La relativa complacencia con la que los mercados se han tomado un terremoto económico como es la interrupción del suministro petrolero del Golfo Pérsico no solamente tiene una explicación; además, tiene, a su forma, razón. Que esta razón desafíe casi cualquier lógica económica implica que los mercados, como Alicia, ya han pasado al otro lado del espejo y se rigen por las reglas deformadas del mundo de Trump. Si las Bolsas caían poco, era porque los inversores tenían miedo de perderse una eventual subida repentina que, dados los antecedentes del presidente estadounidense, es más verosímil cuanto más deteriorado esté el escenario; en este caso, el energético. Y, al contrario, si se trata de vender porque el mundo (económico o no) se está hundiendo, habrá más tiempo para enterarse. Los acontecimientos de este lunes justificaron esta estrategia, por las razonables dudas que puede despertar el plan de paz de Trump. Empezando porque los terminales mediáticos de Teherán rechazaron, al menos de momento, las negociaciones.

Mientras tanto, el estrecho de Ormuz sigue prácticamente sellado. Los daños a infraestructuras y cadenas de aprovisionamiento prometen meses de complicaciones, incluso si las negociaciones llegan a buen puerto. El impacto económico crece, pues, a cada día que pasa. Donald Trump, maestro en la gestión de la información (y de la desinformación) no solo ha movido los mercados; también el foco de la actualidad hacia unas negociaciones cuyo interlocutor no desvela.

Que el mercado sepa jugar con las reglas de Trump es, además de llamativo, peligroso. Por un lado, si el presidente tiene (o cree que tiene) la capacidad de desinflar los miedos del mercado, está incentivado a tomar decisiones independientemente de las consecuencias. Eso hace más probable que dichas consecuencias sean, una vez que cristalizan, más difíciles de deshacer, o directamente imposibles. Sin el concepto TACO (acrónimo en inglés de “Trump siempre se acobarda”) es difícil pensar que la Casa Blanca se hubiera embarcado en un ataque a Irán sin calibrar el riesgo de subida del petróleo. Igualmente, esa cierta complacencia de los inversores, esa tendencia a pensar que ya vendrá Trump a arreglarlo con un tuit, hace más verosímil una bofetada de realidad. No sabemos si el mundo económico de 2026 está más o menos preparado que el de 2022 para capear una crisis energética a gran escala. Y, si no estamos en ella ahora mismo, estamos muy cerca.



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