
A medida que se alarga la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán crecen los pronósticos que auguran un conflicto con riesgos exponenciales. Las consecuencias del conflicto, sin embargo, son muy distintas según la posición social de los afectados. Los sindicatos piden a las autoridades nacionales y europeas que tomen medidas para proteger a los ciudadanos por la subida de los precios y controlen los márgenes empresariales. Los bancos, en cambio, prevén aumentar las ganancias en 2026 a pesar de la guerra, como ha explicitado la presidenta del Santander, Ana Botín.
La inquietud de los sindicatos está justificada. El punto de partida ya es muy frágil para la mayoría. El estudio Vivir y Trabajar en Europa en 2025, elaborado por Eurofound, reveló que en 2025 el 61% de los hogares europeos de bajos ingresos sufrían dificultades financieras, lo que significaba un notable deterioro respecto a 2023, cuando las penalidades afectaban al 40%. El impacto de las presiones del coste de la vida, afectaban especialmente a los hogares de ingresos medios, el 30% de los cuales registraron tensiones económicas en 2025, frente al 21% en 2022. Por el contrario, la proporción de hogares con ingresos altos que experimentaron dificultades se había mantenido baja y estable en torno al 9%.
La Unión parece incapaz de reaccionar ante esta realidad. Josep Borrell, ex jefe de la diplomacia europea y presidente del CIDOB, ha explicado en una extensa entrevista en Agenda Pública, la falta de preparación de la UE para los desafíos actuales. “La Unión, Europea”, ha precisado, “no está concebida para el mundo de hoy”. La necesidad de refundar la Unión ha sido también planteada por Alain Berset, secretario general del Consejo de Europa. Una institución no perteneciente a la UE, pero que desempeñó un papel clave en la unificación europea tras la guerra, desde su congreso fundacional en La Haya en 1948. El Consejo de Europa encarna las aspiraciones de construir una Europa democrática, en libertad, bajo el gobierno de la ley y el respeto a la dignidad y derechos humanos. El Consejo ha aportado obras decisivas: el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (1959) y la Carta Social Europea (1961).
Berset ha expresado en Social Europe su defensa de la Carta y los derechos sociales que promueve. Tras la deriva de la UE, que prioriza la competitividad, ha advertido que “intercambiar derechos sociales por prosperidad económica no funciona a largo plazo. Se ha comprobado que las sociedades igualitarias tienen más éxito que las desiguales”. En relación al aumento del gasto en defensa, ha precisado: “Es legítimo, entiendo su propósito, pero no es bueno ni sostenible a largo plazo. Perder o reducir las inversiones en acceso a la salud y la educación es una bomba de relojería”. La pérdida de orientación de la UE viene de lejos. En 1996, en una seminal conferencia, Jacques Delors se preguntaba: “¿Hemos traicionado el proyecto económico y social europeo?“. El arquitecto de la Unión actual abogó por “encarnar los valores de la solidaridad, que son la inspiración del modelo europeo”. Solidaridad es la receta contra la precariedad financiera y la antítesis de la bajada de impuestos.






























