
Si hace apenas dos semanas a un inversor le hubiesen dicho que acabaría refugiándose de la guerra en las firmas tecnológicas –de las que llevaba meses huyendo mientras buscaba refugio– se habría dado con un canto en los dientes. The times, they are a-changin’, que diría Dylan. El ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán ha conseguido algo que ni el mejor de los resultados financieros de Nvidia había logrado en los últimos dos años: que el mercado se calme un poco con sus angustias de burbuja y confíe en el sector tecnológico. De toda la sangría bursátil de los últimos días, las big tech han sido las que mejor paradas han salido, porque las siete magníficas pueden ser demasiado grandes para algunos, sí, pero no dejan de ser transatlánticos financieros que ganan dinero a raudales (y no se ven especialmente afectadas por el precio de la gasolina: sus ejecutivos suelen tener modernos coches eléctricos). Así las cosas, en estos tiempos cambiantes, los inversores han tirado de las tecnológicas como antaño tiraban del oro para resguardarse del chaparrón. Cuesta imaginar cuál será el siguiente refugio nuclear.






























