Ningún engaño. Cada vez que la Unión Europea firma un acuerdo comercial, en buena parte de los países que la componen se repite el mismo guion. Primero, surgen las habituales protestas de los sectores que se sienten amenazados. Después, los titulares apocalípticos sobre la “invasión” de productos extranjeros no se hacen esperar. Segmentos políticos de la derecha se alinean con aquellos que conforman de modo mayoritario parte de su electorado: productores agrarios. La izquierda más radical lo hace con aquellos que creen que van a sufrir la competencia internacional: los trabajadores industriales. Este es el guion que no sorprende, a pesar de la inmensa evidencia de que, en general, y al menos en los argumentos tradicionalmente expuestos, dice lo contrario a lo que se suele afirmar.
Pero esta semana hemos tenido que oír un argumento novedoso que se une a los anteriores. Este argumento nos dice que los tratados firmados por la UE son habitualmente con países en vías de desarrollo, potencialmente competidores en sectores agrarios y ganaderos y que, si queremos salvar el campo español, no deberíamos permitir tales acuerdos y solo buscar aquellos que, según se ha afirmado, nunca se firman. Acuerdos con países industriales y desarrollados.
Pero, como es habitual en mensajes que vienen cargados de una fuerte demagogia, estos tienen un problema: los datos lo desmienten.
Empecemos por lo más básico. ¿Con quién comería España fuera de la Unión Europea? Los datos de comercio exterior de 2024 son reveladores. De todas las exportaciones españolas que salen del mercado comunitario, el 64% van a países con los que la UE tiene algún tipo de acuerdo comercial. Es decir, casi dos tercios de lo que vendemos fuera de Europa se beneficiaría de las condiciones preferenciales que estos tratados establecen.

Pero aquí viene lo interesante. ¿Quiénes son esos socios comerciales? La narrativa dominante sugiere que son economías en desarrollo, países del sur global que compiten con salarios bajos y estándares laxos. Pero una vez más, la realidad es bien distinta.
De las exportaciones españolas a países con acuerdo comercial de la UE, más de la mitad van a economías avanzadas. El mayor destino extracomunitario de las exportaciones españolas no es Marruecos, ni Turquía, ni ningún país emergente. Es el Reino Unido, con 23.852 millones de euros en 2024. Y entre los principales destinos están Suiza (5.726 millones), Japón (2.850 millones), Canadá (2.205 millones), Australia (2.131 millones), Corea del Sur (1.808 millones) y Noruega (1.764 millones). Datos de 2025 hasta noviembre.
Conviene detenerse en estos números. Solo en el Reino Unido, España exportó más que a todos los países emergentes con tratado juntos. Y sin el acuerdo comercial post-Brexit, esas exportaciones estarían sujetas a aranceles y barreras que las harían mucho menos competitivas.
En grandes cifras, los tratados con economías avanzadas representan 46.670 millones de euros en exportaciones españolas. Los tratados con economías emergentes, 43.597 millones. Es decir, cuando alguien dice que los acuerdos de la UE son «tratados con países pobres“, está ignorando que la mayor parte del comercio preferencial español es con algunas de las economías más desarrolladas del planeta. Y a esto no sumamos las exportaciones a la UE, sobre las que no hay más tratado que la propia unión, pero en el que hay países mayoritariamente desarrollados (todos lo son en realidad) e industrializados.
Por supuesto que esto no significa que los acuerdos con países emergentes sean irrelevantes. Turquía es uno de los de mayor destino extracomunitario de España, con más de 9.000 millones en exportaciones. Marruecos supera los 12.800 millones. México ronda los 6.000 millones. Son mercados importantes, y es legítimo preguntarse si la relación comercial es equilibrada. Pero incluso aquí, el análisis detallado ofrece una imagen más matizada que la caricatura habitual.
Tomemos el caso de Marruecos, probablemente el más controvertido por su proximidad geográfica y por la competencia directa en algunos productos agrícolas. Es cierto que, en este caso, España tiene un déficit agroalimentario de unos 1.020 millones de euros. Es un dato que los críticos de los tratados comerciales esgrimen con frecuencia. Pero ¿de qué está hecho ese déficit?
En primer lugar, el grueso de las importaciones agroalimentarias desde Marruecos es pescado y marisco: 847 millones de euros. Muchos de estos productos de la pesca marroquí abastecen a la industria conservera y a los mercados españoles. No es competencia con la producción española; es un suministro que complementa lo que pescamos nosotros. En segundo lugar, buena parte de estas importaciones son de empresas españolas localizadas en el país y que complementan su actividad nacional. Pensemos en la fresa y en el tomate andaluz.
Y a la sombra del tratado, ¿qué vende España a Marruecos? En ese sector, ganado vivo para engorde, aceite de oliva, preparados de cereales, chocolate, bebidas, plantas y flores. Productos de mayor valor añadido donde la industria agroalimentaria española tiene ventaja competitiva. Al margen de exportaciones industriales, bienes de equipo y servicios a empresas. Esto no es competencia desleal. Es comercio complementario.
Pero el argumento definitivo contra la narrativa catastrofista está en las cifras globales del sector agroalimentario español. Si los tratados comerciales estuvieran destruyendo al campo, deberíamos ver un sector en declive, con exportaciones cayendo y déficits comerciales crecientes. Sin embargo, lo que vemos es exactamente lo contrario.
En 2024, el sector de alimentación, bebidas y tabaco registró un superávit comercial de 18.044 millones de euros. Esta cifra es el mayor superávit sectorial de toda la economía española. Ningún otro sector productivo español tiene tal saldo, cuando además es un sector relativamente pequeño. Creo que merece la pena repetirlo: el sector que supuestamente está siendo arrasado por los tratados comerciales acaba de firmar su mejor año de la historia. La balanza comercial del sector no solo es positiva, sino que nunca había sido tan positiva.
¿Cómo se explica esta aparente contradicción entre el relato dominante y la realidad de los datos? En parte, por un sesgo de atención: los sectores que sufren competencia de las importaciones son muy visibles y están muy organizados políticamente. Los sectores que se benefician de las exportaciones —y son muchos— tienen menos incentivos para movilizarse. Pero también hay un problema de marco conceptual. El comercio internacional no es un juego de suma cero. Que España importe tomates de Marruecos no impide que exporte aceite de oliva al mundo entero. Que lleguen arándanos de Perú no significa que no podamos vender vino a Japón o jamón a Corea del Sur.
Desde luego que los tratados comerciales de la Unión Europea no son perfectos. Hay sectores específicos que enfrentan competencia difícil y que merecen políticas de acompañamiento y transición. Las preocupaciones sobre estándares laborales o medioambientales en algunos países socios son legítimas y deben abordarse en las negociaciones. Como se suele hacer. Pero el relato de que estos acuerdos son pactos con países pobres que practican dumping y que están hundiendo al sector agroalimentario español simplemente no se sostiene cuando se miran los datos, por lo que podemos decir que los tratados comerciales no son el enemigo del campo español. Son una de las herramientas que le han permitido conquistar mercados en todo el mundo.































