Las esperanzas de que los mercados prolonguen la recuperación empiezan a resquebrajarse. Horas después de que Washington y Teherán dieran por interrumpidas las negociaciones ante la falta de entendimiento, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha vuelto a hacer gala de su habitual imprevisibilidad. Fiel a su estrategia de lanzar anuncios grandilocuentes a través de las redes sociales, Trump aseguró que bloqueará todos los buques que intenten cruzar el estrecho de Ormuz.

La falta de acuerdo probablemente sacudirá a los mercados y aumentará la demanda de activos refugio el lunes. Tras el breve alivio provocado por el alto el fuego decretado el miércoles, el petróleo vuelve a situarse bajo presión, devolviendo la cautela a los inversores. El brent, referencia en Europa, cerró la semana con una caída del 12,7%, la mayor desde agosto de 2022, un movimiento que había permitido a las Bolsas recuperar parte del terreno perdido.

Sin embargo, la cota de los 100 dólares, perdida en las últimas sesiones, vuelve ahora a ponerse en la diana y frena las opciones de que los índices regresen a los niveles previos al inicio de la contienda. Y es que, aunque el crudo ha dado un respiro en los últimos días, sigue cotizando cómodamente alrededor de un 30% por encima de los precios anteriores a la guerra, una losa que mantiene vivas las tensiones inflacionistas y amenaza la recuperación económica. Al cierre del viernes, el Ibex 35 se situaba apenas un 1,5% por debajo de esos niveles, mientras que la brecha en el S&P 500 estadounidense se reducía a cerca del 1%.

Aunque la actividad en este corredor estratégico estaba aún lejos de recuperar los niveles previos al inicio de los ataques, Irán venía permitiendo el tránsito de embarcaciones mediante el cobro de sustanciales peajes. Un esquema con el que Teherán engrosaba sus arcas y facilitaba el paso de buques con destino a países aliados, como China, mientras Washington había tolerado las exportaciones de crudo iraní e incluso había relajado las sanciones para evitar tensiones mayores. La eventual alteración de este equilibrio supondría un nuevo golpe para el mercado energético y reavivaría los temores a una crisis de suministro. Además del petróleo, el gas volvería a verse afectado y las presiones inflacionistas regresarían al primer plano de las mesas de negociación.

En las últimas seis semanas, los inversores han aprendido una lección clara: Bolsas, deuda y divisas se mueven al ritmo del precio del petróleo. Cada repunte brusco del crudo ha ido acompañado de caídas más acusadas en acciones y bonos; cada corrección a la baja ha devuelto algo de oxígeno a los mercados.

Aventurar escenarios sigue siendo un ejercicio de alto riesgo, pero tanto el consenso de los analistas como el comportamiento registrado por las Bolsas en las últimas sesiones daban a entender que, aunque no de forma inmediata, acabaría imponiéndose algún tipo de entendimiento. Los gestores llaman a la calma y aconsejan a los inversores no dejarse llevar por los titulares. En su último informe, los analistas de Macroyield subrayan que los incentivos para que Washington alcance un acuerdo siguen siendo elevados.

Presiones inflacionistas

Trump, que durante la presidencia de Joe Biden se jactó de criticar los repuntes de la inflación, se enfrenta ahora al encarecimiento de los combustibles. Aunque Estados Unidos es exportador neto de energía, no es inmune a las tensiones desde el lado de la oferta. Los efectos de la guerra comienzan ya a filtrarse en la economía, con la inflación como principal foco de inquietud. En marzo, el primer mes completo del conflicto, la tasa interanual repuntó hasta el 3,3%, su nivel más alto en dos años. Aun así, la inflación subyacente —que excluye los precios de alimentos frescos y energía— avanzó un 0,2%, por debajo de lo esperado.

“Los estadounidenses son muy sensibles al alza de los precios y la popularidad de Trump se está resintiendo”, advierten los expertos de Macroyield. Con las elecciones de mitad de mandato a la vista, el republicano se enfrenta a una prueba política clave, en un momento en el que incluso parte del núcleo duro del movimiento MAGA empieza a mostrar signos de distanciamiento.

El mayor temor para muchos vuelve a ser que una inflación persistente acabe forzando a los consumidores a recortar el gasto y a las empresas a frenar sus proyectos de inversión. El resultado sería una economía más débil y unos peores resultados empresariales, el escenario que menos favorece a las Bolsas.

Una nueva moderación del precio del crudo era vista como la llave para consolidar la recuperación y emular lo ocurrido hace un año, cuando la tregua comercial decretada por Trump impulsó a la renta variable global. Un mes después, las Bolsas habían recuperado todo lo perdido tras el anuncio de los aranceles recíprocos del 2 de abril.

Sin embargo, la experiencia indica que, en la apertura de los mercados, los inversores reajustarán posiciones en Bolsa, deuda y divisas a medida que evalúen la credibilidad de las nuevas amenazas. Si el mercado las da por buenas, es previsible una caída en la renta variable y un repunte de las rentabilidades de la deuda, al calor de unas expectativas de inflación y tipos de interés que vuelven a ganar terreno. Hasta ahora, analistas como los de ING confiaban en que la Reserva Federal no tendría incentivos para modificar los tipos de interés. “Tenemos mucha más confianza en que la inflación será transitoria en esta ocasión”, explica James Knightley, economista jefe internacional de ING, “dada la falta de impulso de la demanda y el menor poder de fijación de precios de las empresas frente a 2022”.

La deuda, uno de los termómetros más vigilados por la clase política por su capacidad de alterar el rumbo de los mercados y tensionar gobiernos, vuelve así a jugar un papel protagonista. Un contexto de tensiones inflacionistas puede llevar a los inversores a acelerar la venta de bonos y a exigir mayores rendimientos para compensar la pérdida de poder adquisitivo y la expectativa de tipos más altos. Además de encarecer la financiación pública y presionar unas cuentas ya frágiles, los bonos a diez años —como el estadounidense— sirven de referencia para fijar el precio de hipotecas, préstamos y deuda corporativa. Leves variaciones pueden acabar pasando factura a hogares y empresas y traducirse, en última instancia, en un menor crecimiento económico.

El único activo que podría verse reforzado por el aumento de las tensiones en Oriente Próximo es el dólar. El billete verde, que en el último año había perdido parte de su condición de activo refugio, experimentó una ligera recuperación en marzo. Dado que la energía se negocia en dólares, el encarecimiento del crudo ha contribuido a que la divisa estadounidense se aleje de los mínimos cercanos a las 1,20 unidades por euro alcanzados el pasado enero, cuando Trump llegó a amenazar con una invasión de Groenlandia. Los analistas de ING señalan que, mientras persistan las tensiones en el estrecho de Ormuz, el nerviosismo de los inversores seguirá actuando como un apoyo para el dólar.

Con la energía como variable decisiva, la semana se presenta como una prueba de resistencia para los mercados. En un escenario aún frágil, las Bolsas siguen buscando certezas en un mundo donde la geopolítica y la economía vuelven a avanzar, una vez más, de la mano.



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