La posibilidad de guardar dinero para el futuro se concentra, en buena medida, en la población de mayor edad. En una economía donde la precariedad marca el inicio de la carrera laboral y la propiedad se concentra en las generaciones más veteranas, los menores de 30 años apenas aportan tres de cada 100 euros del ahorro total generado en el país. Por el contrario, casi siete de cada 10 euros están en manos de los mayores de 55 años, según el informe publicado este miércoles sobre las Cuentas Etarias de los Miembros de los Hogares (CEMH), coordinado por Fedea, con el apoyo de Fundación Mapfre.
Entre ambos extremos se sitúa la generación de 30 a 54 años, el auténtico sostén económico del país. Es el grupo que genera la mayor parte de las rentas del mercado (con más de 580.000 millones de euros) y que soporta la carga fiscal más elevada (pagan más de 225.400 millones en impuestos y cotizaciones). Sin embargo, su margen para ahorrar queda constreñido por los costes asociados a la crianza, la vivienda y el mantenimiento del hogar. Son quienes producen y contribuyen más, pero no quienes más acumulan.
La desproporción entre generaciones se aprecia con nitidez al descender al detalle de las cifras. El ahorro total de los hogares españoles asciende a 108.174 millones de euros, pero de esa suma los jóvenes hasta 29 años solo retienen 3.237 millones. En el otro extremo de la pirámide, los mayores de 55 acumulan 73.578 millones, el 68% del total.
La brecha se vuelve más cruda cuando se observa el promedio individual. Un menor de 30 años ahorra, de media, 232 euros al año. Es una cantidad que apenas cubre un imprevisto doméstico. Frente a ello, una persona mayor de 55 logra acumular 4.570 euros anuales: 20 veces más. La brecha no se explica solo porque unos hayan tenido más años para acumular dinero, sino porque los jóvenes parten de una base de ingresos mucho más baja. Si se suman sus salarios y lo poco que obtienen por intereses o inversiones, sus ingresos brutos apenas alcanzan los 4.550 euros al año por persona.
Según el informe, el sistema descansa sobre las transferencias familiares. Los jóvenes son receptores netos de más de 9.000 euros por persona al año procedentes, fundamentalmente, de sus padres. En conjunto, las transferencias privadas dentro de los hogares alcanzan unos 130.000 millones de euros anuales. Eso explica por qué el consumo juvenil —11.400 euros de gasto privado por persona— supera ampliamente lo que permitirían sus propios ingresos.
La exclusión de los jóvenes de las rentas del capital agrava la brecha. Intereses, dividendos y alquileres tienen un peso residual en las edades tempranas y aumentan progresivamente con los años, reflejo de la acumulación patrimonial y de la recepción de herencias. Mientras una minoría —el 0,1% más rico— concentra el 43% de los dividendos del país, la mayoría de los jóvenes ni siquiera ha accedido al mercado de la propiedad. Al no tener vivienda propia, no solo destinan una parte sustancial de su renta al alquiler, sino que quedan fuera del llamado “alquiler imputado”: ese ahorro invisible que disfrutan quienes viven en una casa ya pagada y que en el conjunto del país se aproxima a los 100.000 millones de euros anuales.
El estudio, aunque basado en cifras de 2022, aporta una radiografía de esa dinámica poco explorada por causas metodológicas. La Encuesta de Condiciones de Vida (ECV), herramienta habitual para medir la desigualdad, no capta adecuadamente a los hogares más acaudalados por su escaso peso muestral. Para superar ese límite, los autores del informe cruzaron los datos con el Panel de Hogares de la Agencia Tributaria, que permite identificar a quienes declaran más de 505.000 euros anuales.































