“No nos une el amor, sino el espanto”, escribió el argentino Jorge Luis Borges. Su célebre frase puede aplicarse al acuerdo de libre comercio entre Mercosur y la Unión Europea (UE) que se firmará este sábado en Paraguay después de 26 años de negociaciones. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y su agresiva política exterior fue un acicate para los dos bloques, que pese a tener economías complementarias siempre habían encontrado obstáculos para posponer una y otra vez el acuerdo.
Apenas unas semanas después de la victoria electoral del republicano, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, cogió un avión y fue hasta Montevideo para certificar el principio de acuerdo que ahora se firma en Asunción, la capital paraguaya. Este es un paso clave, pero no definitivo. Falta que lo ratifique el Parlamento Europeo —donde ya se anticipa un debate difícil— y los parlamentos de los cuatro países de Mercosur: Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Corre también el riesgo de ser judicializado.
En Asunción, prefieren confiar que esta vez es la vencida. En esa ciudad se firmó, en 1991, el tratado que fue el puntapié inicial del Mercado Común del Sur (Mercosur), y ahora un pacto que alarga su supervivencia. Las altas temperaturas, la humedad tropical, las sillas rojas y las paredes de madera del Gran Teatro José Asunción Flores del Banco Central de Paraguay esperan ya engalanadas a Von der Leyen y a los jefes de Estado de los países de Mercosur, informa Santi Carneri.
Además del paraguayo Santiago Peña, anfitrión del encuentro, han confirmado su presencia el argentino Javier Milei, el uruguayo Yamandú Orsi, el boliviano Rodrigo Paz y el panameño José Raúl Mulino. La gran ausencia será la del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, el gran artífice sudamericano de la negociación. Lula quería que el acuerdo se firmase en diciembre, durante la Presidencia pro tempore de Brasil, y al plantón europeo de ese momento responde ahora con el suyo y envía al canciller, Mauro Vieira.

El pacto aún genera el rechazo de muchos agricultores en diferentes países europeos, entre ellos España, donde este mismo viernes se han registrado tractoradas en distintos puntos del país.
De entrar en vigor, el acuerdo supondrá la creación de la mayor zona de libre comercio del mundo, con un mercado de 720 millones de potenciales consumidores. Las economías sumadas de los 31 países representan la cuarta parte del PIB mundial. Casi el 92% de los intercambios comerciales quedarán libres de aranceles en un plazo de hasta 15 años, aunque con cuotas estrictas para los sectores más sensibles. Se prevé que Mercosur aumente las exportaciones agropecuarias y de minerales clave para la transición energética de la UE; los socios comunitarios, sus ventas de productos industriales.
El pacto con Mercosur no es solo comercial, en especial para una UE con grandes dependencias tanto de Estados Unidos, más que nada en seguridad, como de China. También es un paso en la defensa de un orden multilateral y basado en las normas internacionales que Trump y Putin han hecho saltar por los aires. “Europa ha perdido presencia estratégica en la región las últimas décadas, hasta el punto de que ya prácticamente no jugamos un papel relevante. Si ves quién está haciendo los grandes proyectos de infraestructura, quién tiene presencia diplomática relevante, te das cuenta de que los europeos hemos ido perdiendo peso. Por eso, Mercosur tiene una dimensión económica fundamental y una dimensión geopolítica clave”, explica Manuel Muñiz, rector de la IE University y profesor de Relaciones Internacionales.
Apunta en la misma línea Ignacio García-Bercero, investigador del instituto Bruegel, el mayor think tank de Bruselas. Él cree que el acuerdo con Mercosur más el recientemente alcanzado con Indonesia —miembro de ASEAN, la organización de países del sudeste asiático y del G-20— y el que se espera lograr con India antes de acabar este mismo mes tienen “una dimensión geopolítica clara”. “Tienen que ser vistos de una perspectiva que va más allá de la estrictamente comercial”, abunda.
Competencia con China por materias primas
Esa dimensión —como las concesiones al sector agrícola— ha sido clave a la hora de vencer las resistencias que ha encontrado en la UE un acuerdo que se ha negociado y renegociado con altibajos durante un cuarto de siglo. “Si lo hubiésemos aparcado sine die, sería una señal demoledora para la capacidad de Europa de proyectar sus intereses en el exterior. No me cabe la menor de las dudas”, señala Muñiz. Y, además, hubiera supuesto dejar a China el campo todavía más abierto para aumentar su influencia en la región.
“El acuerdo respalda los esfuerzos de Europa por encontrar nuevas fuentes de materias primas esenciales, ya que los países de Mercosur poseen vastas reservas de materias primas esenciales que serán cruciales para la transición energética verde de la UE”, añade Agathe Demarais, investigadora del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.
Desde Sudamérica también se ve el cierre del acuerdo como un intento de ampliar las alianzas y abrir nuevos mercados en un mundo al que Trump fuerza a marchar en dirección contraria. Brasil sufrió en carne propia los embates del mandatario estadounidense en el último año. Requirió de toda su diplomacia para vencer el pulso a Trump, que impuso un tarifazo a los bienes del gigante sudamericano en represalia por el juicio contra el expresidente Jair Bolsonaro por liderar una conspiración golpista.
A diferencia de las protestas ocurridas en Europa, la firma del acuerdo llega casi sin debate público en Sudamérica. Tampoco se han movilizado los sectores que más tienen que perder, como la industria manufacturera, ni hay sobre la mesa planes para ayudar a la reconversión de quienes no puedan competir.
El acuerdo es percibido como asimétrico, más favorable para la UE que para Mercosur. Para la uruguaya Viviana Barreto, experta en relaciones internacionales, el texto “reproduce una lógica Norte-Sur que suma incentivos para la primarización de las economías mercosureñas en un contexto de desindustrialización de los grandes países, como Brasil y Argentina”.
De prosperar el pacto comercial, ambos bloques recuperarán credibilidad en la arena internacional, pero estarán lejos de resolver los problemas internos. Según el politólogo argentino Alejandro Frenkel, la firma supone un gesto que saca al bloque “del estado de fragmentación y parálisis de los últimos años”. “Ayuda a encontrar puntos en común, pero no resuelve los problemas de identidad que arrastra desde hace más de diez años de saber para qué se quiere el Mercosur y qué tipo de Mercosur se quiere”, agrega este docente de la Universidad de Avellaneda.
Por el contrario, la entrada en vigor del acuerdo puede traer problemas extras a los distintos países del bloque sudamericano. Falta decidir cómo se distribuirán internamente las cuotas pactadas con la UE en áreas en las que los cuatro son muy competitivos. También deberán coordinar todo lo posible la ratificación si antes lo hace el Parlamento Europeo. En caso de obtener el sí europeo, bastará que un país de Mercosur lo apruebe para que comience a regir en su territorio. Quien se retrase, se quedará atrás.































