Cada cierto tiempo reaparece una idea muy extendida: que la inmigración perjudica el empleo de los nacionales, reduce salarios y genera una competencia laboral dañina. Es una intuición comprensible, pero equivocada. Parte de la típica visión de suma cero de la economía, como si el número de empleos disponibles fuera fijo y cada nuevo trabajador ocupara necesariamente el puesto de otro.

La realidad es más compleja y mucho más favorable a la inmigración de lo que suele afirmarse.

España ofrece un ejemplo especialmente claro. Entre el año 2000 y 2025, el número total de ocupados pasó aproximadamente de 19,3 millones a 22,4 millones. Es decir, se crearon en torno a tres millones de empleos netos.

Lo interesante es cómo se reparte ese aumento. Una parte importante corresponde a trabajadores inmigrantes, en torno a un millón o algo más. Pero, al mismo tiempo, el empleo de los españoles también creció de forma muy notable, cerca de dos millones.

Si la inmigración destruyera empleo nacional de manera automática, sería difícil explicar cómo, en paralelo a una fuerte entrada de trabajadores extranjeros, también aumentó con intensidad el empleo de los españoles.

La economía tiene una explicación: los inmigrantes no son solo trabajadores. También son consumidores, arrendatarios o compradores de vivienda, usuarios de transporte, clientes de comercios, familias que escolarizan a sus hijos y personas que demandan bienes y servicios. En otras palabras, no solo aumentan la oferta de trabajo; también aumentan la demanda de actividad económica.

Cuando una persona llega a España y encuentra empleo, no solo produce. También alquila una vivienda, compra alimentos, utiliza el transporte público o privado, consume energía, acude a bares y restaurantes, contrata servicios y participa en la vida económica cotidiana. Todo ello genera ingresos para empresas españolas y, a su vez, nuevos puestos de trabajo.

Este es el error de quienes ven la inmigración como una simple competencia por un número fijo de empleos. La economía no es una tarta inmóvil que se reparte entre más personas. La economía cambia de tamaño. Con más población activa, más consumo y más actividad, el mercado puede expandirse y crear nuevas oportunidades.

Y no solo aumenta los puestos de trabajo, sino que además aumenta el empleo en puestos de mayor productividad. En efecto, una parte importante del empleo creado en España se ha concentrado en sectores de productividad relativamente baja o media, como la hostelería, el comercio, la construcción, los cuidados o determinadas ramas del sector público. Pero, al mismo tiempo, también han crecido actividades de mayor valor añadido, como los servicios profesionales, la digitalización, las energías renovables, el turismo de mayor calidad o los servicios exportables.

Esto no significa negar que puedan existir tensiones concretas en determinados sectores, zonas geográficas o momentos del tiempo. Ningún fenómeno económico es completamente neutro. Pero una cosa es reconocer problemas parciales y otra muy distinta sostener la tesis general de que la inmigración empobrece laboralmente al país receptor.

La inmigración suele beneficiar de manera evidente a quienes llegan, porque acceden a salarios y oportunidades mejores que en sus países de origen. Pero también beneficia al país que recibe: amplía el mercado, rejuvenece parte de la población activa, ayuda a sostener los servicios públicos y aporta dinamismo económico.

Por eso convendría abandonar algunos eslóganes fáciles. La inmigración no es un problema para el empleo nacional. Ha sido parte de la solución.

El caso español de la última década lo demuestra con bastante claridad: mientras crecían los empleos ocupados por inmigrantes, también crecían con fuerza los empleos ocupados por españoles. Lejos de quitar trabajo, la inmigración ayudó a crear más trabajo.



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