
El inicio de 2026 está dejando una sensación incómoda: relaciones internacionales en plena reforma estructural con unos mercados financieros que se comportan como si nada esencial estuviera cambiando. La geopolítica ha tomado el timón, relegando a la macroeconomía a un segundo plano y obligando a los inversores a convivir con una creciente disonancia entre el riesgo y los precios de mercado. En pocas semanas se encadenan episodios que, en conjunto, revelan que entramos en una etapa de política exterior experimental, de ensayo y error, de test a los umbrales, de calibración de respuestas y ajuste de ambiciones.
La diplomacia pasa a ser un laboratorio: se ensayan coerciones reversibles, se activan y desactivan palancas (sanciones, presencia naval, reconocimiento político, presión migratoria, control de corredores logísticos); se lanzan ataques quirúrgicos y, sobre todo, se mide el coste real de cruzar líneas que hasta ayer parecían rojas. Ese método tiene efectos profundos porque desplaza el centro de gravedad del orden internacional del “consenso” a la “tolerancia”, supone un cambio de tendencia donde la excepcionalidad se normaliza. En este entorno, el rango de escenarios “descontables” se ensancha. La probabilidad de escenarios de cola, aumenta.
Frente a este telón de fondo, un pulso macro global sorprendentemente estable. EE UU sigue creciendo razonablemente bien, con un mercado laboral que se enfría sin generar paro y una inflación que, aunque de forma lenta, se sigue moderando. Pero la política económica empieza a contaminar el diagnóstico. La Administración Trump ha activado una agenda de estímulo doméstico con la vista puesta en las elecciones de medio mandato de noviembre que introduce riesgos de inconsistencia, presiones inflacionistas de segunda ronda y mayor exigencia de prima en los tipos a largo plazo (recalentamiento). La macro, que apenas se ha deteriorado, se vuelve aún más política.
A todo esto, los mercados siguen en positivo. La renta variable avanza, los diferenciales de crédito se comprimen y la volatilidad permanece contenida. Los inversores, de nuevo, capitalizan lo bueno y posponen lo malo. Hay matices: se aprecia una diversificación gradual hacia activos que puedan actuar como cobertura —oro, materias primas— y una mayor exigencia de prima por plazo en la renta fija soberana. No es complacencia pura, sino una forma de adaptación incremental a un mundo percibido como más incierto, aunque todavía funcional.
El mensaje de este arranque de 2026 no es de alarma inmediata, sino de fragilidad acumulada. No estamos ante un shock, sino ante un entorno en el que los shocks son más probables. La desconexión entre geopolítica y mercados puede persistir durante un tiempo, pero lo que está sucediendo no saldrá gratis. Cuando el precio del riesgo se ajusta tarde, suele hacerlo de forma abrupta. Esa es, quizá, nuestra principal lectura de este comienzo de año.






























