Cada trimestre, cuando se publican los datos del Observatorio de Márgenes Empresariales (OME), se repite un guion previsible. Los sindicatos señalan que los márgenes de las empresas han crecido sustancialmente desde la pandemia y reclaman una respuesta en forma de subidas salariales generalizadas. Los datos agregados les dan, aparentemente, la razón: el margen sobre ventas ha pasado del 11,5% en 2019 al 13,4% en 2025, casi dos puntos porcentuales más, y casi toda esta subida en los últimos tres años. El excedente bruto de explotación ha crecido un 56% en ese periodo, frente al 35% de la masa salarial. Por lo tanto, imposible no darles la razón.

¿Seguro? Como sucede muchas veces, el problema de los análisis basados en datos no está en estos, sino cómo se gestionan para ofrecer información y construir el relato. Diseñar política económica o dirigir una negociación colectiva a partir de promedios agregados es como recetar la misma medicina a todos los pacientes de un hospital porque la temperatura media de las habitaciones es de 38 grados. Hay que analizar el detalle, saber por qué esta subida y, a partir de ahí, promover acciones. Pero nunca hay que hacerlo con un dato general.

De nuevo, y una vez más para que no se dude, es rigurosamente cierto que los márgenes empresariales han crecido en España. El grueso de esa ampliación se produjo entre 2021 y 2022, coincidiendo con la espiral inflacionista posterior a la pandemia. En ese bienio, muchas empresas trasladaron a precios el aumento de sus costes de suministro con un margen adicional. Los salarios, más rígidos por naturaleza, tardaron en reaccionar. El resultado fue una ampliación temporal de la brecha entre excedente empresarial y masa salarial. Pero desde 2023, la historia es otra. Los salarios están creciendo al doble de ritmo que el excedente: un 12% frente a un 7% en los dos últimos años. El margen sobre ventas apenas se ha movido una décima. La corrección, lenta pero real, está en marcha.

Sin embargo, el dato verdaderamente revelador no está en la evolución temporal, sino en la composición sectorial. Y aquí es donde el relato agregado se desmorona.

Cuando descomponemos el aumento del margen agregado por las más de setenta agrupaciones de actividad económica que recoge el OME a partir de la clasificación CNAE, descubrimos algo notable: la mayor parte de la ampliación de márgenes se concentra en apenas tres ramas de actividad. Sí, tres de más de setenta. El comercio mayorista de combustibles, el de artículos de uso doméstico y el sector de energía eléctrica y gas explican, por sí solos, más de un punto porcentual del aumento total. Es decir, tres sectores —de setenta y tres— dan cuenta de la mayor parte de la subida.

Las razones no son difíciles de intuir. Son sectores donde los precios internacionales de las materias primas se dispararon con la guerra de Ucrania, donde los mecanismos de fijación de precios (como el mercado marginalista eléctrico) amplificaron las subidas, y donde la estructura de mercado —con pocos operadores de gran tamaño— facilitó el traslado completo a precios finales.

¿Y el resto? Si eliminamos esos tres sectores del cálculo, los márgenes del conjunto de la economía española llevan prácticamente estancados una década. La línea es casi plana. Por lo tanto, el temido aumento generalizado de márgenes no existe más allá de un puñado de actividades muy concretas.

Conviene aquí una aclaración que a menudo se omite en el debate público. Cuando hablamos de margen empresarial —el indicador que publica el OME— no estamos hablando del beneficio neto de las empresas. El margen sobre ventas mide el excedente bruto de explotación, es decir, lo que queda de las ventas después de pagar proveedores y salarios. Pero de ese excedente aún hay que descontar amortizaciones, gastos financieros e impuestos. Según datos de la Central de Balances del Banco de España, el beneficio neto apenas representa un tercio del excedente bruto en un año normal.

Por lo tanto, decir que los márgenes han subido en esos sectores en los que lo ha hecho no equivale a decir que las empresas están obteniendo beneficios extraordinarios. Es un indicador útil, pero muy parcial. Tratarlo como sinónimo de beneficio conduce a conclusiones equivocadas y, lo que es peor, a políticas equivocadas.

Volviendo a los datos, el segundo hallazgo que emerge del análisis sectorial es igual de incómodo que el anterior para quienes basan su mensaje en un único dato. Cuando ponemos en relación el crecimiento de los márgenes con el de la masa salarial por sector en esos sectores donde más crecieron los primeros, la correlación esperable —más margen, menos salarios— no aparece por ningún lado.

Grandes diferencias sectoriales en la evolución de márgenes y salarios Gráfico Evolución del margen sobre ventas de las empresas españolas (2015-2025). Variación porcentual de los márgenes y masa salarial
En los cinco sectores con mejor y peor comportamiento en márgenes.
Año 2019 vs. 2025

Al contrario: los sectores donde más ha crecido el excedente empresarial son también aquellos donde más ha crecido la masa salarial. Y en muchos sectores donde los márgenes han caído, los salarios han seguido subiendo. No hay, en los datos, evidencia de un juego de suma cero donde el capital gane a costa del trabajo de forma sistemática, más allá de los efectos generados por esos sectores que han participado de una temporada extraordinaria en todos los sentidos.

Esto tiene una explicación intuitiva: los sectores más dinámicos generan más actividad, más empleo y más presión salarial alza. Un sector que crece puede repartir más tanto a accionistas como a trabajadores. Lo contrario también es cierto: un sector estancado tiene poco que repartir, independientemente de sus márgenes.

¿Qué conclusiones extraer de todo esto? La primera y más importante es que un análisis basado solo en un dato, la media, suele ser mal consejero para la política económica. Reclamar subidas salariales generalizadas porque el margen medio ha subido es tan poco riguroso como negar que existan sectores con márgenes claramente ampliados que merecen un escrutinio específico.

La segunda conclusión es que la negociación colectiva sectorial tiene, paradójicamente, más sentido que nunca. Sirva este pequeño análisis para reivindicarla. Si los márgenes evolucionan de forma tan dispar entre sectores —y los datos muestran que es así—, las respuestas salariales deben adaptarse a cada realidad. Un análisis idéntico para el comercio mayorista de combustibles y para la industria del mueble carece de base empírica.

La tercera es que necesitamos mejorar la calidad del debate. Los datos del OME son una herramienta valiosa, pero requieren lectura matizada. Convertir cada publicación trimestral en munición para una trinchera ideológica predeterminada —sea la patronal o la sindical— es desperdiciar una fuente de información que, bien utilizada, podría guiar una negociación más racional y justa.

Los márgenes empresariales no son ni el demonio que denuncian algunos ni el espejismo que minimizan otros. Son, simplemente, el reflejo de una economía diversa donde conviven realidades muy distintas. Tratarlas como si fueran una sola es el verdadero error.



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