan en permanentes y no supongan otro aumento estructural del gasto público.



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