
Me resulta difícil sumarme a la estrategia que la extrema izquierda española, con el presidente Sánchez a la cabeza, ha iniciado recuperando, como caricatura, el no a la guerra y el enfrentamiento con Donald Trump como postureo electoral interno (Sánchez le aguanta el pulso a Trump). Y menos, cuando el Gobierno lo hace compatible con enviar a la zona, al día siguiente, nuestra mejor fragata, y Giorgia Meloni, quitándole la bandera a Sánchez, se une a la manifa declarando que ella se suma al no a la guerra. Pero tampoco puedo aceptar la sumisión de nuestros “patriotas” nacionales de extrema derecha a las locuras imperialistas de Trump, arrastrado en esta aventura por Netanyahu, ni la salida fácil de Feijóo de que tenemos que estar del lado de las democracias liberales porque, honestamente, tengo serias dudas de que estos Estados Unidos de Trump, usurpando poderes, y este Israel con líder pendiente de juicio por corrupción y buscado por la Corte Penal Internacional, sean, ni quieran ser, democracias liberales que, entre otras cosas, respetan las normas y el derecho interno, el internacional e, incluso, los derechos humanos a los que se refirió Feijóo, en lugar de vulnerarlos en Gaza o con los inmigrantes.
El ataque a Irán por parte de USA e Israel ha representado, respecto a España, un nuevo motivo de confrontación PP-PSOE; el momento de lucimiento ante izquierda-extrema izquierda que estaba esperando Sánchez alargando esta agónica legislatura y, de nuevo, el aislamiento de España, que toma estas decisiones sin consultarlas con sus socios europeos. Y, sobre la Unión Europea, tres asuntos importantes: su irrelevancia (nadie les avisó); su bloqueo institucional (no pudo ni aprobar un comunicado conjunto); su creciente división interna (Francia y Alemania han ido, junto a Reino Unido, por su cuenta).
Aunque se han hecho ejercicios sobre la hipótesis de un corte de relaciones económicas y comerciales entre España y USA, como amenazó Trump antes de que enviáramos la fragata, como nadie se lo tomó en serio, no quisiera dedicarle más tiempo del que merece. Otra cosa es el impacto económico inmediato del conflicto, que ha sido el esperado: caída de las Bolsas por la incertidumbre; subida del precio del petróleo y del gas, lo que, dado el impacto de este sobre el mercado eléctrico, provocará subidas de tarifa y, si continúa, de la inflación.
Una nueva oportunidad, por cierto, para volver a reivindicar la autonomía energética y pensar hasta qué punto, en este mundo convulso, no deberíamos tomarnos en serio el reducir la excesiva dependencia externa de España en gas de tres proveedores: Argelia, Estados Unidos y Rusia (si, todavía Rusia, a pesar de Ucrania y el boicot). Este elemento de la ecuación hace imposible, por ejemplo, que el Consejo de Seguridad Nuclear y el propio Gobierno no lo tengan en cuenta a la hora de acordar la imprescindible prórroga de vida útil de nuestras centrales nucleares.
España no puede buscar su salvación fuera del marco europeo, a pesar de que el mundo sobre el que se construyó la Unión Europea ya no existe. Además, a Trump le molesta la UE. Ha repetido que se creó para perjudicar a Estados Unidos, en una de esas muchas mentiras que realiza con el único objetivo de crear, ante los suyos, el marco mental adecuado para justificar sus acciones, como, por ejemplo, imponer aranceles. Muestra su animadversión hacia la UE mediante sucesivos desplantes y afrentas diplomáticas, y la consolida en la Estrategia de Seguridad Nacional, donde la define como una carga, exigiéndole que asuma sus responsabilidades en seguridad sin confiarlo todo a los USA incluso en pleno conflicto con Rusia por Ucrania, y donde se reserva el derecho a injerir en la política interna de sus Estados para apoyar a aquellas fuerzas de extrema derecha que buscan, como él, poner fin a la actual UE.
La presentación en 2024 de los informes de Letta (abril) y de Draghi (setiembre) definió una hoja de ruta imprescindible para asegurar, mediante una mayor integración europea, los objetivos marcados tanto por la Comisión como por el Consejo en línea con la autonomía estratégica. Las cosas no podían seguir como hasta entonces porque la Unión Europea, como el rey de la fábula, estaba desnuda, y todo el mundo se dio cuenta de ello, aunque no todos reaccionaron en consecuencia y, en primer lugar, la propia Unión Europea, incapaz de echar a andar en la dirección marcada, con la velocidad exigida por el nuevo orden mundial surgido con Trump, donde impera la ley del más fuerte, y la anterior cooperación de suma positiva (todos ganan), se ha convertido en la actual confrontación típica de los juegos de suma cero (uno solo gana lo que otro pierde), y donde resulta evidente lo peligroso de la actual debilidad europea, porque un mundo donde impera el poder del fuerte hace que sea sobre los más débiles, más pronto que tarde, donde fijen sus ojos los depredadores.
Para escapar del papel de víctima, la actual Unión Europea no es el marco institucional más adecuado. Coincido con el excomisario Joaquín Almunia cuando dice en una entrevista reciente que, en algunos asuntos estratégicos, hay que ir a cooperaciones reforzadas y, en otros casos, a coaliciones de voluntarios que deben implantarse por la vía del pragmatismo sin necesidad de meternos en el eterno proceso de modificar los tratados. La actual UE bastante tiene con impulsar el mercado interior y completar el mercado de capitales de donde debe salir la financiación para inversiones en tecnología, que hoy se desvía al mercado americano.
Si Europa quiere tomar sus propias decisiones, defender la democracia y adquirir la fuerza militar suficiente para mantener lo anterior, debe darse prisa en adoptar las decisiones que sabe que debe de tomar y aceptar una UE de geometría variable. Si no, como víctima, alguien, en algún momento, decidirá atacarnos en este nuevo mundo enloquecido. Y, entonces, el no a la guerra será suicida.






























