
Cada día que pasa sin que la guerra en Oriente Próximo haya terminado, Europa se acerca más a una subida de los tipos de interés por parte del Banco Central Europeo. Christine Lagarde ha dado este miércoles alas a ese paso: ha dicho que el Eurobanco está listo para incrementar el precio del dinero, si fuera necesario, “en cualquier reunión”, un modo de decir que el cambio de política monetaria puede ser inminente y llegar incluso en abril. Es un movimiento indeseado por muchos hogares y empresas, que verán aumentar las cuotas que pagan por sus hipotecas y préstamos. Y que en ciertos casos, incluso puede impedir el acceso a una vivienda o frenar nuevas inversiones corporativas. Aumentar el precio del dinero es, sin embargo, la herramienta más poderosa de los bancos centrales para contener la inflación. Y con el petróleo disparado en torno a los 100 dólares por barril, la autoridad monetaria se prepara para apretar el gatillo.
Muy a su pesar: Lagarde, empezó así su intervención en la Universidad Goethe de Fráncfort. “Si este evento se hubiera celebrado hace unas semanas, mi discurso habría sido muy diferente. […] Con toda probabilidad, habríamos revisado al alza nuestras previsiones de marzo para el crecimiento y a la baja para la inflación. Pero nos encontramos, una vez más, en un mundo diferente, cuyos contornos aún no están claros. Nos enfrentamos a una profunda incertidumbre sobre la trayectoria de la economía”.
En esa alocución, la francesa citó tres motivos para el optimismo y uno para la inquietud respecto a la crisis inflacionista desatada por la guerra en Ucrania. Son estos.
Un impacto inicial menor. Pese a lo llamativo e inquietante que supone ver el barril de crudo rebasar la frontera psicológica de los 100 dólares, Lagarde recuerda que hace cuatro años el shock fue “excepcionalmente grande y persistente”. Los precios del petróleo se triplicaron entre octubre de 2020 y marzo de 2022, Europa quedó prácticamente aislada de un proveedor, Rusia, que cubría alrededor del 45% de sus importaciones de gas natural, y se vio obligada a buscar nuevas fuentes de abastecimiento compitiendo en el mercado mundial y construir nueva infraestructura de importación. El barril de petróleo alcanzó los 130 dólares, un nivel que no dista demasiado de los alcanzados en esta crisis, pero en el gas natural los números no son comparables: llegó a 340 euros por megavatio-hora en agosto de 2022, frente a unos 60 euros en la actualidad.
Un entorno macro más favorable. Cuando las tropas rusas cruzaron la frontera de Ucrania, la inflación de la zona euro superaba el 5%. Hoy, no llega al 2%. Esa diferencia de más de tres puntos es para Lagarde significativa: estima que en 2022 la economía vivía un aluvión de demanda desbocada tras el parón del consumo por los confinamientos pandémicos, las cadenas de suministro seguían sin recuperarse de los efectos del virus, y existía una importante escasez de mano de obra. Esos tres factores empujaron los precios al alza incluso antes de que Moscú iniciara el conflicto. Hoy, la economía de la zona euro vive un momento de recuperación moderada “sin los marcados desequilibrios entre oferta y demanda que caracterizaron 2022″, afirma Lagarde. Y la inflación se ha mantenido cerca del objetivo del 2% durante casi un año. Además, aunque el paro ha caído con fuerza y en ciertos sectores no sobran trabajadores, el BCE no detecta una grave escasez de mano de obra, al menos no de la magnitud de la anterior.
Una política monetaria menos expansiva. El desafío bélico de Vladimir Putin, y su consiguiente presión inflacionista, pilló al BCE en un momento en que llevaba casi ocho años con los tipos de interés en tasas negativas. El precio del dinero estaba en el -0,5%, y el Eurobanco tenía en marcha un programa de compras de activos al que tuvo que poner un final abrupto para no echar más leña al fuego inflacionista. Hoy, los tipos de interés están en el 2%, su nivel neutral, lo cual reduce algo las urgencias de actuar: mientras que hace cuatro años la brecha entre la inflación y los tipos era abismal, hoy es más reducida.
Frente a este trío de argumentos positivos, Lagarde contrapuso otros adversos, entre los que destaca el riesgo de un círculo vicioso de aumentos de precios y salarios.
La inflación del ojo por ojo, el mayor peligro. “Si las empresas aumentan sus precios de venta de forma desproporcionada —como vimos en 2022—, esto podría desencadenar una respuesta equivalente por parte de los trabajadores, lo que he denominado «inflación del ojo por ojo», señaló Lagarde este miércoles. Esa venganza de la que habla la presidenta del BCE, según la cual los empleados reaccionarían a la pérdida de poder adquisitivo con reclamaciones salariales a sus jefes, es la que más asusta al Eurobanco.
Y ahí entra en juego la experiencia. En 2022, la respuesta inicial de los trabajadores ante las subidas de precios en el surtidor o la cesta de la compra, fue relativamente lenta. La mayoría no había experimentado nunca un capítulo de inflación desmadrada, y tardaron en solicitar compensaciones. Sin embargo, conforme los precios repuntaron, esas reivindicaciones crecieron.
Ahora, en cambio, la memoria de la inflación es muy reciente, y no va a tomar desprevenidos a sindicatos y trabajadores. “Aunque la crisis de 2022 se controló, esa experiencia ha dejado huella. Toda una generación ha vivido su primer episodio de alta inflación, y es posible que no reaccione con la misma lentitud ante una segunda ocasión”, admite Lagarde, que se dice presta a vigilar las expectativas de precios de venta de las empresas y los indicadores salariales por si hubiera visos de un círculo vicioso en marcha.
Una crisis energética “a punto de sentirse”. Otro punto del que ha advertido Lagarde puede haber pasado desapercibido para una parte de la población. “Los últimos buques metaneros que cargaron en el Golfo antes de la guerra están llegando a sus destinos, lo que significa que el impacto total de la pérdida de suministro está a punto de sentirse”. Es decir, aunque la guerra empezó hace más de tres semanas, y el traslado a los precios de las gasolineras de ese nuevo frente geopolítico ha sido inmediato, lo peor de sus consecuencias en términos de suministro está por llegar. Además, la Agencia Internacional de Energía ya habla de la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial, “y con los ataques a la infraestructura energética —especialmente a la planta de Ras Laffan en Qatar la semana pasada— la probabilidad de una rápida normalización disminuye», alerta la presidenta del BCE.































