
Los discursos de una presidenta de la Comisión Europea suelen ser predecibles y algo almibarados, como los de nuestro Jefe de Estado en Navidad. Son arengas que deben reconfortar, y nada reconforta más a los mercados que el saber que si no puedes escucharlas no te faltará ninguna información relevante para optimizar tu cartera de inversiones. Es decir, son la antítesis de los del presidente Trump, que los atiendes con la aprensión de saber que, en cualquier momento, puede soltar una bomba, figurada o real, cuyo conocimiento previo te hubiera permitido enriquecerte en los boyantes mercados de apuestas, como Polymarket o Kalshi.
El heterodoxo discurso de la presidenta Von der Leyen del pasado día 9 sería una prueba más de que el mundo se está trumpizando aceleradamente, incluso Bruselas, la última gran reserva natural de tecnócratas liberales del mundo. Guardando las distancias zoológicas, causó el mismo asombro que si la directora del Parque Nacional de Chobe en Botsuana, que es la mayor reserva de elefantes del mundo, se hubiera puesto a especular sobre la elegancia del marfil en la decoración de interiores.
Von der Leyen afirmó que “Europa ya no puede ser la guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que se ha ido y no volverá”. Incluso pareció valorar una estrategia arancelaria más agresiva al afirmar que “el comercio […] es poder”. También dijo que “la seguridad debe convertirse en el principio organizador de nuestra acción”, citando expresamente a la industria. Una afirmación que sonó a enmienda a la tradicional Política de Defensa de la Competencia Europea.
En resumen, Von der Leyen abogaba por adaptarnos a este nuevo desorden mundial de dos grandes superpotencias y una posible decena de potencias regionales, con licencia para actuar como fiscal, juez y verdugo en sus zonas de influencia. Lo que les permitiría aplicar a su antojo la tradicional divisa de la monarquía británica dieu et mon droit, sea cual sea el nombre de ese Dios y sustentando su derecho en su superior fuerza militar frente a los países vecinos.
Ante las críticas que recibió desde la propia Bruselas, pero también desde otras capitales como París o Madrid, la presidenta matizó sus palabras, dos días después, en un sentido más europeísta. Las críticas se centraron en el tono del discurso belicista (“no se deben derramar lágrimas por el régimen iraní”), más propio de una presidenta de una potencia regional incumbente, competencias de las que ella carece. También se cuestionó que no defendiera el software intelectual, made in Europe, que abanderó el, según ella, ya difunto viejo orden mundial, basado en el respeto de la soberanía nacional y la mediación de organismos supranacionales. Y aunque impulsado por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, es hijo intelectual de grandes pensadores europeos. Desde Immanuel Kant, y su imprescindible tratado sobre la Paz Perpetua, pasando por el genial economista John Maynard Keynes, que, además, en su profético libro Las consecuencias económicas de la paz, concluyó que la exigencia de reparaciones de guerra a los vencidos era el camino más rápido para repetir los conflictos. Algo que podría tener en cuenta el presidente Trump, preocupado por repercutir el coste de sus aventuras bélicas al país que las sufre, como los millones de barriles de petróleo que exige a Venezuela, que, tras la nefasta gestión chavista, lo que necesitaría es la generosidad del vencedor en forma de un nuevo Plan Marshall.
Pero estas críticas obviaron otros elementos cuestionables del discurso. Por ejemplo, no parece razonable que la presidenta del organismo multilateral posiblemente más exitoso del viejo orden, la Unión Europea, no glosara las virtudes del mismo. Ya que Europa ha cosechado claros réditos económicos gracias a su dominio del soft power. Empezando por el llamado Efecto Bruselas, definido por la profesora Anu Bradford, que le ha permitido definir los estándares del comercio internacional sin tener que mandar portaviones, compatibilizando prosperidad con un sólido Estado del Bienestar. Por lo que quizás debería ser declarada, como defendió el presidente Lula da Silva, Patrimonio Democrático de la Humanidad.
Tampoco parece una decisión racional no intentar combatir o al menos ralentizar el advenimiento de este nuevo desorden mundial, ganando tiempo para la necesaria adaptación, ya que claramente no estamos preparados. Como medida sencilla de nuestro limitado hard power podemos usar la diferencia entre la posición que ocupan los países europeos en el ranking del PIB mundial, frente a la que presentan en el Global Firepower Index (GFP). Este reconocido índice mide la fuerza militar convencional mediante 60 variables. Si nos centramos en los 11 países europeos más poblados, que en conjunto representan el 83% de la población de la UE, y que serían la principal fuerza de choque para frenar las ambiciones expansionistas rusas, vemos como de media nuestros grandes países están 10 puestos por debajo en el GFP, respecto de la posición que ocupan en el ranking del PIB.
Luego, abogar por el hard power frente al soft power, sería como renunciar al fútbol como deporte rey mundial (recordemos que las selecciones europeas han ganado el 54,5% de todos los Mundiales celebrados), para defender las bondades del ping pong, donde parecemos condenados a que los chinos nos den una paliza tras otra.
Además, antes de encargar las exequias por el viejo orden mundial, haría bien la presidenta en recordar que el progreso de la humanidad sigue un patrón similar al de los ciclos económicos. Ya que, aunque presenta una tendencia creciente en el tiempo, también sufre periodos de fuerte contracción y retroceso, como las crisis económicas, en los que las conquistas se ponen en entredicho.
Por ello, aunque el orden multilateral vuelve, una vez más, a estar en crisis, el escenario más probable futuro, tras quizás dolorosos derramamientos de sangre, sigue siendo su renacida vuelta. Ya que, entre otras razones, no parece que haya un nuevo Kant que desarrolle una superior alternativa.






























